Cada tercer domingo de junio las redes se llenan de frases que elevan a papá a la categoría de superhéroe. “El mejor papá del mundo”, “mi protector”, “mi roble”. Son palabras hermosas, merecidas, pero a veces incompletas. Celebrar a papá solo como un ser invencible puede ser la forma más sutil de no verlo del todo. Hoy propongo verlos con otra mirada: honrar a los padres abrazando su humanidad, reconociendo que también se quiebran, que cargan con fantasmas de su propia infancia y que, a pesar de todo, eligen quedarse.
En los últimos años, la paternidad ha cambiado para bien y sin estridencias. Hace un año, junto a Oscar Misle y Fernando Pereira, fundadores de CECODAP, los Jóvenes Defensores empezamos a dictar charlas sobre crianza positiva que se ofrecían en los colegios. Al principio nos llenó de asombro ver que en esas sillas, siempre acostumbradas a dibujar la silueta de una madre, ahora también se acomodaba la presencia de muchos padres. Pero más impactante aún fue empezar a escucharlos. Ver cómo hablaban de sus miedos, de sus inseguridades, de cómo llevaban la crianza a su manera. Ese espacio, antes poblado casi exclusivamente por voces femeninas, se llenaba ahora también de una voz más grave y profunda pero igual de presente en el hogar .
Y no solo asisten, también demuestran que asumen roles que eran normalmente asociados solo a la madre: se implican en la vida cotidiana de sus hijos de maneras que sus propios padres jamás imaginaron. Preparan biberones de madrugada, se turnan para asistir a las reuniones escolares, aprenden a hacer trenzas, esperando a que queden bien. Se sientan en el suelo a jugar sin prisas, preguntan “¿cómo te fue en el recreo?” y escuchan de verdad la respuesta. Esa presencia activa y emocional está tejiendo un vínculo nuevo, uno que nos demuestra que su rol no es solo poner el pan sobre la mesa, sino también comprometerse.
Sin embargo, esa misma implicación trae consigo una vulnerabilidad que pocas veces les permitimos expresar. Porque crecimos con la imagen del padre héroe, del que no llora, del que resuelve, del que siempre sabe qué hacer. Pero cuando bajamos a papá de ese pedestal, descubrimos a una persona de carne y hueso que también tiene miedo. Miedo a no estar a la altura, a equivocarse en una decisión importante, a que el sueldo no alcance, a perder la salud justo cuando su familia más lo necesita. Miedo a no ser amado como él quisiera, a que sus hijos repitan sus errores, a que el silencio que aprendió en su niñez se convierta en una pared entre los dos.
Y ahí, en ese miedo, suelen esconderse los fantasmas de su propia infancia. Muchos padres de hoy fueron criados en un tiempo donde la ternura escaseaba, donde “los hombres no lloran” y un abrazo era un lujo emocional. Crecieron con padres ausentes, autoritarios o emocionalmente analfabetos. Ahora, ya adultos, luchan a diario contra esos patrones heredados. Se esfuerzan por romper cadenas que ni siquiera eligieron: se muerden la lengua para no gritar cuando lo aprendido les dicta alzar la voz, se obligan a decir “te quiero” aunque nunca lo hayan escuchado en casa, eligen pedir perdón a sus hijos aunque a ellos nadie les enseñó que un padre también se disculpa.
Ser padre, para muchos, es también sanar al niño herido que aún llevan dentro. Cada gesto de cariño hacia sus hijos es, en realidad, un acto de valentía frente a sus propias enseñanzas obsoletas.
Reconocer esa lucha no les resta grandeza; se la otorga de la forma más profunda. Porque no es lo mismo admirar a un héroe sin fisuras que querer a un hombre que se equivoca, que se cansa, que se frustra y que, aun así, insiste en ser mejor. Un padre que es visto como persona recibe el permiso de llorar, de pedir ayuda, de decir “no sé”. Y en esa honestidad, el vínculo se vuelve real. Ya no es la relación entre un ídolo y un admirador, sino entre dos seres humanos que crecen juntos.

Alexandra Colmenares
Parte del grupo Jóvenes Defensores de Cecodap.
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