—Si no haces lo que te digo, divulgo las fotos.
Johnny no respondió de inmediato. Miró la pantalla sin tocarla, como si el mensaje pudiera cambiar solo con no leerlo dos veces.
Había empezado como una conversación más en una aplicación. Después, como una posibilidad de ingreso. Ahora era otra cosa. Era algo que se le escapaba de las manos.
Entre la necesidad y la espera
Johnny tiene 20 años y estudia en la Universidad del Zulia (LUZ), Vive con su madre en Maracaibo desde que su padre falleció.
En su casa, el dinero a veces no alcanza. Su madre trabaja como buhonera y viven de lo que pueda conseguir. Durante, Johnny meses buscó empleo sin éxito. Dejó solicitudes, preguntó, insistió. Las respuestas no llegaron y empezaba a frustrarse.
—Voy a ver cómo resuelvo —decía, sin explicar demasiado.
En ese contexto, comenzó a usar aplicaciones de citas. Primero como espacio social. Luego como posible fuente de ingresos.
Una noche, alguien le preguntó:
—¿Cuánto cobras por mostrarme tu álbum?
Respondió. No desde la certeza, sino desde la urgencia.
Cuando el control cambia de manos
Las conversaciones continuaron. Al inicio, parecían acuerdos implícitos, intercambios sin mayor presión explícita.
Pero con el paso de los días, el tono empezó a cambiar. Las respuestas ya no eran solo preguntas, sino exigencias. Las solicitudes de imágenes se hicieron más frecuentes. Los pedidos dejaban de sonar como propuestas y empezaban a sentirse como condiciones.
—No agotes mi paciencia. No eres ningún santo —escribió el contacto en uno de los mensajes.
Después llegó la amenaza directa:
—Si no haces lo que te digo, divulgo las fotos.
No era una amenaza abstracta. Era concreta, personal.
Esa noche no durmió. Miraba el techo y luego el celular, como si en algún momento la situación pudiera resolverse sola si no la enfrentaba del todo.
El abuso digital no siempre es visible
“El uso de amenazas con contenido íntimo para obligar a una persona a actuar constituye una forma de violencia y explotación digital”, explica la abogada Ana Carroz.
Señala que en estos casos no importa si hubo un consentimiento inicial.
“La manipulación rompe cualquier idea de acuerdo. A partir de ese momento, se configura una relación de poder desigual”.
Este tipo de dinámicas se enmarcan en lo que organismos internacionales identifican como violencia facilitada por tecnología, donde la vulnerabilidad aumenta cuando hay aislamiento, necesidad económica o falta de comprensión.
Un espacio donde se puede hablar
Días después, Johnny llegó a Amavida para hacerse la prueba del VIH y solicitar un kit de preservativos.
Le explicaron que la atención era confidencial.
En la fila evitaba mirar a otras personas. Jugaba con el teléfono sin abrir nada.
Cuando lo llamaron, entró con rapidez, como queriendo terminar pronto.
Aceptó hacerse una prueba. Mientras el procedimiento avanzaba, su incomodidad era visible: respuestas cortas, silencios largos, respiración contenida.
La trabajadora no insistió de inmediato. Primero le explicó el proceso, luego el cuidado y por último el derecho a hablar sin ser juzgado.
Solo así, Johnny soltó la primera frase completa:
—No es solo por la prueba… estoy en una situación rara con alguien. Me pide cosas y después me dice que si no hago lo que quiere, va a mostrar cosas mías porque me conoce en persona.
No entró en detalles gráficos. No fue necesario.
La trabajadora bajó el tono de voz y le explicó que lo que describe es una forma de coerción: una situación en la que una persona es presionada o amenazada para actuar contra su voluntad, perdiendo la posibilidad real de decidir libremente.
En esos casos —le dijo— no hay un intercambio voluntario, sino una relación de control basada en el miedo. También le indicó que no estaba obligado a continuar ningún contacto y que existían rutas de apoyo.
Vulnerabilidad y derechos
“Cuando un adolescente o joven se ve empujado a situaciones de intercambio sexual por necesidad económica o presión externa, estamos frente a una vulneración de derechos”, explica la psicóloga Sandra Linares.
Advierte que estos casos no deben interpretarse como decisiones aisladas.
“Suelen ser el resultado de múltiples factores: exclusión social, desempleo, falta de información y ausencia de redes de protección”.
En el caso de jóvenes LGBTIQ+, la vulnerabilidad puede aumentar cuando existe ocultamiento de la identidad o miedo a la revelación en el entorno familiar.
El peso de lo que no se dice en casa
Johnny aún no ha hablado con su madre sobre su orientación sexual. Tampoco sobre cómo estuvo aportando si no tiene un trabajo “estable”.
