Zulia. – La tarde-noche del 24 de junio de 2026, dos sismos de magnitud 7,2 y 7,5, respectivamente, sacudieron Venezuela. Un mes después, las autoridades interinas reportaron más de 1.100 réplicas, más de 5.000 personas fallecidas y más de 16.000 heridas. En contraste, no hay cifras oficiales de acceso público sobre personas desaparecidas ni de migrantes internos, entre ellos niños, niñas y adolescentes.
Los terremotos, además, agravaron la situación de un sistema de salud que ya enfrentaba años de restricciones materiales, escasez de insumos y la salida de miles de profesionales, advirtió la Organización Panamericana de la Salud (OPS). Adultos, niños, niñas y adolescentes padecen los impactos de los dos sismos que, en cuestión de minutos, cambiaron sus vidas.
En medio de este contexto la lista de prioridades parece no acabar. ¿Cómo decidir qué atender primero? ¿Es la salud mental una de las necesidades que se deben cubrir? Con estas inquietudes, nos acercamos al psicólogo Walter García, especialista en la atención a niños, niñas y adolescentes y parte del equipo de seguimiento de casos dentro del Servicio de Atención Psicológica Crecer sin Violencia de Cecodap.
En medio de una emergencia de esta magnitud atender la vida, la alimentación, la vivienda de los afectados aparece como urgencia de una manera muy clara. Sin embargo, los organismos de ayuda humanitaria han priorizado también el financiamiento en la salud mental, ¿por qué?
Lo primero que hay que aclarar es que la salud mental no compite con esas necesidades básicas; más bien, es interdependiente con ellas. Si una persona sufre daños en su vivienda y logramos repararla físicamente, pero sigue con miedo, con alteraciones en el sueño, en el estado de ánimo y con un estrés crónico, el problema no está resuelto.
Hay heridas materiales que son muy visibles, pero la afectación en el estado emocional puede durar meses o años. Además, a diferencia de la ayuda alimentaria, donde muchas personas pueden colaborar de forma generalizada, la atención en salud mental requiere servicios especializados que justifican la canalización de recursos específicos.
Si no atendemos el plano emocional, de nada sirve tener un refugio si las personas están en conflicto constante por el estrés. Vemos casos donde un adolescente, aun teniendo acceso a la comida, no come porque afectivamente hay procesos muy fuertes que procesar. Del mismo modo, la niñez y la adolescencia pueden quedar imposibilitadas para dormir o, cuando llegue el momento, para escolarizarse debido a la angustia de no poder separarse de sus padres. Por eso es indispensable atajar síntomas depresivos, ideación suicida y otras afectaciones que van mucho más allá de lo puramente material.
¿Por qué es importante la salud mental de los niños, niñas y adolescentes?
Puede ser que perdieran muchas cosas, que haya mucho malestar, pero serán los recursos personales y cómo están vinculados a la familia, a la escuela o a sus compañeros lo que los va a ayudar a sobrellevar o sobrepasar esas situaciones. Pueden surgir algunos efectos a futuro, algún trauma, algunas situaciones en las que se sientan desesperados, angustiados o ansiosos y puede que no todas las respuestas estén en casa, sino que sus padres y cuidadores busquen algún tipo de apoyo. Los terremotos también movieron los sentimientos y los vínculos de los niños, niñas y adolescentes. Debemos prestarle atención a cómo se sienten y en qué punto necesitan apoyo profesional o qué la familia haga algo a través del afecto, del cariño y de la comprensión para que se vayan sintiendo mejor.
Teniendo esto en cuenta, ¿cómo debe ser concretamente la intervención en salud mental en un escenario de esta naturaleza?
Tiene que ser una respuesta variada y adaptada al momento que vive cada persona. En una primera fase se recurre a los primeros auxilios psicológicos, que no necesariamente implican a un terapeuta, sino a personal formado para estabilizar y orientar.
Sin embargo, cuando la emergencia se prolonga y las personas pierden sus casas, sus familiares o sus pertenencias, los primeros auxilios se quedan cortos y se requiere un seguimiento sostenido.
Estamos hablando de actividades grupales en espacios para la niñez donde el juego funcione como una herramienta para elaborar el trauma, hablar de sus emociones y comunicarse; y/o fomentar dinámicas familiares reparadoras como actividades en casa (lectura de cuentos o el dibujo), que refuercen el vínculo y la sensación de seguridad.
Por supuesto, también implica intervenciones clínicas escalonadas: desde una sola entrevista que ayude a la persona a comprender que su reacción es normal ante un evento trágico, hasta seguimientos profundos. Esto puede incluir, cuando las áreas de la vida como el sueño o los vínculos están muy alteradas, atención psiquiátrica y medicación —superando el recelo o tabú que a veces se le tiene—.
