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Cuando el divorcio no es la herida: adolescencias que crecen entre la violencia y el silencio

Zulia.- No fue la maleta lo que más pesó, sino la valentía de saber que cerraba un ciclo tormentoso.

—Te vas a ir así —dijo él desde la puerta—. Pensando solo en ti.

Gabriela siguió doblando la ropa. No respondió de inmediato. Había aprendido que cualquier palabra sin pensar podría significar una respuesta humillante o una amenaza. 

—He pensado en ellos todo este tiempo —dijo al fin—. Incluso cuando parecía que no.

—Eso no es lo que van a ver. Van a creer que los abandonas.

Sandra, la hija menor, estaba encerrada en su cuarto. Llevaba días sin decir nada. Juan, el mayor, escuchaba desde el pasillo sin moverse.

—No me voy para hacer daño —dijo Gabriela—. Me voy porque quedarme nos está haciendo daño a todos.

Años después, Gabriela entendería que ese momento no marcó el final de una familia, sino la expresión más clara de una violencia sostenida que ya había dejado huellas profundas. Lo que siguió no fue solo un divorcio, sino un proceso en el que sus hijos también tuvieron que aprender a sobrevivir emocionalmente a un quiebre que no provocaron.

El daño que no termina con la separación

Gabriela tenía 15 años cuando entendió que el miedo también se aprende en casa: veía a su madre soportar maltratos emocionales de su padre en silencio. Un año después, decidió irse convencida de que no quería repetir esa historia.

Décadas después, ya siendo madre de dos adolescentes, comprendió otra lección igual de dura: salir de una relación violenta no garantiza protección inmediata para los hijos cuando el daño ha sido silencioso.

El divorcio, formalizado en 2023, fue la consecuencia de años de abuso psicológico, control y engaños reiterados. Nueve años antes, había descubierto una relación que la marcó profundamente: era con una de sus amigas. Decidió perdonarlo, pero la situación se repitió hasta que el desgaste se hizo evidente.

Durante el proceso de separación, las rutinas familiares comenzaron a fracturarse en silencio.

—¿Te quedas un rato más? —decía Juan después de cenar, mientras recogía los platos en la cocina.

Gabriela asentía sin decir mucho, agradeciendo esa compañía breve.

Sandra, en cambio, apenas levantaba la vista.

—Ajá —respondía cuando le preguntaban algo, antes de volver a su habitación y cerrar la puerta.

Adolescencias atravesadas por la violencia

«La violencia de pareja no termina cuando la relación se rompe. Sus efectos continúan en los vínculos familiares, especialmente en niños, niñas y adolescentes que crecieron en ese entorno», explica Gabriela Duran, psicóloga infantil.

Durán señala que, ante contextos de violencia sostenida, los adolescentes desarrollan estrategias de supervivencia emocional. «Algunos asumen roles protectores o adultos antes de tiempo. Otros se retraen o se distancian emocionalmente. No son fallas de crianza».

La especialista subraya que estas respuestas no deben pasar desapercibidas. «La distancia, el silencio o la rabia son respuestas normales a un entorno profundamente anormal». Añade que durante los procesos de separación, muchas madres están emocionalmente desbordadas, lo que puede afectar su disponibilidad afectiva sin que exista intención de dañar.

Fotografía de Bryan Granado

El silencio también comunica

Para Lidys Hernández, trabajadora social y orientadora familiar, uno de los errores más frecuentes es interpretar el silencio adolescente como indiferencia.

«No siempre el silencio es evasión. A veces es miedo, dolor o rechazo. En divorcios marcados por violencia, los niños y adolescentes se preguntan qué va a pasar conmigo y dónde voy a estar seguro», explica.

Hernández señala que, en algunos casos, la separación puede vivirse incluso como un alivio cuando el hogar estaba marcado por tensiones constantes. «Depende de la fortaleza emocional construida durante la crianza y del acompañamiento posterior».

Sobre la tendencia a responsabilizar a las madres, es contundente: «Responsabilizar a la mujer cuando existe un entorno violento no tiene sentido. La sociedad sigue depositando todo el peso del cuidado emocional en la madre y minimiza el rol del padre en la protección y la seguridad».

