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Los abuelos de San Félix: dos familias reconstruyen un nuevo hogar lejos de La Guaira

Bolívar.- Desde el patio de tierra de Argelia Chávez se escucha un bullicio de voces nuevas para la calle Páez del sector Nueva Jerusalén de San Félix, en Ciudad Guayana. 

Argelia tiene 7 hijos y es abuela de 13 niños, pero antes de los terremotos del 24 de junio vivía únicamente con su esposo y dos hijos. Hoy su hogar es el refugio de siete de sus nietos y nietas, quienes llegaron de La Guaira tras sobrevivir al desastre.

La tarde de la tragedia, uno de los hijos de Argelia hablaba por teléfono con un hermano residenciado en el litoral. Este advirtió: «Chamo, está temblando». Inmediatamente después, la comunicación colapsó.

«Nos quedamos preocupados porque llamábamos y no teníamos respuesta», relata Argelia. «Doce de la noche, la una… y no sabíamos nada de ellos. Empezamos a ver videos por TikTok de los edificios derrumbados… Mi hijo vio un video donde se derrumbaron unos edificios en Caribe, que estaban justamente donde vivía mi hija. Eso nos alertó más. La tragedia estaba ahí».

A las 2:00 de la mañana, tras horas de angustia, lograron recibir una llamada de su hija Soraida. Estaba en shock:

«Me llamó en una crisis de nervios horrible. Ella decía ‘estamos vivos, estamos vivos’ y no decía más nada. Me hacía preguntas llorando, desesperada, porque no sabía de sus otros hermanos que estaban en Los Corales. Tuve que hablarle un poquito fuerte para que reaccionara y se calmó un poco».

Durante el caos provocado por los sismos, Soraida escapó resguardando a dos niños vecinos que se encontraban desorientados y heridos. Los llevó consigo hasta Ciudad Caribia y, posteriormente, a una escuela habilitada como refugio en Petare, a 30 kilómetros de allí. Uno de esos niños llegó al refugio con una fisura en la rodilla. Argelia dijo que su hija los protegió hasta que sus padres lograron localizarlos y recuperarlos.

Mientras tanto, en Los Corales, sus hermanos Eduard y Luis José lograron huir con sus hijos y se refugiaron en una iglesia. Decían que las paredes del edificio en el que vivían, el Marejada, explotaron por la fuerza del movimiento aquella tarde. 

Al confirmarse dónde estaba la familia, el esposo de Argelia y los dos hijos que vivían con ellos en Bolívar decidieron viajar hasta La Guaira. Tomaron un autobús hacia el Terminal de Oriente y desde allí, pidiendo a desconocidos en la ruta que les llevaran con ellos, lograron sortear el acceso restringido a la zona de desastre y finalmente reencontrarse.

El reencuentro y las heridas invisibles

Los niños subieron a un taxi con su abuelo y su tío desde Los Corales. La familia deseaba llevarlos cuanto antes a un lugar seguro. Se despidieron de sus papás, quienes decidieron quedarse en La Guaira para saber qué iba a pasar de ahora en más con sus viviendas, y partieron hacia Ciudad Guayana en un trayecto de casi 10 horas.

Argelia no veía a sus nietos en persona desde diciembre de 2025, cuando viajó a Caracas. El momento en el que el carro finalmente se detuvo frente a su casa en San Félix quedó grabado en su memoria como un milagro. «¿Qué puedo sentir yo? Alegría, gozo, paz, tranquilidad. Llegó el taxi, se empezaron a bajar uno por uno, salieron corriendo y me abrazaron… eso para mí fue bastante emotivo. Veía por las redes sociales personas llorando buscando a sus hijos, buscando a sus nietos… la misericordia de Dios con los míos fue grande porque los vi llegar aquí». 

Los niños habían perdido todo bajo los escombros y vestían únicamente los shorcitos que llevaban puestos el día de la tragedia. Además de la falta de ropa, el retorno reveló el impacto físico y mental de la catástrofe. Uno de los niños sufrió una dolorosa lesión en la rodilla, tras quedar aprisionado por un pedazo de pared cuando huía del segundo piso del edificio Marejada en Los Corales.

“Él me decía: ‘Abuela, yo veía que la gente corría y nadie me quitaba ese pedazo. Como pude me lo quité solito y salí'». Otro de los niños se raspó el rostro al caerse del porche de su vivienda. 

Pero son las secuelas emocionales las que han sido más difíciles de sanar en la cotidianidad de San Félix:

«Ellos llegaron aquí y no hablaban de otra cosa (los terremotos). Las conversaciones entre ellos eran sobre eso. Me hablaban de noche y yo tenía que pararme y decirles: ‘Ey, estás aquí, papi, tú puedes’, hasta que se dormían. A otros se le olvidaban mucho las cosas. Uno les mandaba a buscar una cosa y traían otra”. 

Dice Argelia que reciben terapia para sanar poco a poco.

La nueva cotidianidad entre la precariedad

La logística de esta familia extendida representa un reto. La vivienda cuenta con un solo baño, lo que exige establecer turnos estrictos y presionar a los más jóvenes para agilizar el aseo diario:

«Hay que hacer turnos, se agarra lista. Yo tengo que estar primero: ‘Mira, fulanita, anda, báñate tú primero. Muévanse, que ya miren la hora que es’. Hay una que se tarda como casi una hora en el baño, con el teléfono: ‘Mira, movilízate’. Hay otros que no quieren bañarse… pero le buscamos la solución rápido».

