
Zulia.- A los 14 años Fabiana Chumaceiro identificó por primera vez que lo que llaman “piropo” puede ser una forma de violencia.
—¡Mami, que bella! —le gritó un hombre en la calle mirándola de arriba a abajo.
Fue imperceptible para la mayoría de las personas alrededor, menos para ella, que se sintió demasiado incómoda.
—Era una niña, fue asqueroso y perturbador —recuerda con indignación.
Más tarde, a sus 17 años, regresaba caminando del trabajo cuando un señor de la tercera edad se le acercó para susurrarle:
— ¡Ay, si yo estuviera contigo te haría…!
El hombre describió una escena sexual.
—¿Qué le pasa? —gritó Fabiana, y comenzó a caminar más rápido para huir.
En las paredes de las calles de Maracaibo se refleja la normalización de la violencia. Fotografía de Francisco Rincón.
La punta del iceberg
Esta experiencia es un ejemplo de lo distinto que es transitar el espacio público para niñas y adolescentes en relación a otros grupos de la población. El informe Solas en las calles, publicado en 2023 por la organización Resonalia, reveló que entre 75% y 92% de las mujeres entrevistadas en los municipios Maracaibo y Machiques del estado Zulia, comenzaron a percibir la violencia de género en el espacio público durante su niñez y adolescencia: miradas lascivas, piropos, silbidos, besos no consentidos, escupitajos, gestos obscenos, comentarios sexuales directos o indirectos al cuerpo, exhibicionismo, tocamientos no consentidos, persecución y arrinconamiento.
De acuerdo con el citado estudio, en Maracaibo y Machiques las mujeres sintieron la violencia casi que en cualquier momento, durante actividades cotidianas: yendo al supermercado, al trabajo, buscando agua o bombonas de gas, en el transporte público, esperando parada.
Fotografía de Francisco Rincón.
Aunque los hombres desconocidos son los principales agresores en los espacios públicos, la investigación de Resonalia también identifica a la pareja o expareja, policías o militares.
“El porcentaje mujeres que son testigos de violencia de género nos habla de que estas viven en entornos que constantemente les están recordando que están en peligro, creando condiciones que exacerban el abandono de los espacios públicos. Esto refuerza el temor y las excluye del ejercicio de la ciudadanía”, advierte el informe.
Los estragos de las violencias
Emily Reyes, psicóloga infantil y coordinadora de proyectos en la Fundación Proyecto Mujeres, lamenta que las violencias en el espacio público causen que las niñas y adolescentes tengan que modificar sus rutinas diarias y evitar ciertas horas del día para salir, afectando sus dinámicas y relaciones interpersonales.
“Es más alta la cantidad de niñas y adolescentes que a menudo sufren de acoso y violencia de género en la calle que otro grupo de género. Esto se debe a las mismas estructuras de poder y los roles de género tradicionales que relativizan y subordinan a las mujeres desde muy temprana edad. El miedo que las ha restringido y las constantes amenazas hacen que ellas decidan no ocupar ciertos espacios”.
Fabiana Chumaceiro, que ahora estudia psicología y es coordinadora de formación de la organización Women Riots, está cansada de que lo primero que le digan cuando le cuenta a alguien que ha sido víctima de acoso callejero es “eso no es tan grave, no te tocó, solo te gritó unas cosas y no lo hizo con mala intención, lo hizo para halagarte”.
Un mural sobre la violencia de género en el Casco Central de Maracaibo. Fotografía de Francisco Rincón.
La psicóloga Reyes explica que estas violencias pueden causar estrés, ansiedad, miedo, depresión, retraimiento y afectaciones a la autoestima, sobre todo cuando están en la etapa de cambios físicos debido a la pubertad.
“Prefieres no salir”
Gabi tiene 20 años. Recuerda que en su adolescencia fue acosada por dos hombres, en dos momentos distintos, y eso la llevó a aislarse: “Prefieres no salir de tu casa porque está el vecino o el extraño baboso que te pone insegura. Te aíslas para protegerte de algo que a tu alrededor todo el mundo te dice que es normal. Hasta las pequeñas distancias se vuelvan una odisea. Mientras más jóvenes somos peor, quizás porque nos ven más indefensas”.
En contra de su voluntad se ven obligadas a sacrificar sus intereses, vínculos y gustos para sentirse más seguras o, por lo menos, que tiene control de la situación. Así es como dejan de usar faldas, short, top o franelas escotadas, aunque se sientan cómodas.
Fotografía de Francisco Rincón.
“No es un problema de erotismo, de que estemos provocando. Es un problema de sexualizar los cuerpos sin consentimiento y en un contexto en el que no hay permiso para hacerlo”, dice Chumaceiro.
Estado en deuda
Pese a que en Venezuela existe la Ley Orgánica sobre el Derecho de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia, organizaciones como Acceso a la Justicia han denunciado que no se cumple. Sucede algo similar a nivel local, con la Ordenanza para Prevenir y Erradicar la Violencia de Género Contra las Mujeres en el Municipio Maracaibo, que data del 2018, pero casi nadie la conoce.
Especialistas consultadas coinciden que es imprescindible que las instituciones del Estado se enfoquen en educar sobre las violencias en el espacio público, con énfasis en el acoso callejero, para que las niñas, adolescentes y mujeres puedan identificarlo, además de sensibilizar a los hombres para que sean conscientes de las consecuencias de sus actos, y a los funcionarios que reciben las denuncias para que sepan cómo tratarlos sin revictimizar.
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Fotografía principal de Francisco Rincón.
Francisco Rincón
Corresponsal de la Agencia de Periodistas Amigos de la Niñez y la Adolescencia en el estado Zulia.
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