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Hogar de lona: la niñez desprotegida entre carpas y escombros en Boca de Aroa

Falcón.- Son las 10:30 de la mañana. Carlos, de 9 años, camina a paso lento hacia el sector Cayumar de Boca de Aroa, una de las zonas costeras afectadas en Falcón por el doble terremoto en Venezuela el 24 de junio. No ha desayunado, primero quiere reencontrarse con su papá, que es albañil, y acompañarlo a trabajar para no aburrirse en casa.

Mientras camina, lo saludan sus amigos y le recuerdan que en la tarde habrá partido de fútbol en la cancha. Él promete sumarse al partido solo cuando baje la temperatura.

La casa de Carlos quedó en pie, pero la de algunos de sus amigos no. “Para mis amigos no es fácil porque en las carpas donde viven hace mucho calor”, dice.

A dos meses del terremoto, el paisaje de Boca de Aroa se ha convertido en un escenario de desolación. Sus calles continúan agrietadas por el impacto de los sismos, el servicio de agua potable permanece interrumpido y al menos 30 viviendas han sido demolidas por las cuadrillas gubernamentales.

Foto: Jhonattam Petit.

Colaborar para sobrevivir

Entre los escombros resaltan ahora los campamentos de carpas donadas por la organización Samaritan’s Purse. Allí, bajo lonas plásticas que sofocan por el calor costero, se refugian temporalmente 17 familias. Hay más de 20 niños y adolescentes. 

Al mediodía, el recorrido de Carlos termina en la cola del comedor comunitario de Boca de Aroa. Es una iniciativa que surgió días después del desastre, como respuesta a la emergencia, liderada por vecinos. Allí se alimentan hasta 130 niños y adolescentes por día. Carlos anota su nombre y edad en una libreta escolar que sirve de censo. Las madres elaboradoras le entregan una bandeja con la ración del día: espagueti con lentejas, la única opción disponible. El comedor depende de la ayuda de vecinos y organizaciones civiles del estado Carabobo, pero las donaciones han mermado considerablemente. 

“Desde el terremoto venimos a comer aquí. Es una gran ayuda porque a veces en mi casa no hay comida”, relata una adolescente de 17 años mientras camina con sus amigas de regreso a casa, luego de retirar su bandeja.

Carlos espera acude al comedor comunitario para retirar su plato de comida. El comedor funciona en una vivienda familiar y bajo este techo de palmeras secas, los niños y adolescentes esperan su ración de comida. Foto Jhonattam Petit.

A lo largo del día, los adolescentes de Boca de Aroa se reúnen a conversar y escuchar música, otros ayudan en casa llevando agua en grandes bidones. También asisten a las actividades que las organizaciones civiles y estatales realizan con el fin de crear espacios recreativos en el lugar.

A sus 14 años, Yoneifer pasó de cuarto año de bachillerato a la primera línea de apoyo del comedor comunitario. Antes del mediodía colabora con algunas tareas. “Lleno las ollas con agua, enciendo la cocina y a veces busco las bombonas de gas”, enumera.

Al mediodía los niños y adolescentes hacen una cola, registran su nombre y apellido y retiran una de estas bandejas. Foto Jhonattam Petit

Para él, ayudar a que sus amigos también puedan comer le hace sentir mejor.  “Me siento bien porque estoy ayudando. Después de que sucedió eso, todo el mundo quedó traumado. Yo me siento mejor porque sé que eso no va a volver a pasar, con el favor de Dios”.

Su vivienda sufrió severos daños estructurales y fue marcada para demolición parcial. “Se agrietaron las paredes de atrás. No se cayeron porque quedaron sostenidas con la columna, pero los trabajadores del gobierno sellaron una puerta que estaba ahí para destapar el pozo séptico y esa parte la van a tumbar, va a quedar sellada”, explica.

Desea que su comunidad sea como antes, un lugar sin grietas y con más alegría. “Yo me imagino mi comunidad sin las calles partidas, sin casas caídas”.

Los niños y adolescentes jugando en medio de las grietas que causó el terremoto al piso de cemento. Foto Jhonattam Petit.

El hacinamiento es un riesgo

Hasta cuatro núcleos familiares viven bajo un mismo techo o se reparten entre las habitaciones que quedaron en pie dentro de una misma casa. El hacinamiento es grave. Según informan las familias consultadas, entre cinco y nueve personas deben compartir un mismo espacio, en el que antes vivían dos o tres. Este colapso habitacional afecta de forma directa a 124 niños y 42 adolescentes golpeados por la catástrofe. 

Dentro de las carpas, la salud física y el desarrollo emocional se deterioran con la misma rapidez que el plástico bajo el sol. Maryelis Cambero, madre de tres niños, lidia con las secuelas del encierro junto a su hijo de 2 años: 

“La carpa es muy caliente y en la noche entra mucho el sereno. El bebé no me sale de una gripe, es demasiado fuerte”.

Así lucen las calles del sector Cayumar. Las cuadrillas gubernamentales derribaron varias viviendas, en su lugar hay carpas de agua por familia donde viven hasta 3 niños y adolescentes. Foto: Jhonattam Petit.

Los más pequeños extrañan sus cuartos, sus juguetes perdidos entre el polvo y preguntan con frecuencia por el lugar al que pertenecían. “Yo le digo a mis hijos que la casa la tumbaron. Uno de ellos siempre me dice que mi casa se cayó. A todo el mundo le repite lo mismo: ‘Mi casa se cayó’”, relata Maryelis.

Sin baños, sin privacidad  

El derrumbe también se llevó los baños de las casas, despojando a los niños y adultos de cualquier pudor o resguardo sanitario. La rutina de higiene pasó a ser un acto público expuesto a la mirada ajena en algunas carpas. 

“Como a mí también se me cayó el baño y no tenemos, nos bañamos afuera… Si nos ven, que nos vean… Nos tenemos que bañar con ropa”, relata Maryelis.

En Boca de Aroa no existe un centro de acopio formal ni un campamento temporal que cumpla con estándares mínimos de habitabilidad o protección para la infancia. Cada 15 días comisiones del Consejo Municipal de Derechos del Niño, Niña y Adolescente acuden a la comunidad para ofrecer actividades recreativas. 

La jueza Maritza Figuera, representante del Tribunal de Protección de Niños, Niñas y Adolescentes por la costa de Falcón, anunció la instalación de un toldo en las próximas semanas en esta comunidad con el fin de identificar casos donde los niños y adolescentes requieran de colocación familiar y otros mecanismos de resguardo y protección integral.

Foto: Jhonattam Petit.

Las réplicas constantes y los pequeños temblores mantienen en alerta máxima a la comunidad, que ahora presiona e insiste a las autoridades gubernamentales por la demolición urgente de varias viviendas de dos pisos cuya estructura quedó seriamente comprometida. Para las madres y vecinos, cada segundo que esas moles de concreto permanecen en pie representa una amenaza de que una nueva réplica termine de derribarlas y la mampostería caiga sobre algún niño o niña que camine o juegue por la calle. 

Los ingenieros del gobierno local han prometido construir una pieza temporal para sacar a la familia de la lona plástica mientras la gobernación avanza con la entrega de viviendas definitivas. Los censos habitacionales aseguran que las familias que pernoctan en carpas tendrán prioridad en las reubicaciones. 

Los niños de Cayumar no dejan de jugar en las calles rotas, guardando la fe de que, algún día no muy lejano, volverán a abrir la puerta de un hogar propio.

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Jhonattam Petit

Jhonattam Petit

Corresponsal de la Agencia de Periodistas Amigos de la Niñez y la Adolescencia en Falcón.

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