Nueve niños, niñas y adolescentes de edades cortas pero con historias largas. Huérfanos de padre o madre. Abandonados por el Estado, sin plena identidad o sometidos a la inseguridad. Vidas vinculadas por siempre a la injusticia, a la impunidad y la desconfianza.

¿Cómo abordarlos periodísticamente para que, además de hacerlos visibles, el resultado fuera útil?

Hacía falta algo más que una libreta y un lápiz.

Este trabajo es producto de meses de preparación y acompañamiento.

Fue complejo buscar las historias, complicado que las familias permitieran entrevistar a niños víctimas de trauma y un reto diseñar un programa en el que convergieran la pericia de los reporteros y el método de los psicólogos.

Con el aval de la organización Cecodap y Efecto Cocuyo se conformó un equipo integrado por periodistas, editores, fotógrafos, videógrafos e infógrafos, siempre de la mano de psicólogos que fueron piedra angular del proceso de entrevistas. Se buscó una aproximación sensible y de contención, conscientes de que remover esos retazos de recuerdo podía desatar un caudal difícil de recomponer.

Entre todos recogimos y registramos nueve historias en cuatro estados del país: Miranda, Zulia, Vargas y Distrito Capital.

Este es un trabajo que no se hizo de una sola vez. Reporteros y especialistas visitaron dos, tres, cuatro veces a los niños, niñas y adolescentes. Cuantas veces fuera necesario para poder entender y plasmar la dimensión de la tragedia.

Como lo dijo Francisco Sánchez, uno de los psicólogos que diseñó el funcionamiento en conjunto: “en esta ocasión no se trataba de participar como fuente, sino de crear conocimiento juntos”.

Además de los textos, presentamos audios que contienen una visión aproximada de cada uno de los casos con perspectiva psicológica. Sin pretender hacer diagnósticos profundos, ofrecemos indicios sobre lo que sus voces intentan expresar.

En algunos casos se les pidió a los entrevistados y entrevistadas utilizar colores y papel para expresarse, hacer dibujos. Es tanto el peso de la adversidad, que hasta la negativa de participar en el ejercicio tenía significado.

En algunos casos, los familiares permitieron fotos y conversaciones abiertas. En otros, amenazas aún penden sobre ellos. No pueden permitirse un paso en falso.

Pero más allá de la particularidad de Ale, Alejandra, Andrés, Darío y Javier, Jesús, David, Mariela Mike y Stefany, los une un mismo resultado: el Estado venezolano no solo ha fallado en garantizar la seguridad que los niños merecen, sino también en proveer protección, atención y reparación a través de las instituciones públicas dispuestas para ello.

Aquí, nueve casos de niños, niñas y adolescentes, víctimas que llevan una infancia de luto.

 

 

 

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Los niños son el reflejo de sus progenitores, reza el dicho. Un padre que delinquió tras ser objeto de abandono por parte del Estado, fue presa de la ampliación de un círculo delictivo. 

Esto lo llevó a la muerte a manos del propio Estado. Su hijo ahora acumula en silencio un resentimiento que lo puede llevar a hacer de ese círculo delictivo una espiral inevitable. 

La memoria Ale encierra el horror y la ternura en un mismo trazo. Dibuja sus recuerdos a través de personajes guerreros de dibujos animados. Perdió a su mamá en una masacre de espanto que recorrió durante meses las primeras planas de medios de comunicación. No hubo atención por parte del Estado. 

No puede viajar por no poder obtener identidad ni permisos. Su orfandad ha sido desamparada pese a tener abuelos dispuestos a representarlo.

Funcionarios de las fuerzas especiales de la policía mataron a dos hombres el 6 de marzo de 2019. Uno de ellos era el padre de una adolescente, quien hoy oculta su llanto de los adultos que la rodean. Mientras tanto, en tribunales se lleva una batalla para evitar la impunidad.

 “La justicia no es suficiente”, adelantó Francisco Sánchez, psicólogo especializado en los procesos de duelo de las víctimas de ejecuciones extrajudiciales.

 

Delincuentes asesinaron a un padre de familia en el estado Zulia y dejaron en la orfandad a 7 niños y a una adolescente. 

Las instituciones del Estado están ausentes. 

La crisis socioeconómica en la familia se agravó y los efectos de la violencia ocasionan insomnio, pérdida de apetito y negación en Mike.

Un adolescente pudiera verse obligado a emigrar. La fuerza de las bandas dedicadas a cobrar extorsiones le arrebataron a su papá y están a punto de hacerle dejar su vida. 

Productores agrícolas destacan entre las principales víctimas del delito en Venezuela y Andrés, hijo de un trabajador petrolero que buscaba labrarse una vida en el campo, pudiera verse obligado a abandonar el trabajo que tanta pasión generó en su papá.

Una muerte mediatizada. 

Así fue el homicidio de José, un joven de 25 años de edad, señalado en su barrio como delincuente. 

Detrás de un video viralizado producto del morbo en redes sociales y los titulares de sucesos, hay una niña revictimizada y expuesta una y otra vez a la estigmatización de una sociedad que reproduce el horror.

En noviembre de 2007 David fue secuestrado. Unos hombres lo sometieron a una cuadra de su casa y su familia nunca más lo volvió a ver. 

Su hija, de un año de edad en ese entonces, se crió con Marcos, la nueva pareja de la madre. Hasta los siete años la niña lo llamó “papá”; pero eso cambió cuando se enteró que la violencia delictiva le quitó a su papá biológico.

Vive rodeado de escuelas. Hay seis de ellas en un radio de un kilómetro. Tiene 12 años y no va a ninguna. En su comunidad, o es el “dientón o es “Jesusito”, el que barre la calle y hace mandados. 

En casa es el mayor de nueve niños y es quien debe “cooperar” con los labores del hogar. En menos de 500 metros de donde vive, al menos cuatro episodios con armas se han registrado. Uno de ellos, el homicidio de su padre.

En un procedimiento policial una mujer perdió a su único compañero sentimental. Así, tres niños quedaron sin su papá y cómplice de juegos y una madre vio cómo 25 años de crianza quedaron ocultos bajo la etiqueta de “resistencia a la autoridad”. 

El 24 de septiembre de 2018 una familia entera quedó, además, sin su soporte económico principal. Dos niños venezolanos crecen en el desamparo.