Caracas.- “Por favor, señora, déjeme entrar a su casa”. Ese fue el ruego de una niña de aproximadamente nueve años. Vestía un jean y una franela rosada; no llevaba nada más. Había corrido descalza un buen trecho. Las cholas que calzaba en ese momento, frente a la puerta, no eran suyas. Se las regaló otra residente de Fuerte Tiuna que también corría sin descanso para dejar atrás el intenso bombardeo. Eran cerca de las 2:20 a.m. del 3 de enero de 2026.
La niña corrió sujeta de la mano de su madre. Ambas, llorando y desorientadas, llegaron hasta la avenida Guzmán Blanco de la parroquia Coche. No iban solas: un grupo de hombres, mujeres y niños también apuraba el paso. Se les distinguía por las linternas de sus celulares encendidas, con las que marcaban el camino en la oscuridad. La zona se había quedado sin electricidad.
Al ver a un vecino cerca de las casas, le imploraron refugio. El señor abrió la reja sin vacilar mientras se escuchaban ráfagas de armas de guerra, un sonido que la niña posiblemente solo había escuchado en películas o juegos de video. “No conozco esto, me perdí cuando salí del Fuerte”, alcanzó a pronunciar la madre en medio de un ataque de nervios.
El hombre las refugió detrás de unos vehículos y les buscó agua. Al ver que no se calmaban, decidió llevarlas al interior de su hogar. En la puerta, su esposa, alterada por la situación, no sabía cómo reaccionar. “Por favor, déjenos entrar”, repetía la niña entre lágrimas. Las dejaron pasar mientras el bombardeo continuaba, los helicópteros retumbaban y un avión surcaba el cielo con un rugido desafiante.
El agua con azúcar no hizo efecto. La dueña de casa temía darles algo más por miedo a una reacción adversa. “Mamá, cálmate ya, por favor, mira que estoy aquí contigo”, suplicaba la pequeña. La madre no escuchaba; decía que al salir del edificio tuvo que dejar a sus padres porque no podían caminar. Mientras hablaba, estrujaba una cobija, lo único que pudo tomar para proteger a su hija.
La niña se secó las lágrimas y agradeció. Al tocarse los pies, notó que sus plantas estaban agrietadas y con rastros de sangre. “Es que no dio tiempo de ponerle los zapatos. Salimos por la Puerta 4, cerca de Las Mayas”, explicó la madre. La distancia desde Ciudad Tiuna hasta la vereda donde se refugiaron es de unos dos kilómetros y medio; un trayecto que a pie toma media hora a paso ligero, pero que ellas recorrieron apresuradas bajo el fuego.
Cuando el ataque cesó, pasadas las 2:30 a.m., lograron contactar a un familiar (tenían línea Movistar, pues Digitel no funcionaba) y las fueron a buscar. La pareja las acompañó hasta el vehículo bajo la tensión del «avión centinela» que sobrevoló la zona media hora más. “Esto lo voy a agradecer el resto de mi vida”, dijo la mujer antes de desaparecer en la noche.
Pero muchas otras familias quedaron en la calle: en pijama, en medias o shorts, cargando solo almohadas. No hubo tiempo para preparar bolsos ni guardar documentos. Huían hacia El Valle, El Cementerio o hacia la montaña de la Panamericana. Otros buscaron auxilio en la estación del Metro de Coche o en los pasillos del centro comercial, donde amanecieron tirados en el suelo.
A las 5:00 a.m., el flujo de personas aumentó por la Intercomunal Valle-Coche. Nadie pretendía regresar a sus hogares dentro de las Misión Vivienda de Fuerte Tiuna. Se veían rostros infantiles curtidos por el llanto y la vigilia, acompañados por adultos exhaustos tras una noche marcada por la noticia de la captura de Nicolás Maduro y Cilia Flores.
“Es un bombardeo”
El ataque inició a la 1:50 a.m. Muchos confundieron el sonido con truenos o un terremoto. De inmediato, una explosión dejó sin luz a Coche y El Valle. “Las paredes y ventanas temblaron. Saltamos de la cama y vimos los helicópteros. Entendimos que bombardeaban el Fuerte. El cielo se iluminaba con cada explosión”, relató la pareja que dio refugio.
En el caos, descubrieron que no había señal telefónica. Llenaron envases con agua temiendo un corte del servicio. Nadie durmió esa madrugada. Al amanecer, salieron a inspeccionar junto a vecinos y descubrieron que el grupo Delta Force de EE. UU. había derribado torres eléctricas en el cerro de la calle 18 para facilitar la incursión.
A las 6:00 a.m. reinaba un silencio total y el humo denso de los incendios en el Fuerte. Quienes caminaban por la calle lo hacían sin hablar, evitando mirar hacia los edificios de donde habían huido.
Horas después, la desesperación se trasladó a los comercios. Largas colas se formaron para comprar enlatados y agua, pagando solo en efectivo (dólares) por la falta de sistema electrónico de cobro.
No hubo transporte público. Escasamente se vieron dos o tres camionetas pasar en horas de la mañana. Tampoco se vio la presencia masiva de los cuerpos de seguridad.
Mientras, cientos de personas se amontonaban en el centro comercial de Coche y en los pasillos de la estación Coche del Metro solo para cargar un poco de batería en sus teléfonos, esperando una luz que solo regresó al final de la tarde del domingo.
Esa tarde pasaron colectivos motorizados, cerca de 20 unidades, lo que empujó a los vecinos a resguardarse. Sin luz, sin conexión y sin información, no había certeza de lo que estaba pasando.
Mabel Sarmiento
Corresponsal de la Agencia de Periodistas Amigos de la Niñez y la Adolescencia en Distrito Capital.
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