En casa, las conversaciones giran en torno a lo cotidiano: estudios, comida, gastos.
—¿Cómo te fue hoy, mi vida? —pregunta ella.
—Bien, mamá, no te preocupes —responde él.
La información que no se dice también ocupa espacio.
Desde el ámbito de la salud pública, el médico infectólogo Carlos Salazar señala que los entornos digitales han cambiado la forma en que los jóvenes acceden a relaciones y riesgos.
“Hoy las dinámicas de contacto sexual pueden iniciar en plataformas digitales sin mediación adulta ni orientación preventiva”, explica.
En espacios de Maracaibo como Amavida y Azul Positivo, el enfoque no se limita a la prueba de VIH, sino a la educación en prevención, consentimiento y reducción de riesgos.
Lo que muestran los datos
El informe de UNICEF “Protecting children from violence and exploitation in relation to the digital environment” (2024) señala que la violencia contra niños, niñas y adolescentes en entornos digitales incluye formas como la coerción, las amenazas, la explotación sexual facilitada por tecnología, el acoso y la difusión no consentida de contenido íntimo.
En Venezuela, el informe “Ser LGBTI en Venezuela: Información y datos para el nexo acción humanitaria, desarrollo y paz” (2022) elaborado por Unión Afirmativa, Acción Solidaria, Cepaz, Funcamama, Prepara Familia y Uniandes, documenta altos niveles de violencia y subregistro de denuncias en población LGBTI, así como barreras para acceder a protección efectiva.
El documento advierte que el entorno digital no fue diseñado inicialmente con una perspectiva de derechos de la niñez, lo que incrementa los riesgos cuando se combina con desigualdad, falta de supervisión y vulnerabilidad social.
La Ley Orgánica para la Protección de Niños, Niñas y Adolescentes (LOPNNA) establece el derecho de todos los niños, niñas y adolescentes a la integridad personal y a vivir libres de cualquier forma de violencia, abuso o explotación.
El artículo 32 reconoce el derecho a la integridad personal, que comprende la protección frente a toda forma de violencia física o psicológica, trato cruel, inhumano o degradante, así como cualquier situación que afecte su desarrollo integral.
La ley también establece la corresponsabilidad del Estado, la familia y la sociedad en la garantía de estos derechos, especialmente en contextos donde existan relaciones de poder, vulnerabilidad o riesgo de abuso.
Después del mensaje
Johnny dejó de responder. No fue de inmediato. Primero redujo la frecuencia de entrada a la aplicación. Luego dejó de abrir el chat. Después bloqueó a la persona.
El contacto insistió durante algunos días por Whatsapp. Le enviaba mensajes cortos y con el tiempo no envió más.
La amenaza quedó sin continuidad, pero no sin efecto: cambió de número y borró todo su contenido en la laptop, revisó su teléfono varias veces como si quisiera asegurarse de no dejar rastro. Tampoco hizo una denuncia y no habló de su vivencia fuera de su círculo cercano.
Esa misma semana, escribió a un amigo que sabe de informática. No le dio muchos detalles. Solo lo suficiente.
—Lo bloqueé y dejó de escribir, pero tengo lo que me escribió —le dijo.
Su amigo le respondió con calma. Qué lo primero que se hace es no volver a responder, no ceder ante ningún tipo de presión y guardar cualquier evidencia, le explicó que incluso si alguien difundía algo, en otros países ya existían leyes que penalizan esas acciones.
Le habló de la llamada “Ley Olimpia”, un conjunto de reformas en países como México que sancionan la difusión de contenido íntimo sin consentimiento y reconocen este tipo de prácticas como violencia digital.
—Aquí en Venezuela no tenemos esa ley, pero eso que te hicieron no está bien —le escribió—. Y espero que no vuelvas a caer en eso.
Johnny leyó el mensaje más de una vez.
Sabía que en su caso la persona era real, que se habían visto, que no era un engaño ni un perfil falso. Pero eso no quitaba el miedo que había tenido.
Una noche, su mamá lo vio más callado de lo habitual mientras cenaban. No preguntó de inmediato. Solo lo observó un momento antes de hablar.
—Si algo te está pasando, puedes decírmelo —le dijo—. No tienes que cargar con todo solo, hijo. Yo te quiero mucho. Puedes confiar en mí y abrirte.
Johnny asintió, sin decir nada más. No habló de lo ocurrido ni de lo que aún no se animaba a decir sobre sí mismo, pero por primera vez sintió que no estaba solo en ese silencio.
Mauricio Ocando y Bryan Granado
Colaboradores de la Agencia de Periodistas Amigos de la Niñez y la Adolescencia en el estado Zulia.
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