El pastor y los 16 de Trinidad y Tobago

Escoltado por dos policías, el pastor se detuvo frente a los barrotes de la celda. Mujeres y niños se levantaron del suelo, intentaron tocarlo a través de la reja. Hablaban al mismo tiempo, cada vez más alto, como si cada uno tratara de imponer su voz sobre las demás. El pastor inhaló para evitar que la suya se quebrara. “Tengan paciencia, estamos trabajando para sacarlos de aquí”. Le mostraron a una bebé de cuatro meses. Eliezer Torres no entendió por qué los trataban como delincuentes.

Aquel calabozo bien iluminado y de paredes claras alojaba a 25 personas: 16 niños y nueve mujeres venezolanas. Entraron irregularmente a Trinidad y Tobago en una lancha que partió desde la costa oriental venezolana, y fue detenida por las autoridades trinitarias el martes 17 de noviembre de 2020, en pleno cierre de fronteras por la pandemia del coronavirus. El sábado 21, cuando los visitó el pastor, los niños y las mujeres cumplían cuatro días detenidos.

Seis niños viajaron sin madre ni padre, seis eran maltratados en casa, dos padecían condiciones cardíacas y no tenían acceso a tratamiento en Venezuela. Varias de las mujeres vivían separadas de sus esposos porque habían huido a Trinidad para trabajar y enviar remesas. Todos compartían la misma dificultad para sobrevivir en Delta Amacuro, el estado más pobre de Venezuela, donde la pobreza por ingresos alcanza al 98% de la población, según cálculos de la consultora independiente Anova.

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Uno de los padres le contó al pastor que había acudido al consulado de Venezuela en Puerto España. Un funcionario lo llamó irresponsable, cómo se le ocurría mandar a sus hijos solos en un bote. Eliezer decidió apoyarlos cuando supo que ninguno hablaba inglés. Estaba cansado de ver a los venezolanos inhibirse ante la policía o los oficiales migratorios por desconocer el idioma.

Lo primero fue ayudar a Nafeesa Mohammed, la abogada trinitaria que aceptó el caso, a hacer una lista con los nombres, apellidos y edades de los 16. También recabó información sobre el estatus migratorio de cada familiar en Trinidad, a fin de presentar el caso ante el juez que tomaría la decisión de autorizar o rechazar la estadía del grupo en la isla. La investigación le permitió al pastor hacerse una idea de quién era quién cuando llegó al calabozo.

El grupo que viajó sin acompañantes estaba integrado por una niña de cuatro años, dos niñas de 11, un niño de 12, otro de 13 y uno de 17. Ocho estaban con sus madres: tres hermanos de dos, siete y 11 años; tres hermanos de tres, seis y 12; y dos hermanos de cinco y nueve. También una joven de 17 con su hija de cuatro meses, la menor de los 16.

Esta es parte de la historia de los niños venezolanos que se quedaron varados en Trinidad y Tobago; pero contada a través de un pastor evangélico.

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