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De la Gran Sabana a La Guaira: Daniel donó pelotas, leche y agua

Bolívar, Santa Elena de Uairén.- Apenas dos días después de los terremotos del 24 de junio, Daniel Gutiérrez España (12 años) salió de su casa en una de las barriadas de expansión de Santa Elena de Uairén con un propósito especial. Se fue a vender chucherías, como todos los días, pero esta vez, por decisión propia y sin decirle a su madre, María España, porque quería comprar donativos para los niños guaireños.

A diario, Daniel cambia de productos: caramelos, galletas, pepitos, chupetas, chocolates. “Gracias a Dios me pude comprar mi cestica, la tengo full de dulces”, expresa. 

“Yo no sabía que había pasado eso horroroso y en lo que llegué en la noche a mi casa, mi mamá me dijo que pasó un terremoto”. Así se enteró de la noticia. 

En Santa Elena de Uairén, la principal ciudad de la frontera venezolana hacia Brasil, en la Gran Sabana, se tambalearon los postes y cableados. Pero muchos de los habitantes de la pequeña urbe ni siquiera se percataron de lo que ocurría. Se enteraron como el adolescente, horas más tarde.

Daniel es el penúltimo de siete hermanos y vive en una modesta casa con su madre, el padrastro, las dos hermanas mayores, la hermana menor y un sobrino bebé. Relata que en casa siempre leen la Biblia en la mañana. Así debió comenzar la rutina de aquel día. “Primero me cepillo, me baño, agarro mis dulcitos y me voy a trabajar”.

La familia migró desde Ciudad Bolívar, la capital regional, a la frontera. “Nos vinimos para acá porque la situación allá estaba demasiado, demasiado revuelta”, explica. 

Esa corriente migratoria constante desde los centros urbanos del sureste de Venezuela ha incrementado la población de Santa Elena de Uairén de 28 mil habitantes, según el Censo de 2011, a alrededor de 42 mil, de acuerdo a los cálculos de la Alcaldía del Municipio Gran Sabana en 2022. Entre quienes han llegado procurando solventar los efectos de la crisis humanitaria compleja hay familias con niños, niñas y adolescentes que salen a trabajar en las calles a diario, algo que no se veía en el pasado en esta ciudad fronteriza.

La madre de Daniel se dedica a la atención del hogar, en especial de la niña más pequeña, que aún está de brazos. El padrastro es albañil. La economía familiar es precaria.

Daniel se aferra a la fe. “Antes de irme le oro a Diosito, me bajo (del moto taxi que toma en la parada cercana) y rezo el Padre Nuestro, le pido que me lleve en paz y en bendición, que quite toda piedra de tropiezo y que lleve en paz y en bendición a todas las personas que vayan saliendo a su trabajo, que saque del camino de los males a las personas que están en caminos malos, le pido a Dios todo”. 

La madre le ha puesto como norma que no se monte en carros de desconocidos y que respete a los adultos. “No me van a pegar ni nada, pero sí me van a castigar para que no venda más”, dice.

Cuando llega al centro, como todavía es temprano y los clientes no comen dulce a esa hora, se espera “un ratico por ahí”. Es decir, juega fútbol en la cancha de Los Apamates. Mientras, un amigo comerciante le guarda la cesta en las inmediaciones de la Plaza Bolívar. “Y a las once me vengo corriendo y me pongo a trabajar”, afirma. 

Daniel cuenta que trabaja desde que cumplió los siete años, cuando la familia aún vivía en Ciudad Bolívar. “Vendía caramelitos, chupetas, pepitos, galletas. A veces me ponía a limpiar los vidriecitos de los negocios porque no tenía plata para comprar los dulces”.

En Santa Elena, habría trabajado en una bloquera, junto al padre, pero, cuando estaba a punto de cumplir los doce años dejó el lugar por lo riesgoso que podía ser. 

