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La hipersexualización: ¿un fenómeno que también promueven los padres?

Distrito Capital.- Jorge* se para en el home, se cuadra y espera el lanzamiento. En las gradas sus padres apuestan por el jonrón. “¡Vamos Jorge, vamos hijo, batea duro!”. Se escuchan groserías y cantos de la fanaticada, en eso viene la bola y la señal de costumbre. Sale el batazo y la pelota remonta por encima de la segunda base.

Jorge se quita el casco y emprende la carrera a primera, pisa segunda y llega a tercera, donde lo recibe uno de los entrenadores y le da su respectiva nalgada, gesto de saludo y de celebración entre peloteros. Acto seguido se escucha el sonido de los pitos, de los tambores y del reguetón que se acompaña con el “perreo”. 

Jorge, de 6 años, se ve confundido. Entre los gritos del manager para que corriera, los del papá exigiendo un jonrón y la fanaticada pidiendo el “perreo”, al niño se le nota incómodo.

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El partido está en el sexto inning. Los jugadores, todos menores de siete años, lo que quieren es jugar, llenarse de tierra. Cuatro a dos el marcador, pero Jorge solo sigue instrucciones: “baila, perrea”.

Hace el movimiento de caderas, sus compañeros lo siguen y aplauden. Las mamás contentas sueltan carcajadas. Todos festejan el gesto exagerado que se hizo popular entre los peloteros latinos para generar molestias en el equipo contrario tras una jugada importante.

En el campo, el terraplén ubicado a pocos metros del estadio Monumental, en la parroquia Coche, muy pocos ven con asombro el baile. “¿Viste mi perreo?”, pregunta Jorge a otro amigo. Ambos con el guante bajo el brazo van comentando la hazaña, que, de nuevo, ni siquiera saben explicar.

El perreo, según el Diccionario de la Real Academia Española, es un baile que se ejecuta generalmente al ritmo de reguetón, con eróticos movimientos de caderas y en el que, cuando se baila en parejas, el hombre se coloca habitualmente detrás de la mujer con los cuerpos muy juntos.

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En niños, niñas y adolescentes “perrear” es exponerse a mensajes, comportamientos y costumbres con altas cargas de erotismo, para las cuales ellos no están preparados y además no entienden. Esto explica la cara de incomodidad de Jorge, a quien además le toman videos bailando que, seguramente, irán a parar a los estados de WhatsApp y de Instagram de la familia.

La normalización como riesgo 

El respeto a la dignidad, la inviolabilidad de la integridad física, psíquica, moral y sexual, incluyendo la preservación de su imagen, identidad, autonomía de valores, ideas, creencias y espacios no están garantizados para Jorge, de acuerdo a la opinión de la profesora Luisa Pernalete, coordinadora de Educación para la Paz del movimiento Fe y Alegría.

La investigadora aclara que estas situaciones se observan desde hace algún tiempo, aunque eran menos explícitas. “En preescolar, en primero, segundo y tercer grado, hemos visto actos escolares donde participan las niñas haciendo movimientos de cadera, que yo como docente no hubiese permitido. Eso se ha ido normalizando, cuando uno le pregunta a los muchachos si han escuchado las letras de esas canciones comentan que les gusta el ritmo, pero muchos desconocen el significado de las letras”.

La hipersexualización, señala Pernalete, no es solo que las niñas vayan pintadas o con uñas, también se evidencia en bailes con tintes de erotismo. Incluso, hasta cuando se les pregunta a niños y niñas si tienen novias o novios.

La raíz de los problemas 

Sandra*, de 11 años, sale con su mono de tela de licra, con escote, con los labios rojos, con pestañas postizas y mucho rubor. Va a una presentación en su escuela de danza, ubicada en la parroquia El Valle. Su grupo tiene pautado escenificar una canción de Karol G. “Aprendí todos los pasos”, comenta. Su mamá camina más atrás con el bolso donde lleva el resto de la indumentaria: una falda corta y tacones.

Sandra llega al salón y empieza a ensayar. Arranca la música: “Ayer te vi, aparentemente estabas contento, estabas feliz besándole a ella, así como me besabas a mí…”. Las niñas contonean sus caderas, algunas se agachan y se levantan estremeciendo las cinturas de un lado a otro y de atrás hacia adelante. Las mamás se ven emocionadas: aplauden con cierta euforia. 

Padres, madres y familias exponen así, e incluso sin saberlo, la integridad de sus hijas e hijos, al exhibir sus cuerpos como si fueran adultos conscientes. La sexualización supone la imposición de una sexualidad adulta a los niños, niñas y adolescentes.