¿Cuáles son los principales impactos, efectos o consecuencias de estas experiencias traumáticas?
Lo que hace traumático al evento también tiene que ver con quien lo vive; es decir, si lo registra como tal o no y eso depende de muchísimas cosas. Aclaremos que un evento no siempre va a causar un trauma. Cuando psicológicamente hablamos de un trauma nos referimos a algo que sobrepasa los recursos personales. Pero, en algunos niños, niñas o adolescentes lo que vamos a ver son estados de ansiedad o angustia, respuestas esperadas para quienes viven situaciones sísmicas. Hay que tratar de cuidar ese tema de los diagnósticos.
Puede ser que un niño se vea afectado porque perdió un familiar, su cuarto, su casa; pero para otro el que haya perdido su juguete favorito le genera un gran malestar, porque dentro de su psiquis eso tenía un lugar.
También podemos encontrarnos con respuestas tardías. Por ejemplo, un niño que no mostró ningún cambio en su conducta durante vacaciones, pero cuando se retoma el año escolar no quiere ir al colegio; quizás ahí vemos que hay áreas de la vida que se pusieron en pausa a partir de estos sucesos trágicos y puede ser un indicador de que esta situación le sobrepasó.
Algunos niños, niñas y adolescentes pueden llegar a sentir temor de que sus padres, madres y cuidadores se vayan; aunque ya hayan pasado semanas, meses o incluso años. Cuando lo manifieste, puede ser que esté poniendo en palabras una angustia que siempre estuvo ahí, pero que no había podido ser expresada. En esos casos, es importante que los adultos entiendan que no es que hicieron algo mal o que pasó algo malo, lo importante es que puedan buscar apoyo.
Puede ser que algunos estén por un tiempo sin registrar que esto les afectó y está bien, no todos tienen los mismos tiempos. Quizás algunos padres se pregunten en unos años cómo es que ahora me está diciendo que siente miedo o angustia. No siempre va a ocurrir en el presente, puede despertarse luego en el momento en el que ocurren situaciones disparadoras en sus vidas, porque eso queda desplazado.
¿Cómo pueden identificarse los impactos de este tipo de experiencia y cómo se pueden acompañar?
Quizás si notamos que vuelven a hacer cosas que ya habían superado, como miedo a dormir solos, temor a que mamá o papá se vayan o chuparse el dedo.
No hay que obligarlos a que actúen distinto, simplemente debemos acompañarlos y ver cómo lo va atravesando. Es posible que en este momento sí sea necesario que duerman juntos o que mamá o papá les digan que los van a llamar cada cierto tiempo para que ellos se sientan más seguros. Es posible que tengan algunas dificultades de atención o para generar vínculos. Lo importante es acompañarlos, decirles lo que vemos en ellos y hacerles saber que es normal que todavía sientan miedo, porque fue algo que ocurre pocas veces en la vida y ante lo cual no hay ningún tipo de control.
¿No logramos detectar alguna afectación? Los dibujos y momentos de juegos son una buena estrategia con los niños y niñas; y, con los adolescentes, darles información clara, hacerles saber que tienen una familia para acompañarlos y asumir las cosas como realmente ocurrieron.
¿Cómo pueden repercutir estos nuevos escenarios para niños, niñas y adolescentes (pérdida de viviendas, hogares, familiares, amistades y de rutinas)?
Algunas consecuencias las iremos conociendo poco a poco. Las familias venezolanas han vivido distintos tipos de estrés y muchos momentos de incertidumbre; por lo tanto, es importante ver que no están reaccionando a un solo factor de estrés, sino al hecho de haberse recuperado de algo para volver a afrontar una nueva situación.
Las pérdidas generan una serie de reacciones en los niños, niñas y adolescentes, que pueden ser de negación, furia o de tristeza. También habrá casos de quienes puedan integrar esa parte de su historia de vida y expresarla.
En cualquiera de los casos, es importante que existan espacios para que ellos puedan tomar decisiones, decir qué quieren y qué no quieren, y que puedan retomar esas posiciones que perdieron momentáneamente.
¿Qué significa para un niño, niña o adolescente el cambio de entorno tras los terremotos?
