En medio de un corredor de planta baja, de esos que son muy comunes en los edificios de la década de los 80 en Venezuela, un niño juega con su monopatín de luces y recibe el saludo de los vecinos. Tiene 6 años. Viste una pijama de caricaturas y botas plásticas. Su espontaneidad es notable, al igual que su curiosidad, irreverencia y su gusto por la música. Es de esos niños a quienes les cuesta despertarse temprano para ir a clases, pero cuando ya está en la escuela se desenvuelve con facilidad y alegría.
Su hermano mayor, de 16 años, es apasionado de la robótica y la programación. Su mamá es publicista y chef profesional y su padre es Raúl Hirsey Amiel Hevia, publicista y masoterapeuta, detenido arbitrariamente el lunes 5 de mayo de 2025 en su residencia.
El niño recuerda bien esa noche: “Bajaron mi hermano y mi papá a abrirle la puerta a mi mamá y yo me quedé viendo una película, hasta que escuché los gritos. Entonces me vestí, fui abajo y vi que se estaban robando a papi. Entonces me puse muy triste a llorar. Le estaban dando golpes y golpes y le pusieron una pistola en la cabeza. No le dispararon. Terminaron montándolo en una camioneta y se lo llevaron. A mi hermano le enterraron una llave en la mano”.
La esposa de Raúl se recuperaba en aquel entonces de una operación de histerectomía, tras el hallazgo de células cancerosas. Recuerda que su hijo de 6 años también vio cómo la agredieron esa noche: “Golpearon mi cabeza contra la pared y me decían, ¡quédate quieta, quédate quieta! y yo no paraba de moverme. Mi otro hijo (el mayor) jaló al hombre para quitármelo de encima y este hombre volteó y le golpeó la cara, a nivel del labio y de la nariz. Yo gritaba que lo soltara, que es menor de edad, que es autista”.
Pidió reiteradamente a sus agresores que dijeran quiénes eran, “que mostraran una orden”, que explicaran lo que estaban haciendo. “Absolutamente ninguno me dijo nada”. A pesar de que no se identificaron con ningún cuerpo de la fuerza pública y que sólo les dijeron que eran “funcionarios”, la esposa de Raúl pudo ver que uno de ellos llevaba un chaleco con las siglas SEBIN, acrónimo de Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional.
Un tío de los niños visitó la sede del organismo policial en San Cristóbal, pero negaron su responsabilidad en la detención de Raúl y le recomendaron ir a otras instituciones policiales. La respuesta fue la misma.
Raúl fue imputado por tres delitos: terrorismo, traición a la patria y asociación para delinquir. Primero, fue llevado al Helicoide, donde la familia solo podía ir para llevar paquetería y nunca les dejaron verlo. Luego, fue trasladado a la cárcel de Yare III. Hace una semana, el 22 de febrero de 2026, el tachirense fue excarcelado en medio de un proceso de liberaciones tras la aprobación de la Ley de Amnistía.
Papá es, para el niño de 6 años, un hombre con corazón grande en forma de acordeón.
El juego que se detuvo
Al llegar de la escuela, Raúl siempre jugaba con su hijo al “Chichoaraña”, cargándolo para que pudiera subir a las paredes como el Hombre Araña. Así lo relató el niño con emoción, explicando a la vez que en su hogar lo llaman con cariño “Chicho”. Era un juego que extrañaba todos los días. La alegría también se apagó por las noches. Su madre decía que Chico era otro desde que se llevaron a Raúl: “Mi niño pequeño nunca se hacía pipí en la cama, nunca había tenido un episodio de sobresalto nocturno, nunca se había parado llorando. Ahora tiene esos problemas”.
El verdadero superpoder de Chichoaraña era ser extrovertido: “Él atendía a la gente que llegaba al negocio (un pequeño emprendimiento que tenía la familia). Salía a vender aunque no sabía ni hablar, pero él mostraba las cosas. Agarraba a la gente de la mano y la llevaba hasta donde estaba la mesa principal con la exhibición”. Después de la detención de su padre dejó de acercarse a los desconocidos.
Un día el niño dibujó a su familia en Navidad. “Ahí están regalitos, mavalinas (bambalinas), el arbolito, la estrella… Y nosotros, los tres. Yo, mamá y mi hermano”. Raúl no aparece en la escena y su ausencia no solo se nota en el papel. Le dijo en reiteradas ocasiones a su madre que no recordaba la voz de su padre. A él lo dibuja aparte, con un corazón en forma de acordeón y la frase “Papá te amo”.
El niño de 6 años dibuja a la familia sin su padre desde que este fue detenido.
El primer paso es seguir
El hijo mayor de Raúl es representante de su colegio en robótica y opera la impresora 3D de la institución. Diseñó un modelo en escala 3D de una mano que servirá de prótesis para un compañero de clases que perdió su brazo y están a la espera de financiamiento para adquirir los materiales e imprimir el prototipo. Su filosofía es: “Pase lo que pase, solamente tienes que hacer una cosa en la vida. Avanzar. A veces no vas a saber a dónde, a veces no vas a saber para qué, pero el primer paso está en dar un paso en sí”.
Para el adolescente, el día a día sin su padre era “algo desgastante”: “Es tan complicado sin él… Desde el transporte y la comida, hasta la compañía”. Su madre trabaja, pero el ingreso es insuficiente. La ausencia del padre hizo que los gastos fueran para el hijo mayor inevitablemente un tema a resolver. Pensaba, por ejemplo, en su colegio: se deben dar aportes para varias actividades, como la graduación y la elección de la candidata de su grado en el Carnaval. Su mamá le enseñó a elaborar bombones y con autorización del colegio los vende en sus espacios para mitigar pequeños gastos.
