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Extrañan Venezuela, pero temen regresar

Los hermanos Jaime (de 10 años) y Juan Pablo Hernández (de 13) salieron de Venezuela en diciembre de 2022, junto a su madre Yesenia, para reunirse con el padre quien había migrado a Estados Unidos en 2018. 

Para llegar a ese país, atravesaron la selva del Darién, un denso bosque ubicado entre Colombia y Panamá. Caminatas extenuantes, barro hasta las rodillas, lluvias torrenciales y el constante acecho de bandas es parte de lo que recuerdan. “Hubo noches en las que nos quedamos sin comida y agua; solo podíamos seguir caminando, esperando que todo acabara pronto”, dice Jaime.

Durante la travesía, vieron cuerpos abandonados en el camino, escucharon historias de gente que no logró sobrevivir. 

Cada noche, los tres se abrazaban en busca de consuelo y seguridad. A pesar del miedo, Yesenia se mantuvo firme, animando a sus hijos a seguir adelante. 

“Sabía que si me derrumbaba, ellos también lo harían”, dice.

El frío del río

Al salir del Darién, atravesaron Centroamérica y México, para finalmente llegar a la frontera con Estados Unidos. Allí los esperaba una última alcabala: el Río Bravo. La imagen de decenas de personas esperando en la orilla para cruzar sigue grabada en sus memorias. 

Algunos migrantes se quitaban la ropa antes de entrar al agua para evitar cargar con más peso. Jaime, Juan Pablo y su madre no lo hicieron. Recuerdan que el frío del agua era insoportable. La corriente les arrebató sus maletas y, con ellas, las pocas pertenencias que habían logrado conservar durante el viaje. Salieron del río temblando, con la ropa empapada. Pasaron la noche a la intemperie, abrazados para darse calor en esas horas lentas hasta que amaneció. 

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Al día siguiente, las autoridades migratorias los detuvieron. En un instante, los separaron de su madre. “No sabíamos dónde estaba mi mamá, ni si la volveríamos a ver”, recuerda Juan Pablo. 

Fueron conducidos a un centro de detención, donde pasaron tres días en una celda fría y repleta de personas. Allí, dicen, los trataron mal. Los insultaban, les daban poca comida. 

Yesenia también fue sometida a maltratos. No podía dormir, preocupada por sus hijos y la incertidumbre de su futuro. Pasaron tres días, hasta que Yesenia pudo comunicarse con su esposo y este se acercó al centro de detención. Quizá porque él tenía sus documentos migratorios en regla, los soltaron: “Fue un alivio, pero también nos quedó el miedo de que pudiera volver a pasar”, confiesa.

Secuelas 

La llegada a Estados Unidos no significó el fin de sus problemas. Aunque lograron obtener el Estatus de Protección Temporal (TPS) en 2023, el viaje dejó secuelas. Juan Pablo, quien en Venezuela jugaba fútbol y soñaba con una carrera deportiva, comenzó a sufrir ataques de ansiedad. Tiene frecuentes pesadillas con el cruce del Darién, y con la separación de su madre. 

Aunque es más reservado, la madre ha notado a Jaime triste. “A veces simplemente se sienta y mira al vacío. Extraña Venezuela, pero también tiene miedo de regresar”, dice Yesenia.

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Él padece de fibrosis quística, una enfermedad genética que provoca la formación de secreciones muy densas y adherentes, las cuales obstruyen las vías respiratorias y el aparato digestivo, generando infecciones, dificultad al respirar y limitaciones en el crecimiento y la correcta absorción de nutrientes. 

En Venezuela no se encuentra el tratamiento requerido. En Estados Unidos, sin embargo, recibe los medicamentos de manera gratuita, algo que le ha permitido mantener una mejor calidad de vida.

El desempeño académico de ambos ha desmejorado. En Venezuela eran buenos estudiantes, pero en Estados Unidos la barrera del idioma y el trauma han afectado su concentración y motivación.

El sueño de regresar juntos

Aunque se han ido adaptando, afirman que preferirían regresar a Venezuela. “Aquí nunca nos sentimos en casa. No dormimos bien, no nos va bien en la escuela. Nada es como lo imaginamos”, dice Juan Pablo. Su madre, aunque intenta mantener la esperanza, también reconoce que la migración ha tenido un costo emocional demasiado alto para sus hijos.

La opción de volver a su país solo es concebida por ellos si se trata de un plan que los incluya a los cuatro como familia.  Algo que parece imposible porque su padre aún está en trámites del asilo político que solicitó al ser periodista que enfrentó muchas situaciones de persecución en Carabobo durante las protestas de 2017.

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Pero ahora se les suma una nueva preocupación. Enfrentan el temor de la posibilidad de ser deportados junto a su madre ante la incertidumbre que representa depender del Estatus de Protección Temporal (TPS) obtenido en 2023 y que fue cancelado por el Departamento de Seguridad Nacional (DHS) en febrero de 2025, con efecto el 7 de abril de 2025. Sin embargo, un tribunal dictaminó que esta cancelación era ilegal, y el programa permanece vigente hasta al menos el 2 de octubre de 2026. 

“Nos fuimos buscando un mejor futuro, pero a veces siento que nos robaron la infancia”, dice Juan Pablo, con la mirada perdida. 

Dayrí Blanco

Dayrí Blanco

Corresponsal de la Agencia de Periodistas Amigos de la Niñez y la Adolescencia (Agencia PANA) de Carabobo

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