Hay que ver en qué ponen el foco ellos, quizás alguno diga que al menos está en una casa o quizás tenga todavía en mente su hogar en La Guaira o Caracas. Es muy importante hablar con ellos sobre cómo podría ser la adaptación ante esta nueva realidad que puede durar semanas o años. Pueden contarles en la medida de lo posible hacia dónde van, cómo es el lugar donde llegarán y qué pueden esperarse de ese lugar sin fantasear. Quizás en esos espacios también descubran personas que les pueden caer bien, generar vínculos y ver a familiares. La cooperación, la ayuda, darse una mano dentro de situaciones complejas puede ser muy favorable a futuro, más allá de las consecuencias difíciles de este momento.
¿Existen secuelas o impactos que pueden durar meses o años?
Sí y va a depender de los recursos (como capacidades, redes de apoyo y vínculos) que tenga el niño, niña o adolescente para afrontar estas situaciones y sus historias de vida que en muchos casos pueden ser muy complejas. Si no hay un espacio donde puedan jugar, dibujar o hablarlo con alguien puede ser que tenga efectos a futuro y en distintas áreas. Quizás la angustia que pueda sentir un niño que perdió su casa, algún familiar o un objeto le afecte en el colegio y si en la institución no son flexibles puede obstruir la parte académica. Incluso las relaciones personales se verían afectadas.
¿Existen diferencias entre los niños, niñas y adolescentes que reciben atención en materia de salud mental en estos casos y quienes no?
Sí, al menos genera un espacio distinto, justo porque quizás mamá, papá o la persona cuidadora se siente abrumada, triste o sola y en este momento no puede generar tanta contención a su hijo. Es muy importante ir con un profesional dispuesto a escucharlo y apoyarlo para volver a entrar en contacto con sus propios recursos, empezar a procesar la pérdida. Hay que darles un espacio para generar alivio y forma a lo que están viviendo, qué es lo que quieren hacer, cómo quieren estar o cómo pueden protegerse.
¿Y qué pasa con la salud mental de los niños, niños y adolescentes que no se vieron directamente afectados por los terremotos?
Hay muchas angustias que los niños, niñas y adolescentes están viviendo de forma indirecta. En ese sentido, podemos partir desde la prevención; por ejemplo, que el adulto cuidador pueda partir de la curiosidad: preguntar si algo les genera angustia o incertidumbre. Con esa información podemos ver qué sienten y cómo acompañamos.
Tengamos en cuenta que el modelaje de los adultos es fundamental en el desarrollo. Si los padres han estado muy pendientes de las noticias y el hijo los escucha o ve videos en su dispositivo, esto puede tener impacto directo porque no están preparados para estar expuestos a esta sobre información. Lo ideal es que el consumo de redes sociales se haga a parte del espacio que se comparte con los niños, niñas y adolescentes. No se trata de ocultarles o negarles la información, pero sí de tomar reservas y luego comentarles.
También debemos hablar de otras realidades que hemos visto en consulta y que son poco visibles: los hogares receptores y el cambio en sus dinámicas. Hablamos de aquellas familias que reciben a sus parientes o amigos damnificados. En este contexto, la alteración de rutinas y relaciones puede generar conflictos. Por ejemplo, si a un niño, niña o adolescente le quitan su cuarto para que esté otra persona allí, aún si es parte de la familia conocida.
¿Qué podemos hacer? Hablarlo con ellos. Hacerles ver la situación que atraviesa el grupo familiar y que es una forma de ayudarles. Darles información de quiénes serán las personas que compartan el espacio y recalcar que deben pueden decir si se sienten incómodos, que pueden preguntar libremente y decir cómo quieren apoyar. Involucrarles de esta manera, ayuda a disminuir la resistencia, pues se les hace partícipes activamente en la solución familiar. Es importante recordarles que no va a ser perfecto y que va a haber varias emociones. Por esa razón, debemos recordar como adultos que no hay que obligarles a que tengan gestos ni a que sean cariñosos con quienes no quieran.
¿Qué considera que se debe hacer en materia de salud mental en el hogar?
Lo primero es el autocuidado. Se deben ubicar espacios para pensar en algo más, en donde los miembros de la familia no se sientan culpables por distraerse un momento y cuidar de sí mismos.
Retomar rutinas, por ejemplo, las comidas, la higiene y otras actividades que les guste: ir al parque, hacer mercado, ver películas en el hogar. Devolver certezas en medio de la incertidumbre trae tranquilidad.
Pero, ahora más que nunca, es necesario el rol Estado venezolano, para sostener a las familias afectadas. Se debe facilitar el acceso a centros de salud mental y capacitar al personal para garantizar la atención de calidad a niños, niñas y adolescentes en diferentes situaciones.
Francisco Rincón
Corresponsal de la Agencia de Periodistas Amigos de la Niñez y la Adolescencia en Zulia.
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