“Mi papá me decía que ya no podía trabajar con él porque eso era una bloquera y podían llegar los guardias. Me dijo quédate (en casa) y me puse a vender dulces ahí por la calle y mi mamá me decía véngase temprano, véngase temprano… y yo no me venía temprano”, recuerda. 

En ese tiempo, le acompañaba la hermana que le precede. Hasta que los estudios se convirtieron en una prioridad porque la adolescente comenzó a cursar primer año. 

“Algunas veces mi hermana dice ‘tienes esas cosas porque mi mamá te las compró’. Yo no quiero que me diga eso, yo quiero tener mis cosas propias, que salgan de mi sudor También en el Día del Niño le traje unos regalitos a mis dos sobrinos, a mi hermanita pequeña y para mí una pistolita de agua”. 

A un sobrino le regaló un camión de volteo de juguete, a otro un carrito a control remoto, y al más pequeño un juego para hacer burbujas. A su hermana le regaló una muñequita que baila y una tabla mágica para pintar, “de esas que tienen un botoncito de borrar”. 

Los niños y niñas de La Guaira no son diferentes a los que conviven con él: también tienen derecho a jugar. El 26 de junio, Daniel logró comprar unas pelotas con el dinero reunido. “Luego fui a la broma de las donaciones para bajar y cargar cosas”. Se refiere al Espacio de Encuentro para la Cultura y las Artes (el antiguo Parque Ferial), donde la Alcaldía promovió el Centro de Acopio del municipio en el patio techado en láminas.

Llevó también una paca de leche y un paquete de agua mineral. Pero lo que más destaca en la fotografía que le hicieron ese día es la ristra de cuatro coloridas pelotas y Daniel, de franela vino tinto y short negro mirando a la cámara mientras el alcalde, Manuel De Jesús Vallés, lo observa.

—¿Por qué pelotas?

—Porque más que todo son niños (entre los sobrevivientes) y obviamente ellos también merecen disfrutar de su vida… y me salió del corazón, porque gracias Dios nosotros estamos bien aquí en Santa Elena de Uairén y esos niños están pasando por muchas dificultades.

“A mí me conmovió porque a ese niño yo lo he visto bastante en la calle, trabajando para salir adelante. A pesar de que él tenga sus dificultades, eligió regalar un momento de felicidad para los demás y ese tipo de acciones nos recuerdan que la generosidad no se mide por lo que se da sino por la intención”, expresa Angélica Paola Pérez Pinto, de 17 años, miembro de la comunidad indígena pemón de Manak Krü, quien el 26 de junio republicó la foto de Daniel en sus redes sociales.

En un momento de distracción, mientras relata su historia, Daniel apunta y dispara con el arma de juguete. Dice que le gustaría ser guardia, pero no estar lejos de la familia. Pensándolo bien, tal vez, sea repostero. Ya sabe preparar tortas pequeñas. 

En Santa Elena, según su madre, la familia se instaló en un primer momento en la comunidad indígena Pemón de Wará. Daniel estudiaba en la Escuela Básica del mismo nombre. Pero luego debieron mudarse y ahora se le dificulta ir a clases. La idea de la madre es inscribirlo el año que viene en la Unidad Educativa Los Pinos.

“Yo estudio en la mañana. Me da chance para estudiar y para trabajar también. También tengo que poner de mi parte”, dice. Se ha convencido de que ganar su propio dinero es también una prioridad a sus 12 años.

Tres semanas después del día de la donación, a Daniel le robaron la cesta. 

Él cuenta que se paró en el Estadio de la Escuela Juan de Holmquist, en el centro de la ciudad, se distrajo y tomaron la mercancía. Por casualidad, el ladrón se la vendió a un amigo de Daniel en 50 reales brasileños (10 dólares) y este se la devolvió, aunque vacía. Daniel repuso el inventario con una jornada de trabajo, “empujando los carritos de carga” en el Aeropuerto de Santa Elena.

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