Falcón.- Raúl* todavía no cumplía los cuatro años cuando aprendió que su padre trabajaba en un lugar de donde no podía salir. Aquel día en el centro de detención, el niño vestía pantalón negro, un suéter blanco y sus botas Air Force One, las últimas que su padre alcanzó a regalarle antes de que la policía científica decidiera llevárselo de manera arbitraria y sin orden judicial. Cuando las puertas se abrieron, Raúl corrió con la fuerza de quien intenta recuperar el tiempo perdido y saltó a los brazos de un hombre que, aunque intentaba sonreír, no pudo evitar que las lágrimas se le escaparan.
—¿Por qué lloras, papi? —preguntó Raúl, con esa curiosidad limpia de los 4 años.
—No, hijo, por nada. Es que me emocioné al verte —dijo el padre, mientras se sentaban para aprovechar los escasos minutos de la visita.
Para Raúl, la cárcel no era una cárcel. Era el lugar donde su papá trabajaba fuerte para enviarle dinero para su pan y su refresco, la merienda que tanto le gustaba. El padre, atrapado entre cuatro paredes, le construyó un refugio de palabras para que el niño no cargara con el peso del término “preso”.
El niño aceptó el trato: «Está bien, papi, yo sé que tienes que trabajar». Sin embargo, fuera de ese cubículo de visitas, el mundo de Raúl se estaba desmoronando.
La detención
El 7 de enero de 2025, seis funcionarios del Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas (CICPC) llegaron a la puerta de su casa, en un sector popular de Falcón. El papá de Raúl fue acusado de terrorismo, incitación al odio y agresión a la autoridad por hechos vinculados a las protestas postelectorales del 28 de julio de 2024. Ese año, el Consejo Nacional Electoral (CNE) dio por triunfador, nuevamente, a Nicolás Maduro.
El papá de Raúl aseguró que las pruebas de tales delitos eran inexistentes. Relató que fue golpeado por comisarios y por el propio director de la institución, apodado «El Canino», quien le propinó golpes en la espalda y el rostro durante los interrogatorios.
Hoy, Raúl ya está con su padre, excarcelado a principios de enero de 2026. Espera su libertad plena por medio de la Ley de Amnistía para la Convivencia Democrática.
El cambio de Raúl
No fue sino hasta pasados tres meses después de su detención arbitraria que el sistema le permitió a Raúl, con tan solo 4 años, visitar a su padre en un espacio de diez metros cuadrados.
Cuando se despedía de su papá en el centro de detención ubicado en Falcón, la actitud de Raúl cambiaba. Con los días dejó de ser un niño dulce y pasó a tener comportamientos agresivos y desafiantes. En la escuela ya no dormía la siesta, peleaba con sus compañeros y respondía con violencia.
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El personal especializado en la escuela lo diagnosticó inicialmente con Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH), pero el psicólogo privado que lo atendió durante dos meses fue más allá del diagnóstico clínico y aseguró que algo le estaba afectando profundamente, y ese algo era la desaparición de su padre de su rutina diaria.
La madre de Raúl también estaba afectada. Agotada por la agresividad del niño y la angustia del proceso judicial, confesó en una videollamada a medianoche «¡ya no puedo más!».
Luego de tres meses encerrado en Coro, el papá de Raúl fue trasladado a Tocorón la madrugada del 28 de junio de 2025. Un día antes, se despidió del niño en el centro de detención del CICPC. Fue un simulacro de normalidad. Entre rejas y uniformes, el padre sacó un balón para jugar fútbol. Durante una hora, el patio de visitas se convirtió en una cancha improvisada donde el llanto del adulto se camuflaba con el sudor del ejercicio.
«Él preguntaba por qué llorábamos. Se me salían las lágrimas al saber que me iba de traslado al día siguiente y no sabía cuánto tiempo pasaría para volver a verlo», relata el padre, cuya identidad se reserva por seguridad.
Al final de la visita, las palabras de Raúl quedaron grabadas como un estigma: «Papi, llévame en la moto a dar una vuelta… llévame a la casa». La respuesta fue siempre la misma: «No puedo, me toca trabajar para comprarte tus cosas».
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Con el traslado a la cárcel de Tocorón, el régimen de visitas se volvió una experiencia traumática para la familia. Raúl no era ajeno a la crudeza del penal: presenció cómo requisaron a su madre y a su abuela, obligándolas a desnudarse frente a él.
Durante la hora que duraba la visita, el niño permanecía sentado en las piernas de su padre, rodeado por su abuela y su tía, bajo una regla de hierro: «uno no puede ver a los lados, no puede hablarle a otra persona… porque eso es un problema inmenso», relata su padre.
En las visitas, Raúl dibujaba con esmero para dejarle a su papá un recuerdo hecho con sus manitas. El padre llegó a guardar cerca de 500 dibujos. Su papá confiesa que a simple vista eran rayones sobre las hojas, pero esas cartas encerraban un significado mayor: le dieron fuerzas durante su encierro.
El niño que al principio aceptaba sumiso la mentira del empleo lejano, empezó a cuestionar la lógica de ese trabajo que nunca terminaba y que mantenía a su padre encerrado. Durante una de las visitas, tras correr y brincar sobre él como siempre, Raúl lanzó la frase que desarmó a su progenitor: «Papi, ¿y cuándo es que vas a terminar de trabajar? (…) Papi, ya yo no quiero que trabajes más, vámonos para la casa».
Cuando Raúl volvía a la escuela ya no hacía las tareas. El niño buscaba a su padre en cada teléfono que veía, simulando llamadas para pedirle la bendición. En ocasiones, pasaba largas horas sentado en la puerta principal de su casa gritando el nombre de su papá mientras lloraba desconsoladamente.
Después de la excarcelación
El padre de Raúl fue excarcelado bajo régimen de presentación la madrugada del 1 de enero de 2026. Aunque está fuera, la cárcel lo persigue en el expediente. La etiqueta de terrorista y el régimen de presentación cada 30 días se han convertido en muros invisibles que le impiden reinsertarse laboralmente. «Salgo a buscar trabajo y no me dan por el tema de que estuve encarcelado… y aún más sabiendo que salí bajo presentación». Esta muerte civil tiene una víctima directa: la estabilidad económica para su hijo.
Relata que cuando van a la bodega no tiene cómo pagar los pequeños deseos del niño: «Yo estoy acostumbrado a eso, siempre comprarle un helado, unas papitas… y es algo que no he podido».
El hombre que en la cárcel prometía trabajar fuerte para enviarle pan y refresco, hoy se enfrenta a la paradoja de estar libre pero maniatado por la estigmatización, dependiendo de la caridad de amigos para poder llevar a Raúl a una piscina o comprarle una compota. La detención arbitraria terminó, pero la condena cambió: el reto hoy es la estabilidad económica para aportar al futuro de la familia.
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En estricto cumplimiento del Código de Ética del Periodista Venezolano, que en sus artículos 10 y 25 consagra el derecho al secreto profesional y el deber de proteger la identidad de las fuentes en situaciones de riesgo, los nombres reales de esta familia han sido omitidos por solicitud de los afectados.
Jhonattam Petit
Corresponsal de la Agencia de Periodistas Amigos de la Niñez y la Adolescencia en Falcón.
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