Fotografía de Mauricio Ocando

Cuando la violencia continúa después del divorcio

Desde el ámbito penal, la abogada Yasmery Palencia advierte que “la separación no detiene la violencia cuando existe un agresor que busca mantener el control. En esos casos, puede continuar o intensificarse mediante el uso de la manutención, el régimen de visitas o las amenazas de custodia como formas de violencia vicaria”.

Palencia señala que los hijos suelen convertirse en objetos de disputa y que el daño emocional persiste porque viven en un estado de alerta constante. El sistema ofrece respuestas formales, pero en algunos casos no logra garantizar una protección real.

Este es un problema global. El estudioPost-separation abuse: A literature review connecting tactics to harm (Abuso posterior a la separación: una revisión bibliográfica que relaciona las tácticas con el daño, 2024), basado en literatura académica internacional con evidencia principalmente de contextos como Estados Unidos y otros sistemas judiciales occidentales, señala que la violencia de pareja puede persistir después de la separación en forma de acoso, control económico y uso de los hijos en disputas de custodia, fenómeno conocido como violencia post-separación.

Por su parte, el artículo “When you accept that there is no logic: Strategies mothers employ in navigating the custody system when facing legal abuse” (“Cuando aceptas que no hay lógica: Estrategias que emplean las madres para desenvolverse en el sistema de custodia cuando se enfrentan al abuso legal”. Očenášová, 2025), desarrollado en el contexto de investigación europea con análisis de sistemas de custodia contemporáneos, demuestra que la violencia de pareja puede continuar tras la separación mediante el uso del sistema de custodia y procesos legales como mecanismos de control del agresor, lo que la autora denomina “abuso legal”.

En Venezuela, el informe Resistencias que sanan, publicado en 2025 por Caleidoscopio Humano, evidencia un escenario aún más complejo, marcado por impunidad, falta de protección efectiva y mayor vulnerabilidad para mujeres migrantes, indígenas, adultas mayores, población LGBTIQ+ y familiares de presos políticos.

El miedo a perder a los hijos es una de las principales razones por las que muchas mujeres no denuncian. En un sistema vulnerable a la corrupción, los agresores pueden amenazar con la custodia alegando supuesta inestabilidad emocional o económica de la madre.

Fotografía de Bryan Granado

Violencia institucional y niñez desprotegida

La violencia institucional ocurre cuando el Estado revictimiza, reconoce una trabajadora del sistema de atención a mujeres en Venezuela, al señalar que los procesos de protección no siempre logran responder de forma efectiva a los casos de violencia. En la práctica, la burocracia judicial puede terminar retrasando decisiones y debilitando la protección de niñas, niños y adolescentes.

“El interés superior del niño y niña se utiliza muchas veces como excusa para obligar a adolescentes a mantener contacto con padres agresores, sin evaluar la calidad del vínculo ni escuchar su opinión”, agrega. Esto contradice la Ley Orgánica para la Protección de Niños, Niñas y Adolescentes (LOPNNA), que reconoce el derecho a la protección emocional y a ser escuchados en los procesos que les afectan.

Fotografía de Mauricio Ocando

Miradas desde el cuidado cotidiano

La psicopedagoga Francya Fernández observa que muchos adolescentes presentan dificultades escolares vinculadas a sobrecarga emocional no atendida, más que a problemas cognitivos. 

En algunos casos, llegan a clase distraídos, con bajo rendimiento o irritabilidad, sin que exista un problema académico de base, sino una carga emocional que no logran procesar.

Mariela Rivas, niñera con años de experiencia, lo resume desde la vida diaria: «Los niños sienten el clima emocional incluso cuando nadie habla. Cambian antes de que los adultos sepan cómo ponerlo en palabras».

Años después, Gabriela aún recuerda aquella noche en la que hizo la maleta. Sandra casi no habla del pasado y mantiene la distancia que aprendió en ese entonces; Juan, en cambio, sigue siendo su punto de apoyo.

Se mudó a otro espacio junto a sus hijos y su exesposo permaneció en la vivienda anterior. En la nueva casa ya no se escuchan gritos, pero el silencio también puede pesar: en conversaciones interrumpidas, en temas que nadie termina de nombrar. Ha aprendido a reconocer que el proceso no terminó con el divorcio, sino que continúa en lo que cada uno intenta reconstruir a su manera.

Mauricio Ocando y Bryan Granado

Mauricio Ocando y Bryan Granado

Colaboradores de la Agencia de Periodistas Amigos de la Niñez y la Adolescencia en el estado Zulia.

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