El hacinamiento viene acompañado por las pertenencias que pudieron recoger y que apenas encuentran un lugar. En una pequeña habitación de paredes rústicas, un estante de madera improvisado sostiene la poca ropa apilada de los niños, justo al lado de una cama abarrotada de cobijas azules. En la cocina, las porciones también cambiaron de forma drástica para la abuela:

«El alimento lo suministro yo, que soy la que cocino. Hago mi perola para todos: una gran pota de arroz. Antes cocinábamos medio kilo de pasta, ahora cocino un kilo de arroz, un kilo de pasta y medio kilo de arroz extra… Me dicen: ‘¡Ay, abuela, cocinas bastante!’… Es que hay hambre».

A pesar del colapso del espacio y de la rutina de convivir nuevamente con niños, Argelia respira hondo y busca la calma en la intimidad de su habitación:

«A veces me estreso. Pero yo me meto al cuarto, suspiro y digo: ‘¿Qué pasa? Otras abuelas están llorando a sus nietos… bienaventurada eres porque los tienes aquí’. Y yo suspiro’».

La comunidad ha respondido como puede. En la parroquia los caminos todavía son de tierra y el agua llega con fallas. El padre Carlos, párroco local, ha estado dirigiendo la ayuda. Un grupo de mujeres realizó un censo para diagnosticar las necesidades de Argelia que, desde entonces, recibe algunas comidas preparadas. Las cuatro nietas, de 9, 11, 12 y 14 años, pidieron al llegar insumos de higiene personal porque debían compartir desde el jabón hasta el desodorante con sus primos y hermanos varones. 

Necesidades urgentes frente a promesas institucionales

Aunque instituciones del Estado, como la Gobernación y el Consejo de Protección de Niños, Niñas y Adolescentes (que llaman “la Lopnna”), han brindado apoyo legal, atención pediátrica y han prometido donar bloques para la construcción de nuevos cuartos, las carencias del día a día asfixian a la familia. Argelia solicita, con mucha humildad, donaciones concretas y urgentes que no queden en el aire:

«Nosotros queremos lo concreto, que no quede en promesas. Hacen falta extensiones eléctricas, hacen falta empalmes, hacen falta bombillos. Esto no estaba en mis planes”. Argelia piensa en las necesidades de requerimientos eléctricos porque el calor en Ciudad Guayana es extremo. Hay ventiladores, pero no suficientes enchufes, y la situación empeora los ánimos. 

El servicio de agua no es constante en el sector y Argelia necesitaba un tanque para almacenarla. Mientras esperaba un donativo, acumuló por años el agua en una nevera vieja en el patio. También soñaba con un televisor para el entretenimiento de los niños. La organización Rotary Salto Ángel ayudó a la familia y envió la donación para el Día del Niño, el sábado 18 de julio. 

Mientras sus hijos adultos en La Guaira pernoctan temporalmente en carpas y refugios tras perder las casas en las que habitaron durante 19 años, los tíos de los niños se esfuerzan en hacerles olvidar la tragedia en San Félix, llevándolos a la calle a jugar fútbol. Los han inscrito a un club deportivo para mantenerlos activos.

Argelia se aferra a su espiritualidad para sostener el peso de los cuidados: «Me aferro a mi Dios. Ningún ser humano sobre esta Tierra me puede dar fuerzas… Yo doblo las rodillas ante nuestro Dios y Él provee. Muchas veces aparecen personas que yo no conozco, no sé de dónde vienen, y nos traen algunos aportes”. 

Otra familia, una historia similar 

A pocos kilómetros de allí, en la manzana 303 del sector Brisa del Paraíso, la historia de resiliencia se repite: son otros rostros con la misma urgencia. En este rincón de San Félix, Fernando Gutiérrez abrió las puertas de su hogar para cobijar a tres de sus nietos de entre 9 y 13 años. Para ellos, el viaje no fue una huida de los escombros físicos, sino un escape del pánico constante de una Caracas que parecía no dejar de agitarse.

A diferencia de lo ocurrido en Los Corales, la vivienda de esta familia en la capital resistió, aunque las severas grietas en sus paredes sembraron un temor difícil de reparar. El verdadero detonante del traslado fue el impacto psicológico: el miedo paralizante de los niños ante las réplicas interminables.

La menor de las nietas le imploró a su mamá: “Busca la manera de comprar algo aquí (en San Félix)”.

Multiplicar los panes en la vejez

Para Fernando y su esposa asumir la crianza en condiciones adversas no es un territorio inexplorado. En su pequeña vivienda ya criaban a otra nieta, cuya madre falleció trágicamente por inmersión hace tres años y cuyo padre emigró a Chile. 

“¿Qué vamos a hacer? Yo mismo me levanto temprano a hacerles la arepa. Lo importante es que están vivos y están aquí con nosotros. Esa es la mejor felicidad”, relata Fernando con una mezcla de resignación y genuino alivio.

A pesar de los años y el desgaste, Fernando no se detiene. Trabaja activamente como vigilante privado bajo contratos temporales, mientras su esposa labora en la cocina de una escuela local, un empleo que les permite estirar el presupuesto y conseguir algo de sustento y ropa para sus nietos.

Desde que llegó a la región en 1989, la vida de este abuelo ha sido un constante puente de esfuerzo entre Caracas y Guayana. Hoy, con la mirada fija en el bienestar de los suyos, tiene claro que la mayor urgencia es asegurar una vivienda digna y propia para sus nietos. Mientras tanto, en los Valles del Tuy, los otros tres hijos de su segunda hija han sido acogidos por sus otros abuelos, tejiendo una inquebrantable red de solidaridad familiar.

Pableysa Ostos

Pableysa Ostos

Corresponsal de la Agencia de Periodistas Amigos de la Niñez y la Adolescencia en Bolívar.

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