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La infancia entre los escombros: historias de El Junquito

El doble terremoto del pasado 24 de junio azotó a varios poblados de El Junquito y obligó a la infancia a madurar de golpe entre las ruinas. En esta parroquia, un niño de 4 años murió tapiado y cientos más están en riesgo, ya sea porque quedaron damnificados o porque están a punto de perder sus viviendas.

Ahora, los niños, niñas y adolescentes sobreviven al desastre no solo con los rostros marcados por el polvo y la tristeza, sino asumiendo roles de adultos: custodian los pocos bolsos que les quedan a sus familias y cargan suministros de comida en medio del caos.

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El pueblo de El Junquito está a 25 kilómetros de Caracas y a 58 de La Guaira. Es una zona con características geográficas, demográficas y de infraestructura muy particulares que lo hacen sumamente vulnerable ante los sismos. Al ser una región montañosa, con fallas geológicas activas (cerca del sistema de fallas de San Sebastián y La Victoria) y un crecimiento urbano informal en pendientes pronunciadas, se convirtió en el blanco perfecto para el quiebre de la tierra.

Comercios en el pueblo de El Junquito. Foto: Mabel Sarmiento.

Grandes locales y restaurantes, sobre los cuales se construyeron viviendas con anexos residenciales, se desplomaron como polvorosas. ¿Cuántos? No se sabe. Ni los rescatistas ni la policía ni el personal desplegado en la Jefatura Civil tienen datos exactos. Tampoco existe un censo de cuántas mujeres, hombres, menores de edad y adultos mayores se encuentran damnificados o desalojados preventivamente de sus hogares.

Los niños no están bien

Roberto, su esposa y sus dos hijos menores de 18 años, vivían en una casa construida sobre un restaurante de cachapas donde él trabajaba. El inmueble se desplomó por completo. Sus hijos quedaron atrapados en el segundo piso, pero el mayor, de 16 años, protegió y salvó a su hermano de 8, y logró además que otras 20 personas escaparan de los escombros.

El rostro de Darwin (16) no mostraba asombro o miedo, solo cansancio. “Estoy bien”, alcanzó a decir mientras escuchaba todo lo que Robert, entre la admiración y la tristeza, decía sobre él: “Es un muchacho fuerte, le dio una patada a una puerta y pudieron salir, está tranquilo. En cambio, su hermano lo que hace es llorar”, añadió, al tiempo que se quejó de las autoridades locales que han ido a la zona de desastre: “Vienen a tomarse fotos. Aquí no están inspeccionando el área ni diciendo en concreto cómo nos van a ayudar”.

Foto: Mabel Sarmiento.

En ese momento, Yesenia Sequera interrumpió: “Uno piensa que los muchachos están bien, Robert, pero no es así. La mía de 9 años ahora habla compulsivamente y la de 16 duerme con la ropa y los zapatos puestos. Aunque no lloren, igual están afectados”.

Detrás de la forzada resiliencia de estos niños y adolescentes se esconde el miedo y el dolor por haber perdido su zona segura, su hogar y sus rutinas con los amigos de la cuadra, del colegio y con los primos. En El Junquito casi todos son familia, por lo que no solo sienten el dolor de perder sus casas, sino también a Scarlet y a Yorvit.

Foto: Mabel Sarmiento.

Ambos quedaron bajo los escombros. Ella buscó proteger al niño e intentó huir de las piedras, “pero la nube de polvo fue intensa y no pudo salir, una pared le cayó encima. Nosotros mismos excavamos y, para cuando llegaron las autoridades, ya habíamos recuperado los cuerpos”, relató un joven de la comunidad.

El ambiente cambió por completo para la niñez de esta comunidad. De la noche a la mañana se quedaron sin ropa y sin juegos. El mundial de fútbol, que antes se sintonizaba en todas las pantallas planas de los restaurantes, ya no se escucha ni aglomera al público. Todo eso fue sustituido por otras actividades: cuidar a los hermanos más pequeños, vigilar los bolsos, cargar la comida.

Foto: Mabel Sarmiento.

Natasha (7) permanece tranquila en medio de dos bolsas llenas de ropa; a sus pies está Miguelángel (2). Por segunda vez en un mes, los hermanos Herrera se quedaron sin hogar. Hace un poco más de cuatro semanas su casa, ubicada en el sector La Toma, se incendió y lo perdieron todo. Su papá, Jesús Herrera (primo de Scarlet), los llevó a vivir a la casa de la abuela y, tras el terremoto, volvieron a quedar damnificados.

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“Me estoy quedando en una casa que está sola desde hace cinco años, pero esto no es seguro para mis hijos”, dijo Jesús, especialmente porque Natasha tiene que quedarse a cuidar del bebé. “Ella se encarga del hermanito mientras el papá no está… no está yendo a la escuela”, comentó Yesenia Díaz, quien la acompaña a ratos mientras saca enseres de su propia casa, la cual quedó inestable. Yesenia también tiene dos niños que lloran mucho y están muy nerviosos: “Me dicen que ya no tienen casa. Les digo que pronto esto va a pasar y les doy té para calmarlos”.

