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«Me sentía pequeña otra vez»: violencia simbólica en la transición universitaria

Zulia.- “Yo esperaba más de alguien que viene con buenas notas. Aquí no estamos para mediocridades”, le dijo un profesor a Valentina, de 18 años, durante una clase en una universidad zuliana. La frase resonó en el aula y nadie reaccionó. Ella tampoco. Tenía miedo de levantar la voz.

Valentina comenzó a estudiar en abril de 2022 tras culminar sus estudios de secundaria, emocionada por estudiar la carrera que siempre soñó. Pero pronto descubrió que la transición no sería sencilla. Lo que vivió no era solo exigencia académica: era violencia simbólica, una forma de imponer el poder y la autoridad sin utilizar la violencia física. Es un maltrato invisible, que erosiona la seguridad y el derecho a aprender en un ambiente respetuoso. Como ella, otros adolescentes que inician su carrera universitaria con 17 o 18 años enfrentan discursos que los comparan, ridiculizan o miden únicamente por su rendimiento.

Adultocentrismo disfrazado de exigencia

En el liceo le dijeron en más de una ocasión que la universidad sería “el comienzo de la vida adulta”, pero nunca imaginó que la idea de  adultez se usaría para justificar cualquier trato. La frase más repetida por algunos docentes es casi un mantra: “Aquí nadie te va a consentir”.

Carol Gerardo, psicóloga clínica, explica que estas dinámicas pueden afectar profundamente la salud mental de los adolescentes: “Cuando se humilla o ridiculiza a un estudiante, se vulnera su derecho a la educación y a la dignidad y se puede generar ansiedad, estrés e inseguridad, las cuales persisten incluso después de la universidad”.

Valentina recuerda: “Me sentía pequeña otra vez, como si tuviera que demostrar constantemente que merecía estar aquí, incluso cuando hacía las cosas bien”.

Fotografía de Mauricio Ocando.

La presión silenciosa que pesa

Marcial Fuenmayor, docente universitario, comenta que muchos profesores reproducen dinámicas adultocéntricas: ejercen autoridad mediante humillaciones, sarcasmo o expectativas imposibles, sin considerar que algunos estudiantes siguen siendo adolescentes. Para quienes ingresan siendo menores de edad, esta transición puede convertirse en un periodo de vulnerabilidad emocional que afecta su derecho a la educación y a la dignidad.

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La presión por “dar la talla”, suscitada por los adultos figuras de autoridad, se vuelve una forma silenciosa de violencia. No se denuncia, no queda en actas, no se nombra. Pero pesa. Evitar participar en clase se vuelve una estrategia de supervivencia: cualquier error puede convertirse en burla pública; cualquier duda, en un cuestionamiento sobre la capacidad.

La excelencia como identidad

Carolina Ávila, maestra de educación inicial, explica que cuando los jóvenes sienten que su valor depende exclusivamente de sus resultados académicos se genera ansiedad y estrés. “Se educa más para la competencia que para el aprendizaje, y esto es especialmente dañino para los adolescentes en proceso de desarrollo”.

Valentina ha empezado a entenderlo mejor: “Yo pensaba que era mi culpa. Que no estaba dando suficiente. Pero después de hablar con otros compañeros, me di cuenta de que todos habíamos pasado por algo parecido. No es personal: es el sistema”.

Contexto legal y datos recientes

La Convención sobre los Derechos del Niño, base jurídica internacional y tratado ratificado por Venezuela; y la Ley Orgánica para la Protección del Niño, Niña y Adolescente (Lopnna), legislación nacional, establecen que ningún niño o adolescente puede ser objeto de castigo humillante, trato degradante o discriminatorio, no sólo en el hogar, también en el ámbito educativo. La ley debe contrastarse con la realidad.

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Durante 2023, el principal motivo de consulta del Servicio de Atención Psicológica de Cecodap fue las alteraciones del estado de ánimo. Esto incluye sentimientos de tristeza y llanto frecuente, depresión, duelo, irritabilidad y/o explosiones de rabia, angustia y ansiedad. Dichas emociones van ligadas, en muchas ocasiones, a situaciones de violencia en casa y en el entorno educativo.

De los 1.041 casos identificados con alteración del estado de ánimo como motivo principal o secundario de consulta, 802 (76,85 %) corresponden a niños, niñas o adolescentes. Para el primer semestre del 2024, el número de casos de esta población con alteraciones del estado de ánimo ya era de 445.

El informe «Resistencias que sanan» de la organización venezolana Caleidoscopio Humano (2025) evidencia cómo la vulnerabilidad de adolescentes y mujeres jóvenes se multiplica en contextos de violencia institucional y social, afectando también su desarrollo educativo y emocional.

Este panorama no es único para el venezolano. Los estudios de Unicef España muestran que uno de cada cuatro adolescentes ha sufrido algún tipo de violencia familiar, principalmente psicológica, durante el último año. Este tipo de violencia se relaciona con problemas de autoestima, ansiedad y dificultades académicas.

Fotografía de Mauricio Ocando.

Aprender no debería doler

Valentina aún está aprendiendo a reclamar su espacio. A veces levanta la mano, a veces no. A veces respira profundo antes de entregar un trabajo. Aún se siente vulnerable, pero ya no se siente sola. Y esa diferencia es enorme.

Lo que viven Valentina y otros adolescentes universitarios no es un “rito de paso”: es una forma normalizada de violencia que puede y debe ser cuestionada. “Crecer no debería implicar soportar humillaciones. Y aprender nunca debería doler”, enfatiza Carol Gerardo.

Expertos coinciden en que todos los entornos donde los jóvenes se desarrollan deben garantizar su bienestar y protección. Es responsabilidad de docentes, autoridades y comunidad universitaria crear un espacio seguro, libre de humillaciones y otras formas de violencia.

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Fotografía principal de Mauricio Ocando

Mauricio Ocando y Bryan Granado

Mauricio Ocando y Bryan Granado

Colaboradores de la Agencia de Amigos de la Niñez y la Adolescencia en el estado Zulia.

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