La Guaira.- El 2 de abril, Eider Mayora y Gabriel Mayora, de 9 años, dibujaron, una vez más, cómo debería de ser su casa. Las hojas blancas son el terreno edificable donde los creyones elevan paredes, ponen techos y dan color a las habitaciones. Cada trazo reflejó los sueños de un hogar diseñado a la medida de sus ilusiones.
—¡Mamá!, yo estoy seguro que así será nuestra casa — le dijo Gabriel señalando el dibujo una vez terminado.
—¡Qué bella!, hijo — le comentó Cira González.
—Acá vamos a vivir todos, mami.
—Claro, mi amor. Pero es una casa muy grande.
—Lo sé, pero todos vamos a tener nuestro propio cuarto. Habrá tanto espacio que tu sola no podrás limpiar la casa de lo grande que será. Pero puedes estar tranquila, mi hermano y yo te ayudaremos. No te preocupes — concluyó Gabriel con una gran sonrisa.
Eider apoyó la idea de Gabriel. Sin embargo, para él hay ciertos detalles a tener en cuenta cuando piensa, dibuja y habla de lo que quisiera tener en su nueva casa. Debe estar rodeada de árboles frutales, tener una terraza, poseer dos niveles y contar con una piscina para los días calurosos en La Guaira. Así la diseñó en su dibujo.
Dibujo de Eider.
Cira dobló ambos dibujos y los guardó en una carpeta. Esa noche le fue imposible no recordar lo vivido la madrugada del 3 de enero e incidentes posteriores como consecuencia de ese día.
El 18 de marzo, más de 500 personas celebraban en un concierto en la Cinta Costera Paseo La Marina, en Catia La Mar, la victoria de Venezuela en el Clásico Mundial de Béisbol. Sin embargo, a unos 400 metros, en una pequeña casa, había miedo. Mucho miedo.
Eider no podía dormir. La música y el escándalo de aquella multitudinaria aglomeración le recordó lo sucedido el 3 de enero, cuando él, su hermano y su mamá se quedaron sin hogar debido al bombardeo militar de Estados Unidos, pues la edificación en la que residían colapsó parcialmente producto a las ondas expansivas de las explosiones en la Meseta de Mamo.
“Fue difícil que se volviera a dormir. Estuve durante la noche y parte de la madrugada con él. Las horas transcurrieron entre conversaciones, uso del celular y juegos de mesa. Fue lo único que se me ocurrió hacer para que tuviera la mente ocupada y no pensara tanto en lo que le producía el ruido exterior”, comentó Cira.
Bajo una nueva dinámica
Ya han transcurrido cuatro meses desde que Eider y Gabriel se vieron obligados a cambiar y ajustar su dinámica diaria: nuevo hogar, menos espacio, poca privacidad y más limitaciones en la casa que comparten con otros familiares, en Catia La Mar. Mientras que ellos intentan adaptarse, su madre sigue buscando la manera de brindarles una mejor calidad de vida, aunque sin ayuda del Estado.
Dibujo de Gabriel.
El 24 de febrero, en el bloque 12 de la urbanización Rómulo Gallegos, en Catia La Mar, 14 familias de los 16 apartamentos que conforman la edificación volvieron a cruzar la puerta de sus hogares ya rehabilitados. Solo faltaron dos. La tía de Cira, que falleció la madrugada del 3 de enero, y la familia Mayora González. La propietaria del apartamento no les permitió regresar al inmueble en el que vivieron por un año y dos meses.
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“Aunque tuve varios encuentros con el ministro de Vivienda, el Gobernador y el Alcalde, jamás recibí una respuesta alentadora sobre alguna ayuda que pudiera solventar la falta de vivienda para mi familia. Me dijeron que de momento no contaban con recursos económicos ni viviendas disponibles para una adjudicación”.
Los niños y su madre están alojados en una pequeña casa de la tía fallecida de Cira. Ahí comparten el dormitorio con otros dos familiares. Aunque Cira quisiera brindarles un mejor espacio a sus hijos no puede, está desempleada desde 2019, y el padre de los niños migró hace menos de un año a España y, por ahora, no tiene un ingreso estable que le permita ayudar de manera regular a su familia.
Un Estado sin respuesta ni acciones oportunas
Para Argelia Escalona, trabajadora social y parte del Servicio de Atención Psicológica “Crecer Sin Violencia” de Cecodap, es obligación del Estado la reubicación de la familia a un lugar seguro, teniendo en consideración el malestar emocional de los niños y cuidadores ante la situación.
“Cuando ocurren hechos de esta magnitud es necesario que las familias cuenten con el apoyo de un equipo multidisciplinario. Un psicólogo, para atender las afectaciones emocionales del grupo familiar. Un trabajador social, para tener claro el acompañamiento y los pasos a seguir para gestionar una salida segura y, finalmente, un abogado, que le brinde orientaciones legales de cómo actuar frente a los derechos y deberes que tienen según el daño ocasionado y las solicitudes a realizar”.
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Sin respuesta del Estado ni apoyo especializado, los hermanos Mayora y su mamá recurren a sus redes de apoyo más cercanas y constantes: familiares, amigos y el equipo de El Sistema de Orquestas y Coros Infantiles y Juveniles de La Guaira, institución en la que los niños hacen vida artística.
Argelia parte de la premisa que es necesario entender que tanto el Estado como los afectados deben tener una participación activa en todo momento, de esa manera se podrán canalizar soluciones rápidas a las necesidades requeridas por la familia.
“Todas las evidencias son indispensables y de vital importancia para atender la necesidad. Es pertinente que a nivel regional se haya diseñado un plan de emergencia para atender las necesidades de las familias afectadas, teniendo en cuenta que el deber siempre deberá estar orientado en cuidar y proteger a la familia”.
La afectación persiste
El 28 de enero, la Comisión Permanente de las Familias, la Libertad de Religión y de Cultos analizó el impacto de la agresión militar del 3 de enero en la salud mental de niños, niñas y adolescentes. El foro, liderado por el diputado Jorge Arreaza, ordenó la creación de mecanismos legales y sociales que garantizaran la protección de la salud mental de la niñez y la adolescencia en el país. Sin embargo, nada ha ocurrido desde entonces.
“Es muy probable que toda la familia, pero, sobre todo, Eider, se encuentre bajo el trastorno de estrés postraumático, ya que ruidos externos generan recuerdos intrusivos de lo vivido la madrugada del 3 de enero. Es decir, hablamos de una condición de salud mental provocada por la violencia”, explicó Nohelia Peñaloza, psicóloga clínica y parte del equipo del SAP-Cecodap.
Dibujo de Gabriel, una perspectiva del antes y el después.
De igual forma, comentó que es posible que los niños se encuentren inquietos, presentando dificultades para prestar atención y mantenerse organizados, por lo que considera necesario el acompañamiento profesional, ya que muchos de los síntomas pueden persistir durante meses o años después del evento.
“No se hizo nada para en atender la salud mental de las familias afectadas esa madrugada, aun cuando es cierto que fue un evento sorpresivo y que no tenemos una cultura de guerra en el país y de qué manera actuar ante la situación, tampoco por eso se tendría que obviar la afectación real y significativa que el evento ocasionó en muchas familias”.
Gabriel Hernández
Corresponsal de la Agencia de Periodistas Amigos de la Niñez y la Adolescencia en La Guaira.
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