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Niñez entre las ruinas de Tucacas: las últimas horas para rescatar a Fernanda Oliveros

Tucacas- Cuando eres niño, lo primero que haces para sentirte seguro es buscar a tus papás. Con ellos quieres pasar todo el tiempo posible: bajo sus sábanas en una mañana fría, jugando en el carro con papá o cerca de mamá mientras cocina. Eso fue lo que hizo Fernanda Oliveros López, de apenas 6 años, cuando la tierra empezó a sacudirse con violencia a las 6:04 de la tarde del miércoles 24 de junio en Tucacas.

Tras cinco días de una angustia que paralizó a Falcón y Carabobo, estados de la región central de Venezuela, el cuerpo de la niña fue hallado la madrugada del domingo 29 de junio, a las 5:20 de la mañana. Estaba protegida, en una posición de eterno abrazo, junto a su padre, Luis Oliveros, un reconocido médico cirujano nativo de Guacara, estado Carabobo. Junto a ellos su mamá Yeluismar Lopéz.

La torre A del conjunto residencial La Mar Suites se desplomó luego de los dos terremotos de este 24 de junio. Foto: J. Petit

Fernanda estudiaba primer grado en la Unidad Educativa Colegio Virgen María. Quienes la conocieron la recuerdan por su sonrisa y sus ganas de estar en todo: en el teatro, en el baile, en clases de inglés y en juegos. Sus familiares la describen como una niña dulce y sumamente tierna, especialmente apegada a su papá.

La familia había viajado la noche del 23 de junio hacia el conjunto residencial La Mar Suites en Tucacas, tras la invitación de unos amigos. El plan era perfecto: disfrutar de la piscina y luego navegar hacia los cayos del Parque Nacional Morrocoy. Yeluismar López, su mamá, se había encargado meticulosamente de cada preparativo para asegurarse de que pasaran los mejores días de sus vidas. El viaje familiar de descanso se topó de frente con la impredecible fuerza de la naturaleza.

“Papá, todo está bien, te iba a llamar…”, fue el último mensaje de WhatsApp que recibió el abuelo paterno de la niña. Una frase suspendida en el tiempo que precedió al desastre, y que dio inicio a la búsqueda más dolorosa y compleja que ha vivido este rincón de la costa venezolana.

Desgarrados por la incertidumbre, los tíos de Fernanda Oliveros mantuvieron una dolorosa espera de más de 90 horas a pocos metros de la zona cero. Foto: J. Petit

Cuando las estructuras de La Mar Suites torre A se vinieron abajo tras el segundo sismo, Tucacas quedó sepultada bajo una densa nube gris. Lo único que flotaba en el aire era polvo; lo único que se escuchaba era el eco de los gritos. Sin pensarlo dos veces, la comunidad corrió hacia el desastre. Durante los primeros 30 minutos, las manos de los vecinos fueron la única maquinaria disponible. Levantaron bloques, vigas partidas y puertas rotas en medio de llantos de desesperación.

Hubo milagros entre el caos. Una niña de 11 años salvó su vida porque su padre, en un acto de puro instinto, la tomó en brazos y se lanzó junto a ella desde el balcón del piso 1. Se trata de Irene Valenzuela, de 10 años, y su padre Miguel Díaz Granados, esposo de Natalia Fernandez quien falleció bajo los escombros. 

Minutos después, las comisiones de Bomberos y Protección Civil de Falcón arribaron al sitio, quedando mudos ante el horror del escenario.

El gobierno regional instaló una sala situacional justo al frente de las ruinas. Allí, junto a un mapa de seguridad del estado, colgaron dos pizarras que se convirtieron en el termómetro de la tragedia: nombres en marcador de los heridos, los rescatados y los fallecidos. 

El 25 de junio, la esperanza se avivó. Bajo las toneladas de concreto, los rescatistas identificaron a Alejandro Ure, el primer rescatado. Estaba atrapado, vivo, pidiendo auxilio. Sin embargo, en las pizarras no había rastro del destino de la familia Oliveros. Los datos de Fernanda de 6 años, seguía en estatus de desaparecida.

Para el segundo día, el drama ya se había convertido en una causa nacional. Voluntarios y rescatistas de Lara, Yaracuy y Carabobo llegaron a Tucacas con una sola obsesión: sacar a la niña.

“Yo de aquí no me muevo hasta localizar a la niña y sacarla, yo dejé a mi esposa y mi trabajo para ayudar a Fer”, dijo un pescador que desde el primer día no dejaba de sacar escombros.

Rompiendo el protocolo por amor, la tía materna de la niña —funcionaria policial— se sumó activamente a las labores y ayudó a localizar los restos de su hermana Yeluismar y del doctor Luis Oliveros. Foto: J. Petit

El sonido del lugar cambió. Ya no eran los gritos humanos, sino el rugido incesante de los esmeriles y el golpe seco de los cinceles de los topos comunitarios que perforaban el concreto intentando llegar al sótano.

