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“De eso no se habla en la escuela”

Son inocultables las consecuencias que han tenido los sucesos del 3 de enero sobre la vida del país, considerando esta fecha un punto de partida hacia dinámicas sociales y políticas que nos mantienen expectantes. ¿Cómo vivir el aula y las clases sin pulsar cómo lo vivieron o procesaron los niños, niñas y adolescentes que comparten vidas en un centro educativo? La respuesta inmediata en muchos centros es: “ese un tema del que es mejor no hablar”.

Se apela al instinto de sobrevivencia para evitar “consecuencias” porque los estudiantes puedan señalar algo inconveniente o algún docente pueda dar una interpretación que irrite a alguna familia que lo denuncie ante las autoridades.

Sabemos que estamos ante un proceso donde estos eventos han sido precedidos de otros que han planteado cambios y preguntas en la vida del país y cuyos coletazos se han manifestado en los centros educativos. Entendemos que todos tienen una razón que los asiste para reaccionar de la manera que lo hacen para preservar la integridad de sus estudiantes y del profesorado.

La semilla de la democracia

Se está abriendo un nuevo tiempo que refleja una realidad que se abre paso entre la incertidumbre. La escuela no debe ser un espacio para el proselitismo. La propia Ley Orgánica de Educación lo establece. No se trata de que los maestros le expliquen a los  estudiantes lo que pasó, en el caso del 3 de enero o de otro acontecimiento de carácter político o social. Se trata de que la escuela fomente en los estudiantes el derecho a tener un criterio propio, a la libertad de pensamiento.

¿Democracia de la puerta de la escuela para fuera?

Generaciones crecimos escuchando expresiones de ese tipo que fueron sembrando la idea de que solo con mano fuerte funcionan las cosas porque la democracia se asoció con guachafita, el quehacer de políticos corruptos incapaces de dar respuesta a los males que aquejaban al país.

Y fue creciendo ante nuestros ojos un país donde la mano dura fue tomando todos los espacios actuando con atropello, violencia, violando derechos humanos, desmontando instituciones, imponiendo una sola forma de ver el mundo.

Se vuelve entonces un reto valorar esa pequeña y frágil semilla que debe sembrarse y cuidarse en cada hogar y aula de clases de este país: la democracia.

Con dolor hemos aprendido que las consecuencias son tan importantes que no podemos dejarla solo en manos de dirigentes. 

Toca una operación casa por casa. Formar niños que entiendan el significado de participar, ser escuchados, opinar, respetar, con sentido de justicia como el antídoto para la propagación de propuestas arbitrarias.

Edgar Morin, sociólogo y político francés, afirma: “La experiencia del totalitarismo ha relevado un carácter fundamental de la democracia: su vínculo vital con la diversidad. La democracia supone y alimenta la diversidad de los intereses así como la diversidad de las ideas”. 

Si queremos vivir en democracia tenemos que formar demócratas en y para la diversidad que no acepten por respuesta “Esto es así y punto… porque lo digo yo”. Las clases tienen que propiciar el debate, la deliberación, el argumentar los puntos de vista, contrastarlos sin ofender, con respeto.

En este contexto las escuelas tienen una responsabilidad fundamental para la formación ciudadana; sin embargo un estudioso del tema como lo es el filósofo español Juan Delval afirma que los centros educativos no van a formar para la democracia si los estudiantes tienen que obedecer todo lo que le dicen, no deciden nada y pasan años asumiendo como natural un modelo autoritario. La escuela no puede formar para la democracia si sus prácticas no son democráticas. “Estamos preparando a nuestros alumnos para que sean súbditos y no ciudadanos”.

Que las aulas del país se conviertan en semillero de formación de ciudadanos libres que no acepten imposiciones y atropellos, y que a la vez no propicien la violencia. 

Fernando Pereira

Fernando Pereira

Educador. Cofundador de Cecodap.

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