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La infancia que resiste a los sismos en Boca de Aroa

Falcón.- El 25 de junio, apenas unas horas después de que el doblete sísmico sacudiera el suelo de Boca de Aroa y la tierra pareciera abrirse en dos, el sonido que dominaba una de sus calles no era el de los lamentos. Era el rebote de un balón gastado y los gritos de gol. Los niños del sector ya habían resuelto su propia emergencia: organizaron una caimanera usando bloques que sacaron de los mismos escombros para marcar los arcos. En plena época de mundial, el fútbol no se podía detener en sus mentes. 

Mientras los adultos evaluaban los daños y esperaban el socorro de la sociedad civil, ellos corrían y jugaban sobre un asfalto agrietado. Los niños registran lo sucedido, aunque no entiendan del todo sobre acciones contra los riesgos o protocolos, y buscan en lo cotidiano trastocado un espacio para la normalidad.

Detrás de esa vitalidad, el alivio de los padres aún se mezclaba con el susto. “Le doy gracias a Dios que mis hijos están vivos. Lo primero que hice fue abrazar a mis hijos y a mi esposa luego de verlos llorar”, relata José F. A pocos metros de él, su hijo de 4 años, ajeno a la angustia adulta, jugaba alegremente con un carrito justo al frente de lo que quedaba de su hogar. El sismo había abierto el suelo de la vivienda, derribado el techo y hundido al menos 20 centímetros en el terreno pantanoso de Boca de Aroa.

Un grupo de niños, niñas y adolescentes camina por las calles de Boca de Aroa, donde el asfalto y las estructuras aún muestran los daños del doblete sísmico. Foto: Jhonattam Petit

Esa resistencia de la niñez, que no implicaba la negación de su vulnerabilidad, se multiplicaba a lo largo del vecindario. La calle principal del sector Barrio Verde se convirtió ese día en un complejo deportivo improvisado, ocupado por dos grupos de niños y adolescentes que jugaban voleibol y fútbol. Aunque mostraban recelo y no les agradaba que les tomaran tantas fotos, su generosidad era mayor. 

Fácilmente podían incluirte en la partida para hacerte parte de ese instante. Era el único momento del día que les permitía olvidar todo lo que vieron y escucharon durante los 39 segundos que duraron los movimientos telúricos.

El mapa de la vulnerabilidad

Boca de Aroa está a solo 4 kilómetros de Tucacas y a 80 kilómetros de Valencia. Es la antesala del Parque Nacional Morrocoy y por ello el pueblo es conocido como «el camino a la felicidad», con extensas playas de cocoteros y suave arena. Hoy la historia es diferente.

El temor a los ruidos fuertes y la pérdida del hogar no son casos aislados: son la constante que las autoridades civiles empezaron a registrar en la zona. De acuerdo con los registros oficiales y el diagnóstico del Consejo Municipal de Derechos de Niños, Niñas y Adolescentes, solo en el sector Cayumar —identificado como la zona cero por el nivel de destrucción de las viviendas— se estima que un total de 124 niños, niñas y adolescentes sufrieron afectaciones directas.

El mapeo institucional revela que la emergencia se ensañó con la primera infancia. Entre los niños afectados, el grupo más numeroso es el de 3 a 6 años, un rango donde el impacto se manifiesta por igual en varones y niñas. Esta población perdió sus viviendas y pasan las noches en casa de un familiar o durmiendo en una carpa con sus padres a las afuera de sus casas.

Ajeno a la preocupación de los adultos y a las paredes fracturadas de su entorno, un niño corre alegremente con su juguete en un sector golpeado por la emergencia. Foto: Jhonattam Petit

En el otro extremo, al menos cinco adolescentes de entre 13 y 17 años vieron cómo las grietas inhabilitaban por completo sus hogares.

La necesidad obligó a las redes de apoyo a desplegarse hacia la periferia. En las zonas rurales y aledañas de El Selmito, La Caracara y Campo Caribe la asistencia médica y humanitaria tuvo que multiplicarse para atender a una población flotante de entre 30 y 98 niños, niñas y adolescentes, acumulando un total de 128 asistencias en jornadas pediátricas de urgencia y ayuda humanitaria. 

En medio de la crisis local, el Consejo de Protección del municipio Silva también tuvo que canalizar tragedias que cruzaban fronteras regionales, como el caso de cinco hermanos de 3, 5, 8, 10 y 12 años que llegaron a Tucacas procedentes de Playa Caribe, en La Guaira. Los niños fueron trasladados tras sobrevivir al derrumbe de su edificio, un siniestro en el que lamentablemente falleció su madre.