Para el adolescente, la justicia y el rencor no son conceptos de libro. Tienen una definición clara, como sus diseños en 3D. Justicia es “que nos devuelvan a mi padre”. No sentir rencor es “no vivir con este odio constante o con la intención de vengar, sino con la idea de que no se vuelva a repetir”.
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Tareas pendientes del sistema
Entre los compañeros del colegio no fue un secreto lo ocurrido con su padre y en ocasiones el adolescente debió escuchar comentarios hirientes. En una ocasión, en la que el concepto de familia era el tema central de la clase, el adolescente defendió a su mejor amigo en la discusión y también recibió un ataque. Llegó a casa llorando. La esposa de Raúl recuerda lo que el mayor contó ese día: “Mamá, le dije que mi papá está preso, pero que era injusto porque mi papá no había hecho nada. Mi papá es inocente. Ese niño me dijo que si eso era verdad por qué no lo habían soltado ya”.
A Chicho, el hijo menor, le gusta leer, escribir y dibujar. Pero después de la detención arbitraria de su padre asistir con regularidad a la escuela se convirtió en una tarea cuesta arriba. Su madre viajaba hasta el estado Miranda, a la cárcel de Yare III, para llevar agua, comida, ropa e insumos de higiene personal. Podía pasar hasta 8 o 9 días fuera de casa. Chicho quedaba al cuidado de su abuela y ella no podía llevarlo a la escuela. La situación generó tensión entre la institución y la madre. La defensora de la niñez en el plantel la acusó de ser “negligente” y la amenazó con llevarla a fiscalía si el niño faltaba de nuevo a clases. “A ella no le importaban las circunstancias o las situaciones que estuviéramos pasando”.
Un cambio drástico en la receta
Mientras se recuperaba de su operación, la esposa de Raúl impartía cursos para preparar embutidos, charcutería y quesos, pizzas y comida italiana y daba talleres exprés para emprendedores. Todo quedó desplazado por la supervivencia, con un presupuesto que se estiraba como una liga a punto de romperse. Debía cubrir los gastos de la medicina de su hijo mayor, el pago del colegio, las necesidades del hijo menor, el mercado, los viajes para visitar a Raúl y los insumos que le dejaba. También debía comprar el tratamiento para su recuperación y para sanar, además, las lesiones que había sufrido en la violenta detención de su esposo.
Su salud, sin embargo, quedó en un segundo plano ante el abanico de cosas por resolver. La familia se había adaptado a una dinámica, interrumpida repentinamente: Raúl siempre estaba en casa, dedicado a su trabajo remoto y al cuidado de sus hijos.
En una red de apoyo los ingredientes nunca sobran y en este caso los familiares más cercanos, así como algunos vecinos y amigos, aportaron a la receta. Sin embargo, casi siempre quedaba incompleta.
El caso
En una rueda de prensa el 28 de mayo de 2025, Diosdado Cabello, Ministro de Interior y Justicia, mostró un esquema con fotografías en el que aparecía el nombre de Raúl Hirsey Amiel Hevia junto al de Enrique Martínez y el abogado Eduardo Torres, miembro de la ONG Provea, y el político opositor Juan Pablo Guanipa, estos últimos recientemente excarcelados.
La única conexión con los involucrados en la acusación era de parentesco: es el hijo de José Raúl Amiel, el comunicador conocido como el Santa Claus de Caracas y con quien vivió hasta sus 3 años de edad. Este fue detenido por este caso y luego excarcelado con una medida de arresto domiciliario.
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Chichoaraña vuelve a saltar
Chicho solía escribir cartas a su papá y luego jugar Plantas Vs. Zombis. Quería ser un experto y demostrárselo a Raúl en su regreso.
En la mesa del comedor donde una silla permaneció vacía por 9 meses, se planeó la llegada de un papá, del esposo, de Raúl. Antes de guardar la patineta e irse a cenar, Chicho imaginaba y contaba con entusiasmo la fiesta de bienvenida, con mucha música, en la que sonaría su banda favorita, Rawayana, y también canciones como Tu falta de querer de Mon Laferte. La decoración también estaba pensada: “habrá globos, regalitos, lazos de regalo encima de la computadora, el televisor y cosas bonitas”.
Raúl finalmente fue excarcelado el domingo 22 de febrero de 2026. Al conocer la noticia, su esposa viajó ese mismo día desde el estado Táchira hasta Miranda, para encontrarse con él. Después de un viaje de más de 780 kilómetros, llegaron juntos a su hogar el sábado 28 de febrero en San Cristóbal.
Capturas del video compartido en las redes de medios tachirenses.
Sus hijos fueron sorprendidos por el abrazo de su padre al entrar en su habitación. No fue necesaria decoración ni música. El espacio combinó en armonía los sentimientos encontrados de una familia que no dejó de anhelar ese momento. En un video compartido por varios medios tachirenses, se ve de nuevo a Chichoaraña explorando las alturas junto a su papá, confiando en que la red que lo sostiene (y que sostiene a ambos) no dejará que los vuelvan a separar.
Keyler Guillén
Corresponsal de la Agencia de Periodistas Amigos de la Niñez y la Adolescencia en Táchira.
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