En el lugar del siniestro antes quedaba la cuadra turística, reconocida por la venta de cochino, cachapas y dulces criollos. Hoy se cuenta cerca de una docena de inmuebles destruidos, por lo que la calle fue cercada con cinta amarilla para prohibir el paso. Aún así, los damnificados cruzan el cerco para recuperar algunos bienes o para vigilar que no entren a robar.

Foto: Mabel Sarmiento.

Otros se quedan en las cercanías hasta el final del día, antes de que la oscuridad se apodere de todo. No hay luz ni agua. Y aunque hay algunos funcionarios del Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas (CICPC) y de la Policía Nacional Bolivariana (PNB), los vecinos dijeron que no se sienten seguros. “Nos quieren llevar a la sede de la UNES que está cerca de aquí. Pero eso no puede ser así, hay mucho desorden. Sentimos que se burlan de nosotros”, comentaron.

A la intemperie por miedo

Dieciocho familias, entre las que hay 28 niños (una de ellas con hidrocefalia), acampan en una loma desde donde se ven los locales derrumbados. La primera noche pernoctaron sobre colchones e improvisaron carpas con sábanas, pese a que el frío les carcomía los huesos. Por las noches la temperatura desciende a 12°C o 13°C. Al segundo día empezaron a llegar carpas, ropa, comida, sopa y avena caliente.

Yolimar Moya, madre de la niña con hidrocefalia (5), tiene otras dos hijas de 7 y 12 años. Contó que las tres duermen con ella en una carpa improvisada junto a la abuela, quien vivía en el kilómetro 11 y también resultó afectada por el terremoto. Moya tiene que llevar a la pequeña a su consulta regular en el Hospital J.M. de los Ríos, pero prefiere esperar a que se estabilice la zona para poder salir del pueblo. Aún tiene miedo.

Yolimar duerme con sus hijas en una carpa improvisada. Foto: Mabel Sarmiento.

Mientras mostraba el colchón donde duermen, el suelo tembló. De inmediato, quienes tenían sus teléfonos cerca revisaron las redes y constataron que se trataba de un sismo de magnitud 4.9. Eran las 6:19 p.m. del 26 de junio y para ese momento ya se registraban más de 300 réplicas.

A pocos metros, Milagros Moya, junto a su esposo y sus hijos de 5 y 2 años, armaron una carpa pequeña. Apenas lograron salir de La Toma, una comunidad construida en un farallón que, según los bomberos en el sitio, se encuentra en riesgo inminente. En esa zona viven cerca de 30 infantes, pero la evacuación no se ha concretado porque las familias se niegan a desalojar sus viviendas.

Sin embargo, Milagros se atrevió y, con lo puesto, decidió poner a salvo a sus hijos. En el lugar ya recibía donaciones y monos gruesos para proteger a los pequeños del frío nocturno.

Pero no todos se arriesgan a tanto; algunos pernoctan en sus carros junto a los niños. “Mis nietos, uno de 9 y dos niñas de 13, duermen con sus papás en el carro”, contó Fátima.

Además de La Toma, en el casco central del pueblo hay otro lugar conocido como El Gran Hotel (un antiguo hospedaje), donde se refugia otro grupo importante de niños y adolescentes vulnerables.

Asimismo, existen otras 36 comunidades agrícolas ubicadas hacia El Junko cuya situación real se desconoce, debido a que los derrumbes han bloqueado las vías de acceso. En el tramo de Petaquire, más allá de la Colonia Tovar, los funcionarios del centro de acopio de la Jefatura Civil manejan un conteo preliminar de 17 familias afectadas (12 con pérdida total de sus casas), lo que se traduce en 38 niños y 12 adolescentes perjudicados.

El desorden de la ayuda

A la población del pueblo está llegando ayuda humanitaria: ropa, comida, pañales, toallas húmedas, toallas sanitarias, papel higiénico, jugos y leche. Estas donaciones provienen de todos lados: empresas privadas y la sociedad civil organizada. Sin embargo, no existe una directriz clara para centralizar y distribuir los insumos.

Foto: Mabel Sarmiento.

El mayor centro de recepción lo maneja la propia comunidad. Los bomberos también tienen un puesto de socorro y la Jefatura Civil hace lo propio, intentando desviar recursos hacia los poblados agrícolas.

Al no haber control sobre quién dona y quién recibe, cualquiera que logre llegar al kilómetro 21 (donde está el pueblo) se estaciona en plena calle, abre la maleta de su vehículo y, de inmediato, la gente se aglomera para intentar alcanzar ropa o pañales.

Al final, el viaje a El Junquito devela dos crisis mutuas. Cinco kilómetros antes del pueblo, el ruido de los carros y el ronroneo de las motos apuradas por entregar ropa y comida simulan una solución. Pero en el sitio del desastre reina otra realidad: el silencio y el abandono. Mientras los adultos se amontonan alrededor de las maletas de los carros en busca de pañales, los niños observan desde un lado, fastidiados, cansados, asustados y custodiando los pocos bolsos que les quedan. 

En medio de la urgencia logística, el derecho de la niñez a ser resguardada del trauma parece haber sido la primera baja. En El Junquito, la prioridad es sobrevivir; ¿volver a ser niño tendrá que esperar?

Mabel Sarmiento

Mabel Sarmiento

Corresponsal de la Agencia de Periodistas Amigos de la Niñez y la Adolescencia en Distrito Capital.

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