Los adolescentes en primera línea

En medio del pánico del doblete sísmico, mientras veían sus casas agrietarse o venirse abajo, el primer instinto de muchos adolescentes fue correr a buscar a sus hermanos menores para ponerlos a salvo o refugiarse juntos bajo el amparo familiar.

Hoy, aunque también se organizan para jugar fútbol y voleibol en las tardes, han adoptado un rol comunitario y determinante. Se han convertido en los voluntarios fundamentales de Boca de Aroa. En cuadrillas improvisadas, se dedicaron a remover los escombros de las calles principales y de aquellas viviendas familiares que tuvieron que ser demolidas.

Cargando bloques a pulso y de forma totalmente voluntaria, este grupo de adolescentes —en su mayoría varones— asume las labores pesadas que dejan las maquinarias privadas tras derribar estructuras colapsadas, como ocurrió con la vivienda de la familia Silva. Desinteresadamente, se pusieron a la orden para retirar postes caídos, guiar el traslado de la ayuda humanitaria que llega en vehículos particulares y descargar pesados insumos de las camionetas de asistencia.

Al conversar con ellos, el sismo se hace visible en sus cuerpos: muestran en sus brazos y piernas cicatrices frescas, cortadas y rasguños producto de la evacuación estrepitosa de sus hogares o del roce diario con los escombros. Al caer la tarde, buscan recuperar espacios de normalidad dando vueltas en bicicleta o yendo a pescar a la orilla para garantizar algo de comer en sus mesas.

“Mi casa se cayó y ahora duermo en casa de mi abuela. Al menos ya llegó la luz y la calle se ve mucho más bonita, porque pusieron alumbrado eléctrico”, relata Yonaiker, un adolescente del sector, mientras comparte con sus vecinos y les pregunta, con genuina preocupación, cómo siguen las estructuras de sus propias casas.

Risas combinadas con miedo

Con los días la respuesta institucional y comunitaria empezó a tomar forma. Al sector llegó la ayuda emocional de iglesias cristianas, fundaciones y funcionarios del gobierno local. Las caravanas no solo traían comida, colchones o medicinas, sino también pintacaritas, dinámicas grupales, un espectáculo de payasos y juegos que lograban reunir a la comunidad en la plaza principal.

En Boca de Aroa los niños y adolescentes duermen en carpas frente a las casas que se hundieron. Foto: Jhonattam Petit

Para los más pequeños el entretenimiento fue un bálsamo necesario. “¡Me gustan los payasos!”, exclamó un niño de 6 años mientras su mamá lo cargaba en brazos. Sin embargo, la alegría de la plaza chocaba de frente con la realidad del regreso a las ruinas. “Cuando se fueron los payasos empezó a llorar, no quería que se fueran. El problema es que tiene miedo; nos quedamos sin casa y cualquier cosa nos hace sobresaltar”, expresó Rosa Villanueva al hablar sobre su hijo.

A la par de la recreación, los entornos educativos —que representan los espacios de mayor protección para la niñez después del hogar— se transformaron drásticamente para resistir la contingencia. La escuela básica Felipe Steven de Tucacas suspendió sus actividades habituales tras las evaluaciones de la Fundación Venezolana de Investigaciones Sismológicas (Funvisis), que determinaron que sufrió daños estructurales que pondrían en riesgo la integridad física de los estudiantes. La escuela técnica Próspero Agustín Ocando también permanece cerrada por precaución. 

Por su parte, la escuela José Ramón Yepes de Boca de Aroa se convirtió en un centro de preparación de comida para las familias damnificadas.

Programas de atención social de la Gobernación del Estado Falcón abrieron espacios para que adolescentes y adultos del sector mitiguen la crisis aprendiendo oficios prácticos, como barbería y preparación de alimentos.

A pesar de las cajas de ayuda y las jornadas de recreación, la incertidumbre sigue pesando. La mayoría de los habitantes de Boca de Aroa se repiten la misma pregunta: ¿cuándo volverán a vivir bajo un techo digno? 

Mientras los adultos cargan con la urgencia de la reconstrucción material, la niñez del sector abriga necesidades igual de urgentes para su salud mental y desarrollo integral. Entre el asfalto agrietado y las casas hundidas, los niños no piden lujos; añoran un techo seguro y algo tan vital, terapéutico y fundamental para sus derechos como un parque infantil donde volver a ser, plenamente, niños.


Jhonattam Petit

Jhonattam Petit

Corresponsal de la Agencia de Periodistas Amigos de la Niñez y la Adolescencia en Falcón.

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