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“Reconociendo mi mirada” siembra cine y esperanza en la niñez

A través de tres ediciones marcadas por la complicidad y el abrazo colectivo, el taller itinerante “Reconociendo mi mirada” siembra la curiosidad por el mundo audiovisual. Con herramientas hechas en casa, las infancias afectadas por el terremoto transforman los refugios en una cálida sala de cine para narrar su propia voz.

 

La Guaira.- El silencio toma posesión de un salón de clases transformado en sala de cine. Treinta niños, niñas y adolescentes contienen la respiración frente a una pared blanca. En la proyección improvisada aparecen sus propias voces, fragmentos de naturaleza y rostros amigos convertidos en los protagonistas de una película propia, descubriendo de golpe que la realidad que habitan también puede ser contada por ellos mismos.

Cuando la música finaliza, las sonrisas iluminan el espacio y los aplausos rompen la tensión acumulada. La edición transforma tomas sueltas en una obra coral que revela la belleza de lo cotidiano y devuelve la ligereza a quienes han atravesado momentos de profunda incertidumbre. El proyecto se llama Reconociendo mi mirada, una iniciativa concebida por la cineasta Arantxa Valecillos para sembrar curiosidad y resiliencia tras el doble sismo del 24 de junio de 2026 en Venezuela.

Foto de Lucía Ramírez.

Arantxa ideó el proyecto en su natal Mérida, impulsada por una necesidad urgente de aportar desde el arte y la cercanía humana ante la emergencia.

“Cuando pasó lo del terremoto, me puse a pensar desde Mérida en cómo podía ayudar. Después de tres semanas, pedí un proyector prestado, unas cornetas y me vine en un carrito a Caracas”, recuerda.

El camino no estuvo exento de pruebas logísticas y emocionales. Tras tocar puertas junto a Ariana Barrios y Ricardo López, el equipo comenzó a tomar forma. A este núcleo inicial se sumaron con fuerza Carolina Dávila, Dai Briceño, Paola Prioetti, Oliver Zambrano y Gabriela Monagas, tejiendo una red indispensable de voluntariado, logística y complicidad afectiva.

Arantxa recuerda que el primer intento en Tanaguarenas, estado La Guaira, resultó incontrolable debido a la intensa dinámica del entorno, pero lejos de detenerlos, el obstáculo avivó el impulso colectivo. La labor maduró, se replanteó y consolidó hasta sumar tres ediciones distribuidas en San Martín, Mare Bajo y el refugio transitorio de la Unidad Educativa Estadal Alejo Fortique en Baruta.

En este grupo del Alejo Fortique se encuentra Santiago, un adolescente de 12 años, quien desde el primer día ocupó la primera fila de estudiantes. Su curiosidad innata rompió el hielo y marcó el tono del taller cuando preguntó sin filtros: “¿Esas cámaras son muy caras?”. Alguien le contestó que no, que si el propósito es crear, el ingenio basta y lo fundamental consiste en aprender a mirar con atención el mundo que los rodea.

Fotografía cedida por «Reconociendo mi mirada»

Bajo esa premisa pedagógica transcurrió la dinámica de tres jornadas profundamente estructuradas. El primer día se dedicó a desentrañar el lenguaje cinematográfico y la magia del encuadre; el segundo permitió a los participantes capturar su entorno inmediato utilizando recursos accesibles; el tercero culminó con la emoción inigualable de ver el resultado final proyectado en pantalla.

Cineastas y voluntarios se sumaron de inmediato a la causa, contagiados por la energía de los muchachos. “Les agradezco porque se han tomado este proyecto como propio y eso es maravilloso”, afirma la directora.

Para la infancia vulnerable, el cine suele habitar en un horizonte lejano, reservado para pantallas comerciales, festivales distantes o presupuestos inalcanzables. “Nosotros llegamos, les contamos que no, que el cine está cerca, que lo podemos hacer aquí y que nosotros hacemos cine. Mostramos cortos propios y ellos se sorprenden por ver a alguien en una pantalla, ahí, al lado de ellos. Su perspectiva cambia y eso es precioso”, sostiene Valecillos.

Con cámaras fabricadas por el equipo y materiales cotidianos, los participantes descubren que la herramienta más poderosa no es el aparato sofisticado, sino la intención de la mirada. La red creció de forma orgánica al convocar colaboradores a través de las plataformas digitales.

Foto de Lucía Ramírez.

“Pensamos que tardarían en responder, pero en horas algunos cineastas nos comenzaron a escribir. A los tres días ya teníamos un equipo de voluntarios que nos acompañaría en la aventura”, comparte Ariana Barrios, parte del núcleo operativo.

Aproximadamente 100 estudiantes ya experimentaron esta profunda transformación en las tres paradas del taller itinerante. Para el equipo, la recompensa más sincera habita en el impacto emocional que deja la experiencia en cada participante.

“Es muy bonito ver cómo se siembra esa semilla del cine en niños que posiblemente nunca habían tenido la posibilidad de estar rodeados de equipos”, confiesa la fotógrafa y cineasta Gabriela Codallo. “Quizás no sabían el trasfondo de cómo se hace. Entonces, su impresión al ver la película que crearon es gratificante, ayudarlos con las herramientas que uno tiene para que ellos creen, imaginen y sigan soñando”, añade.

El horizonte actual apunta hacia la consolidación de una escuela itinerante capaz de dotar los refugios de infancias afectadas por emergencias con equipos de proyección, abriendo espacios seguros y expandiendo la formación mediante talleres más profundos. Mientras tanto, en cada aula convertida efímeramente en sala de cine, niños como Santiago comprueban que no se necesitan grandes presupuestos, sino tan solo detenerse a mirar para contar su propia historia y rescatar el futuro.

Lucía Fernanda Ramírez

Lucía Fernanda Ramírez

Periodista venezolana. Egresada del Diplomado de Educomunicación para la Visibilización de la Niñez y la Adolescencia, de Cecodap y la Agencia PANA.

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