Carabobo.- Días antes de los terremotos del 24 de junio, Abrianny Lozano, de 10 años, había sido operada de tres hernias. Cuando la tierra tembló, ella todavía estaba de reposo y requería curas médicas. Luego del temblor, su madre decidió quedarse en el Sector El Jabillo I –de Morón, estado Carabobo— donde vivían, y envió a la niña con unos familiares en Naguanagua: lo hizo para garantizar que pudiera recibir la atención médica que necesitaba. Y también por seguridad.
Poco después, la casa en la que vivía Abrianny se vino abajo.
Hoy, vive en Naguanagua con unos familiares, que han improvisado un espacio para albergar a más personas desplazadas por la emergencia. Junto a Abrianny hay cinco niños (de 2, 6, 8 y 10 años) y seis adolescentes (de entre 15, 16 y 17 años). Todos dejaron atrás sus escuelas, sus cuartos, sus juguetes y sus rutinas. Algunos ni siquiera tuvieron tiempo de recoger ropa. Abrianny al menos fue evaluada por médicos, recibió las curas correspondientes.
Seguridad en medio de la incertidumbre
Santiago Lugo tiene 8 años y es uno de los niños que está allí. Hasta hace pocos días vivía en El Jabillo I, bajo el cuidado de su abuela, una señora que sufrió un accidente cerebrovascular (ACV) y que también tuvo que abandonar la zona afectada.
Desde que llegaron a Naguanagua, él ha mostrado cambios en su comportamiento. «Quedó muy nervioso; siempre está detrás de mí, duerme conmigo y busca constantemente protección», relató Buye Hernández, una de las familiares.
El impacto emocional de los terremotos en adolescentes
Las secuelas no son únicamente materiales. Entre los damnificados también se encuentra una adolescente que, según sus familiares, permanecía en silencio desde que ocurrió la emergencia. Durante varios días evitó hablar de lo sucedido y parecía contener sus emociones.
La situación cambió cuando una psicóloga voluntaria acudió a la vivienda para brindar apoyo emocional. «Cuando la psicóloga comenzó a conversar con ella tuvo una crisis emocional que pudo ser canalizada y atendida», contó Buye Hernández.
María Virginia Buye Hernández relató que ella y su madre desconocían la gravedad de la situación que enfrentaban sus familiares en El Jabillo I. «Nos decían que estaban afuera de las casas esperando que pasara la emergencia, pero que todo estaba bien. Hasta que el viernes en la noche mi sobrino le escribió a mi hermano pidiendo auxilio porque las viviendas se estaban hundiendo», recordó.
La familia intentó movilizarse de inmediato, pero la falta de electricidad y la escasa visibilidad en la carretera impidieron el traslado. A las 5:00 de la mañana del sábado emprendieron el viaje hacia Morón. Al llegar, encontraron un panorama muy distinto al que imaginaban: el suelo estaba agrietado; además, varias calles se abrieron y al menos 15 viviendas resultaron afectadas.
Con una réplica, tres de las casas colapsaron. «Eso era una bomba de tiempo. En cualquier momento las viviendas podían venirse abajo», afirmó. Ante el peligro, al día siguiente, los familiares comenzaron a evacuar a los niños y adolescentes de la zona hacia casas de parientes en Naguanagua y Los Guayos.
Aunque la solidaridad de familiares, vecinos, iglesias y voluntarios ha permitido atender necesidades inmediatas, las familias insisten en que todavía requieren apoyo para garantizar condiciones adecuadas a los niños, niñas y adolescentes desplazados.
Colchones, alimentos, pañales, medicamentos, artículos de higiene personal y juguetes didácticos forman parte de las necesidades más urgentes de quienes están hoy frente a una emergencia que cambió sus vidas en segundos.
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Dayrí Blanco
Corresponsal de la Agencia de Periodistas Amigos de la Niñez y la Adolescencia en Carabobo.
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