La legislación permite establecer un estándar para garantizar el bienestar de la niñez, más allá de las consideraciones morales que dependen de cada individuo. El artículo 32 de la Ley Orgánica para la Protección de Niños, Niñas y Adolescentes (Lopnna) establece el derecho a ser tratados con respeto, dignidad y amor. 

Lo que es gracioso para algunas personas adultas, como el baile erotizado, representa una forma de violencia que puede tener consecuencias negativas. 

Jhonatan Montilla, psicólogo terapeuta, señala que la hipersexualización se vincula con otros problemas como la sextorsión, el abuso, el bullying, y la exposición de contenidos. 

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“Todo esto quizás también tiene relación con la presión de la experiencia temprana, como fenómeno social. El abordaje de la sexualidad ya nos trasciende y la vulnerabilidad crece ante la exposición hacia lo digital, ante el contenido de las redes sociales, la música, la moda. Si ya antes los niños, niñas y adolescentes presentaban problemas de autoestima, de alimentación, de imagen corporal, la hipersexualización aumenta las dificultades en el desarrollo emocional y psicológico”. 

Agrega que esto les genera desorientación, confusión o el riesgo de conductas sexuales peligrosas: “La misma hipersesexualización de alguna forma puede generar crisis ansiosas o depresivas”.

En riesgo

Jorge y Sandra desconocen los efectos de las conductas que les inculcan, al igual que Yohana* y Karina*, de 14 y 15 años. Suelen arreglarse de tal modo que parecen de más edad, fijándose en referencias de redes sociales. Ellas no saben el significado del término hipersexualización, pero cuando van caminando por la calle que conduce a su liceo más de un transeúnte (hombres y muchachos que aparentan tener sus mismas edades) las ve con deseo. Pero ojo: la hipersexualización de las niñas y las adolescentes no es su culpa, sino el reflejo de una mirada adulta.

Para Nubia Apolinar, psicóloga con maestría en estudios de la mujer, este fenómeno es multicausal, influenciado por los medios de comunicación, la cultura del consumo, la globalización, y las raíces de una sociedad patriarcal en la que los cuerpos son vistos como objetos destinados a satisfacer los deseos del otro. “Esto casi siempre se traduce en la valoración de las niñas por su apariencia física. Mientras los niños son incentivados a ocupar roles activos, dominantes y exploradores, a las niñas se les asocia con la belleza, la pasividad y la complacencia. Esta construcción cultural las empuja a la auto objetificación, moldeando su identidad en función de cómo son percibidas”, señala.

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Hacer que los niños y niñas parezcan mayores de edad, más de lo que realmente son, hacerlos comportarse y exhibir elementos o atributos que les hacen sexualmente atractivos o atractivas es hipersexualización, y contraviene el artículo 38 de la Lopna, relativo al derecho al libre desarrollo de su personalidad. 

Apolinar añade que la tecnología y las redes sociales se unen a esta problemática, pues amplían la exposición de las infancias, masifican el consumo de contenidos sexualizados, e incluso generan estándares estéticos a los que las niñas y adolescentes deben adherirse, creando seres humanos con insatisfacción corporal y mercados basados en el consumo de cuerpos. “Todo lo anterior crea un marco en el que la hipersexualización se ha convertido en parte de la vida cotidiana y como resultado se normaliza e incluso se promueve”. 

Y coincide con Montilla, al destacar que la hipersexualización tiene consecuencias en el desarrollo emocional de niñas, niños y adolescentes. “Se internalizan estándares sociales distorsionados o irreales que afectan su relación con sus cuerpos y puede derivar en dificultades con el estado del ánimo, trastornos alimenticios, entre otros. Además, se normaliza la idea de que el valor de las niñas, niños y adolescentes radica en sus cuerpos, y esto es un factor de vulnerabilidad para problemáticas como la violencia de género, pues se refuerzan dinámicas de poder en las que las infancias son controladas a través de los cuerpos”. 

Los expertos sostienen que los adultos deben dar prioridad a las habilidades y virtudes de los niños, niñas y adolescentes; fomentar la salud sexual integral, evitar el uso del maquillaje, y no incentivarlos a que tengan parejas precozmente. Otras recomendaciones son evitar bañarse desnudos con los hijos, besarlos en la boca, tocarles sus genitales. 

***

*El nombre de los niños y adolescentes fueron cambiados para proteger su identidad.

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Mabel Sarmiento

Mabel Sarmiento

Corresponsal de la Agencia de Periodistas Amigos de la Niñez y la Adolescencia en Caracas

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