Jugar o no jugar, ¿he ahí el dilema?. En ocasiones, solemos reducir el juego a un simple pasatiempo o a una recompensa que se otorga por “portarse a bien”. Incluso, se utiliza como moneda de cambio, retirándose como castigo y olvidando que, como señala la Convención sobre los Derechos del Niño, “jugar es un derecho fundamental y debe dársele igual importancia como a la educación u otros derechos”.
Y al igual que los otros derechos de los niños que cobran especial importancia en tiempos de crisis, jugar también la tiene pero, ¿por qué? En momentos de tensión, donde las palabras suelen quedarse cortas para los niños, niñas y adolescentes (NNA), el juego se convierte en su lenguaje principal.
Mientras juegan, niños y niñas le dan sentido a lo que viven. Crean, repiten y elaboran experiencias confusas, intensas o difíciles de poner en palabras. Cuando el mundo se vuelve incierto, jugar ofrece la oportunidad para dejar salir temores que llevan dentro y devuelve sensación de control sobre situaciones que sobrepasan. Por ello, nuestro rol como cuidadores va más allá de permitir el juego, se trata de sostenerlo y acompañarlo.
¿Cómo acompañar el juego? Para potenciar su impacto, niños y niñas necesitan de un adulto que no solo observe, sino que también sostenga y ofrezca su propia mente para jugar. Cuando el adulto se permite jugar también, el juego se vuelve un espacio compartido donde lo difícil pesa menos.
También, podemos acompañar el juego actuando como espejos de lo que van mostrando. Esto implica poner en palabras lo que observamos, como “veo que el oso está muy molesto” o “que tiene mucho miedo”, y así le podríamos ayudar a identificar emociones que quizás aún no saben nombrar. Hacer preguntas suaves sobre las intenciones o necesidades de los personajes nos da pistas valiosas sobre sus propias vivencias.
Sin embargo, es clave recordar que el juego es un espacio de ilusión y de libertad. Es fundamental evitar corregir, castigar o alarmarnos por el contenido que surja. Al mantenernos presentes y sin juicios, garantizamos que el juego siga siendo ese refugio seguro donde todo puede ser expresado.
En contextos de violencia, crisis o exposición a situaciones de amenaza, es frecuente que aparezcan en el juego contenidos agresivos: armas, policías, militares, bombas, persecuciones. Esta aparición forma parte del esfuerzo por comprender y organizar lo que ocurre a su alrededor.
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Cinco ideas de juegos para acompañar desde casa
Juego de roles: historias sin guión
Con títeres hechos de medias, muñecos, figuras o simplemente actuando, dejen que una historia aparezca. El adulto puede proponer una escena mínima (“alguien se va”, “se fue la luz”, “hay un ruido”) y luego tu hija/o decide: qué pasa, cómo termina, qué sienten y qué necesitan los personajes. Con estas preguntas, puedes conocer un poco más sobre cómo puede sentirse sin verbalizar directamente.
El garabato compartido: del caos al orden
Con solo una hoja y un lápiz, el niño/a hace un garabato libre, el adulto lo mira y transforma en una forma. Luego agrega otro trazo y el niño vuelve a encontrar algo. También, pueden hacer un gran garabato juntos e ir descubriendo figuras por turnos.
Caja de “cosas que pueden ser otras cosas”: imaginando posibilidades
Armar una caja con objetos simples y cotidianos: tapitas, telas, cucharas, tubos de cartón, cintas. La única pregunta es: ¿qué puede ser esto hoy?” y dejar que vuele la imaginación.
Un tubo puede transformarse en un telescopio, y al permitir que las cosas “sean otras”, también ensayan que las cosas pueden cambiar; algo especialmente importante en contextos de estrés o de incertidumbre.
La cueva: la guarida de tela
Armar una cueva con una sábana, dos sillas o una esquina del cuarto puede convertirse en un espacio de refugio emocional donde sentirse a salvo y contenidos, dueños de su propio mundo. Dentro pueden estar sus juguetes favoritos, hojas, colores, cuentos o simplemente el silencio y la presencia compartida.
Descarga con seguridad: el cuerpo que habla
Como hemos mencionado, a menudo el malestar infantil no aparece en palabras o frases, sino a través del cuerpo, movimientos inquietos, tensión, impulsividad o retraimiento. Proponer actividades corporales permite una descarga segura de tensión acumulada y favorece la autorregulación. Algunas ideas sencillas son amasar plastilina, apretar cojines o pelotas blandas, escuchar música y dibujar como nos hacer sentir, jugar con agua (exprimir, mojar, salpicar, trasvasar), hacer burbujas para trabajar la respiración o actividades físicas como saltar y bailar.
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Jugar fortalece el vínculo familiar
Jugar no es un lujo ni requiere de los juguetes más costosos del mercado. Muchas veces surge de los más simple y cotidiano: buscar formas en las nubes o en las sombras, colorear o pintar libremente, escuchar música, cantar, hacer karaoke o inventar canciones.
Ten en cuenta que jugar, más allá de permitirte acercarte a su propio lenguaje, fortalece el vínculo entre ustedes. Y también puede ser para ti un momento para aflojar tensiones y salir por un rato del peso que traen las crisis, cargando tu batería para afrontar las adversidades con más cariño.
No se trata de hacerlo perfecto, es estar, ofrecer presencia con acciones y sostenerla en el tiempo.
En momentos difíciles, defender el juego es cuidar la salud emocional de niños, niñas, adolescentes y de los adultos que los acompañan.
Alexandra Lecubarri
Psicóloga en proceso de formación en psicoterapia psicoanalítica de niños, niñas y adolescentes. Parte del equipo del Servicio de Atención Psicológica de Cecodap
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