Cada cierto tiempo, un grito de «¡Silencio!» congelaba la escena. Las herramientas se apagaban. Los rescatistas contenían la respiración y gritaban el nombre de Fernanda hacia las grietas, esperando un golpe, un quejido, una señal de vida. Pero el resultado siempre era el mismo: un silencio infructuoso y desesperante.

Detrás de la tragedia humana, empezó a cocinarse otra disputa: la del mando. Los brigadistas de Protección Civil, los equipos especializados de Lara y Naguanagua, y los expertos en estructuras colapsadas se enfrentaron a la rigidez del Ejecutivo Regional. Las autoridades políticas tomaron el control absoluto de la búsqueda, ignorando las recomendaciones técnicas. En su lugar, el gobierno prefirió guiar los esfuerzos siguiendo el eco de un supuesto ruido de auxilio en una zona equivocada; un grito que Fernanda seguramente nunca emitió, porque para ese momento, su cuerpo ya descansaba bajo el peso inamovible de las placas del quinto, cuarto y tercer piso.

El calor del sótano, Starlink y la crueldad del falso milagro 

Las labores de búsqueda y rescate se adentraron en la madrugada sin un solo segundo de tregua. Las máquinas pesadas rugían removiendo toneladas de concreto, mientras los «topos» voluntarios y los brigadistas de Protección Civil se turnaban para no detener el avance de las herramientas. El cansancio físico ya era extremo. Entrar a los escombros de La Mar Suites se convirtió en una trampa de calor asfixiante a 40 grados. El aire era denso, la deshidratación causó desmayos entre los voluntarios y el ambiente empezó a cargarse con los olores de humedad y descomposición que confirmaban la presencia de muertes bajo la estructura. 

A pocos metros de la zona cero, la familia de Fernanda resistía bajo un toldo improvisado para cubrirse del sol de la costa. En medio del aislamiento, la solidaridad civil se hizo presente. Voluntarios de Carabobo instalaron una antena Starlink para devolverles la conexión con el mundo y la empresa privada a través de Fedecámaras Falcón aportó una planta eléctrica para mantener con vida los teléfonos celulares, que eran su único cordón umbilical con la esperanza. Dentro de esa carpa, el aire no solo era caliente, sino denso por la indignación. Para la mayoría de los familiares de Luis, Yeluismar y Fernanda, el culpable de la lentitud tenía un nombre claro: el gobierno regional. 

“No saben dónde buscar, dicen que aquí y allá y nada; yo creo que no la quieren salvar”, expresaban en medio de su dolor las tías de Fernanda. 

El apoyo humano bajo la carpa no cesaba. Médicos voluntarios provenientes de Guacara, a 94 kilómetros de distancia, y equipos especializados de la Cruz Roja Venezolana se mantuvieron en el sitio, no solo hidratando a los familiares exhaustos, sino brindando contención psicológica clave en cada momento de crisis emocional, además de atender a los rescatistas que emergían sofocados de las grietas. 

Desde afuera se respiraba una profunda frustración técnica. Médicos voluntarios con experiencia en zonas de desastre y brigadistas del estado Lara compartían la misma impotencia: «No me dejan trabajar, me siento de manos atadas, nadie me presta atención. Allí donde están buscando no está la niña», repetían en voz baja.

Contrario a los rumores falsos, expertos confirmaron que el impacto de tres pisos colapsados sobre la familia hizo imposible cualquier señal de auxilio desde el primer momento. Foto: J. Petit

El plano arquitectónico del edificio colapsado nunca llegó. Ante esta carencia, los bomberos se vieron obligados a improvisar. Tomaron una tabla de madera y dibujaron un rectángulo aproximado. Con la guía de la memoria de un conserje del conjunto residencial, intentaban adivinar la ubicación de los pisos, los sótanos y los números de los apartamentos aplastados. 

La desesperación comenzó a desbordarse y a filtrarse en las redes sociales a través de videos virales. Fue entonces cuando la crueldad de la desinformación golpeó con más fuerza. En dos ocasiones, rumores infundados llegaron hasta la carpa familiar asegurando que Luis y la pequeña Fernanda habían reaccionado, que estaban vivos y localizados. La escena bajo el toldo estalló en un frenesí de emociones: gritos de agradecimiento a la providencia divina, lágrimas de alivio, abrazos desesperados y aplausos de un pueblo que quería creer en el milagro. Sin embargo, la alegría duró apenas unos minutos. La noticia era falsa, un rumor que se convirtió en el golpe más devastador y doloroso en el alma de una familia que ya no tenía de dónde sacar fuerzas. 

Sin embargo, a pesar de las advertencias, el gobernador se empecinó en mantener los esfuerzos en el cuadrante equivocado. No era, según los presentes, por cálculo político, sino por una obstinación letal: confió ciegamente en los relatos de algunos socorristas que, al salir de los escombros, aseguraban haber escuchado voces o visto movimientos, cuando la realidad era otra. Le dieron la espalda al lugar correcto; el mismo donde Fernanda yacía, protegida en el último segundo por los brazos de sus padre.

