La Guaira.- El 24 de junio, Samuel González, de 13 años, estaba en la sala de su casa en el piso 2 de la torre H del urbanismo Mare Abajo, parroquia Carlos Soublette del estado La Guaira, practicando con una flauta traversa para un concierto que tenía el día siguiente con la Orquesta Sinfónica Regional Juvenil Pedro Elías Gutiérrez.
Un poco antes de las 6:00 de la tarde, la melodía de su flauta se interrumpió. Dos alarmas sonaban con insistencia: una provenía del celular de su papá y la otra del celular de su hermano. Ambos teléfonos mostraban en las pantallas un mensaje de alerta sobre un posible terremoto. Él, un poco confundido, las ignoró: siguió concentrado en la partitura que interpretaría.
Poco después el apartamento comenzó a moverse de un lado a otro. Samuel y su familia corrieron a la entrada, pero la puerta estaba trabada. El padre resolvió patearla y fue así que logró abrirla. Se apresuraron a la planta baja del edificio. En el camino, sortearon escombros, la ruptura de las escaleras, los pasillos llenos de tierra.
Los hermanos González Briceño vivieron 12 años en el urbanismo Mare Abajo. Foto: Gabriel Hernández.
Mientras se alejaban del edificio, Samuel vio cómo aquella estructura de cuatro pisos, donde había vivido durante 12 años, se agrietaba. Esa noche el adolescente intentó dormir dentro de una carpa, que instalaron sus padres y varios vecinos en un estadio de béisbol cercano. Pero no pudo. Estaba todavía nervioso e inquieto. Luego se pasó al carro de su papá –allí tendría un poco más de privacidad– pero tampoco logró conciliar el sueño.
En medio de la oscuridad –porque no había servicio eléctrico— estaba preso del miedo y la ansiedad. Escuchaba las voces de los adultos que comentaban sobre la devastación ocurrida en toda La Guaira. Pasó toda la noche haciéndose preguntas. ¿Cómo estarán mis otros familiares?, ¿qué habrá pasado con mi colegio?, ¿es posible que haya fallecido alguno de mis amigos?
6 estados y el Distrito Capital se vieron afectado tras el terremoto. Foto: Gabriel Hernández.
Muchas de las respuestas las tendría al día siguiente tras recorrer 19 kilómetros desde Mare Abajo hasta Macuto, donde lograron cobertura, y comunicarse con sus familiares. Decenas de mensajes llegaron al celular de Samuel: todos pedían una misma respuesta: saber de él, de sus familiares.
Afortunadamente, sí, estaban bien: no habían resultado heridos. Pero habían quedado damnificados.
De la diversión al miedo
Aarón González, de 14 años, había llegado a su casa luego de haber estado rodando en la bicicleta con sus amigos. Poco después, tuvo que salir corriendo del edificio en el que residía junto con su hermano Samuel y sus padres.
Al igual que Samuel, ignoró la alarma de terremoto en su celular.
El 29 de junio, Aarón y Samuel regresaron con sus padres al apartamento, por primera vez luego del terremoto. Buscaron algunas pertenencias, dejando atrás el lugar en el que vivieron tantas cosas.
La planta baja de la torre H del urbanismo Mare Abajo, en la parroquia Carlos Soublette. Foto: Gabriel Hernández.
“Parece que las experiencias dramáticas son las que nos hacen crecer antes de tiempo. Sentí que muchas cosas cambiaron en mi de un día para otro. Creo que toca madurar dentro de tanta destrucción, miedo y tristeza”, dice Ararón.
Hoy él se encuentra viviendo de nuevo en una pequeña casa en Macuto, esa misma en la que vivió hasta los 2 años y de la que la familia había decidido mudarse porque era muy pequeña. Dice, sin embargo, que está agradecido con Dios por seguir con vida, y que trata de procesar la pérdida de su vivienda, y la muerte de muchos amigos.
Tras los daños en su edificio, ahora Aarón y Samuel viven en Macuto. Foto: Gabriel Hernández
Atender a la infancia y la adolescencia.
Casos como el de estos hermanos permiten poner el foco en la necesidad de atender de manera diferenciada a las infancias y las adolescencias durante y después de esta emergencia. Sofía Gamboa, psicóloga y parte del equipo del Servicio de Atención Psicológica de Cecodap, insiste en que, para el procesamiento de la experiencia, es importante el acompañamiento de los niños, niñas y adolescentes, poder empatizar con ellos, sus emociones, no desde la mentira, sino desde la distracción, desde lo lúdico.
Los hermanos González Briceño en su apartamento antes de los sismos. Foto cedida por la familia.
Asimismo, Argelia Escalona, trabajadora social y también parte SAP-Cecodap, recomienda que se establezcan políticas de acción para la protección, atención y cuidado de niños, niñas y adolescentes, que son individuos de vulnerabilidad en contextos de desastres.
“El panorama a futuro los niños, niñas y adolescentes que vivieron el terremoto es que pudieran ser adultos con sintomatologías ansiosas o depresivas y hasta con un estrés postraumático, que puede desarrollar una alteración en el estado de ánimo. En algunos casos, no en todos, esto podría generar pensamientos suicidas”, advierte Gamboa.
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Gabriel Hernández
Corresponsal de la Agencia de Periodistas Amigos de la Niñez y la Adolescencia en La Guaira.
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