Bajo esta carpa, los familiares de Fernanda se resguardaban del sol incisivo y descansaban durante las noches, aferrados a la esperanza de un milagro.

La desesperación comenzó a desbordarse y a filtrarse en TikTok, a través de videos virales sin verificación oficial. Fue entonces cuando la crueldad de la desinformación golpeó con más fuerza. En dos ocasiones, rumores infundados llegaron hasta la carpa familiar asegurando que Luis y la pequeña Fernanda habían reaccionado, que estaban vivos y localizados.

“Última búsqueda» y el cuadro del silencio 

Durante el tercer y cuarto día, los rescatistas lograron extraer los cuerpos de otros desaparecidos, pero el de la familia Oliveros seguía sellado bajo el concreto. Los supuestos ruidos de vida que habían alimentado los rumores se apagaron por completo. Tras superarse el umbral crítico de las 72 horas, la voz del gobernador rompió la estática del ambiente. Desde el megáfono oficial se anunció la orden definitiva: «Última búsqueda».

Aquello significaba el último intento manual. Una última oleada de «topos» y brigadistas se introdujo en las entrañas de La Mar Suites, arriesgando la vida bajo réplicas y estructuras inestables, solo para confirmar el peor de los presagios. Al salir, exhaustos y con la mirada perdida, los rescatistas repetían la misma frase: adentro solo había un olor espeso a muerte y un silencio sepulcral.

Pasada la medianoche, el protocolo cambió drásticamente. Las luces de los reflectores iluminaron el polvo en suspensión mientras los motores de los Yumbos y las retroexcavadoras rugieron de nuevo. Empezaron a remover, con una delicadeza milimétrica, las pesadas placas de los pisos 5, 4 y 3. A las 11 de la noche, el panorama seguía siendo desolador, pero un destello entre la destrucción trajo una certeza: a lo lejos, sepultado bajo el peso del edificio, se alcanzaba a ver el vehículo en el que la familia había viajado con la ilusión de unas vacaciones. 

La excavación mecánica se detuvo en seco a mitad de la madrugada. Sobre la mesa de la comandancia se discutió una hipótesis elemental pero poderosa, nacida del más puro instinto humano: la niña tenía que estar al lado de sus padres. Esta hipótesis fue planteada por mujeres que pertenecen al cuerpo de bomberos. Bajo esa premisa, el movimiento de las placas de concreto pasó a ser una operación quirúrgica y táctica para evitar dañar los restos.

Aproximadamente a las 2 de la mañana del 29 de junio los rescatistas localizaron los cuerpos de los esposos, pero Fernanda no aparecía. El hallazgo parcial forzó una reunión de emergencia en plena zona cero con los bomberos y brigadistas presentes; el plan debía ser perfecto porque la orden del ejecutivo regional era estricta: extraerlos con el máximo respeto y dignidad, sin causar más traumas a sus cuerpos físicos. Fue así como a las 3:20 de la mañana, en medio de la penumbra más cerrada de la madrugada, se logró extraer con infinito cuidado el cuerpo de su madre, Yeluismar. 

A partir de ese momento, la urgencia por romper el concreto restante aceleró el ritmo de la operación. ¡Mecate, cadena, guantes, tapaboca, otra vez tapaboca, casco, tenazas grandes para picar vigas, cincel!”, se escuchaba gritar con desesperación entre los rescatistas de protección civil Falcón, mientras las herramientas desgarraban el acero para abrir el espacio final. 

A las 5:00 de la mañana, las linternas enfocaron el último rincón del desastre: allí estaba ella. Veinte minutos después, a las 5:20 am, los rescatistas confirmaron la escena que congeló el corazón de Tucacas al constatar que Fernanda estaba en posición de abrazo, resguardada en el último segundo de su vida por el amor de sus padres. 

En ese instante un silencio absoluto y sobrecogedor cayó sobre las ruinas de La Mar Suites. No hizo falta que nadie pidiera silencio, el operador de la máquina pesada apagó el motor y rompió a llorar sobre los controles, los bomberos arrodillados junto a los escombros dejaron caer sus herramientas con los ojos inundados y, al fondo, los efectivos militares, patólogos y la policía nacional no pudieron contener las lágrimas ante un cuadro de amor trágico que sacudió emocionalmente a hombres y mujeres curtidos en la tragedia. 

Justo a las 5:30 am, con las primeras e incipientes luces del alba, la pequeña fue sacada finalmente de las ruinas. El doloroso ciclo se cerró por completo al mediodía, cuando los rescatistas lograron liberar el cuerpo del doctor Luis Oliveros. 

Con el retiro del último cuerpo, bajo el sol implacable de Falcón, finalizó la búsqueda de Fernanda, dejando una herida abierta en Tucacas, pero también el testimonio imborrable de un abrazo que ni la tierra ni el concreto pudieron romper.

Jhonattam Petit

Jhonattam Petit

Corresponsal de la Agencia de Periodistas Amigos de la Niñez y la Adolescencia en Falcón.

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