¿Por qué es importante disfrazarse en la niñez?

Chandi era todavía una niña. Vestía de brujita verde y había pedido que le pintaran en la frente las marcas que distinguen a su personaje de anime favorito: Sukuna. Es el recuerdo del disfraz que más disfrutó. “Todas las niñas eran princesas, pero yo era la mala, la bruja. Era diferente. Un día mi mamá me dijo que no me quedaba y que ya no lo podía usar. Le dije: ‘Mamá, pero es que me encanta’… pero no resultó nada. En contra de mi voluntad, lo vendimos”. Chandi mostró la fotografía vestida de bruja a los compañeros y compañeras que asistieron al segundo encuentro de Adolescentes toman la palabra de este nuevo año. En esta oportunidad, se reunieron para hablar sobre el Carnaval y escuchar sus opiniones sobre la importancia de escoger sus propios disfraces.

Disfrazarse es saludable. A los niños y niñas les gusta probar cómo es ser el otro, que bien puede ser su princesa favorita, el protagonista del videojuego que más le llama la atención, o la villana que tiene poderes sobrenaturales. “Los disfraces permiten probar diferentes roles de funciones que pueden tener adultos en casa o bien desde la fantasía, sin ser realmente, o representar en mi realidad, esos roles”, explica Sabrina Di Cristanziano, parte del Servicio de Atención Psicológica de Cecodap, con más de 5 años de experiencia en la atención psicológica infanto-juvenil.

En este sentido, «disfrazarse es una oportunidad de empatía con los roles que cumplen otros”. Di Cristanziano ejemplifica la idea con una niña que quiere disfrazarse como su madre, y buscar vestirse de manera similar y adoptar sus maneras. “Pienso en sus responsabilidades, digo mira todo lo que mi mamá hace. Para mí ella siempre está así. Su disfraz es permanente”. Al mismo tiempo, decidir actuar y vestir como un personaje de fantasía implica explorar diferentes roles. “Por ejemplo, si me disfrazo de princesa me pregunto qué significa para mí ser una de ellas y qué funciones tienen las que ya existen en el mundo”.

Días de Carnaval

Recuerdo visitar a mi mejor amiga de la universidad y, justo al entrar a la casa, salía de su escondite su hermano de 6 años vestido de Hombre Araña. Pegaba un salto frente a las visitas con toda la intención de jugar y corría de la sala al cuarto imaginando que derrotaba a los malvados imaginados. Esto podía pasar en cualquier momento del año. Los niños y niñas no necesitan una fecha especial para vestirse de héroes y personajes de fantasía, pero Carnaval propone un momento ideal. Culturalmente, es el día de los disfraces y las máscaras.

El sentido del Carnaval cambia en importancia, intensidad y motivos en diferentes partes del mundo. El origen es incierto y hay teorías diversas. Algunas remontan esta celebración al antiguo Egipto: Según la organización cultural inglesa New Carnival Company, un festival egipcio que se realizaba por el comienzo de la primavera sería el antecedente más remoto de los carnavales actuales. Luego, los griegos adoptaron la fiesta. Después los romanos, que celebraban con abundante comida, vino, y canto. Hoy es popular el Carnaval de Río de Janeiro, que es parte de la identidad de Brasil bailando al ritmo de la samba. También el de Venecia, que propone una oportunidad para los enmascarados, en el anonimato de los trajes del siglo XVIII veneciano, de mezclarse con las callejuelas y la historia de la ciudad italiana.

“En Venezuela no hay claridad o una especificación de por qué se celebra el Carnaval. En otros países es un espacio para celebrar la cultura. Por ejemplo, en Barranquilla es importante, también en Río de Janeiro, porque representa un espacio para celebrar lo que son y lo que les gusta. Esto muestra que hay otras maneras de vincularse al Carnaval y, a diferencia del Halloween, lo que busca es celebrar la vida”, dice Di Cristanziano al rescatar las tradiciones de otros países.

Sin embargo, tanto en Venezuela como en otros países, hay un elemento en común: propone la posibilidad de representar otros roles y estar dispuesto a jugar. Y, a través de ese juego, los niños y niñas tienen la oportunidad de aprender de los personajes que quieren interpretar. “Uno como papá o mamá solemos permitir que los chamos se disfracen. ¿Y si vamos más allá? Podemos preguntarnos ¿por qué se quiere disfrazar de Batman? ¿Por qué se quiere disfrazar de Spider-Man? ¿Quiénes son estos personajes? ¿Qué representan y qué pudiesen representar en la vida de mi hijo o hija? ¿Y qué cosas de ellos es interesante que ellos tomen para sí mismos?”, dice Di Cristanziano.

Por supuesto, es importante pensar en los aportes que pueden resultar de asumir roles distintos a los usuales ‒como el rol de estudiante o de hijo‒, siempre “sabiendo que no es el papel que les toca a ellos. Porque si yo me llamo María, yo me llamo María. Yo no soy Wonder Woman”.

Del disfraz impuesto y el disfraz político

Camila, que también participó en Adolescentes toman la palabra, recordó aquel Carnaval en el que quiso ser Spartacus. Era el héroe masculino de la serie infantil Lazy Town, el personaje atlético. “A mi hermana y a mí nos disfrazaron de Stephanie y a mi hermano de Spartacus. Yo quería ser él, el que se comía los vegetales y era súper fuerte. De paso, el disfraz de Stephanie me quedaba súper grande”.

Cada vez que un disfraz fue escogido por los adultos o era parte de las exigencias de una circunstancia determinada representó para los adolescentes, entonces niños y niñas, un momento incómodo. Unos contaron que los disfrazaron de alimentos para representaciones escolares: desde hallacas hasta patas de pollo. Juan contó que en una obra de teatro le tocó vestirse como un drogadicto. “No tenía nada en contra del personaje, pero no me sentía cómodo. Digamos que fue algo muy impuesto. Me perturbaba mucho. Me pusieron un vestuario con unas rayas muy feas”. Valentina Alejandra compartió que en una oportunidad, en una exposición de primaria sobre la historia política de Venezuela, interpretó a un presidente militar. “Yo estaba disfrazada de Carlos Delgado Chalbaud. Tenía que presentarme y hacer una pequeña actuación, como una dramatización”.

Fuera del ámbito escolar, el uso de disfraces políticos genera debates porque su propósito es confuso para la niñez. En 2014, en medio de protestas y confrontaciones, el foco del Carnaval venezolano fue político. En aquel entonces, los adultos aprovecharon el momento para expresar sus ideas, ya fueran opositores u oficialistas. Sin embargo, también se ofrecían disfraces del expresidente Hugo Chávez para niñas y niños. Hay fotografías que los registran en las caravanas, llevando el uniforme militar del anterior jefe de Estado.

En 2022, algunos medios nacionales denunciaron que el gobierno repartió disfraces de Súper Bigote y fueron fotografiados algunos niños en plazas y parques públicos llevando la capa roja y los tupidos bigotes falsos. Carmen Meléndez, alcaldesa de Caracas, compartió en Twitter imágenes de los niños disfrazados. El personaje es una versión caricaturizada del presidente venezolano, que protagoniza la serie animada Súper Bigote y su mano de hierro. Estrenada en diciembre de 2021, la animación presenta al mandatario como un héroe de cómics que combate a los opositores venezolanos.

Abel Saraiba, coordinador del Programa Creciendo Sin Violencia de Cecodap, dijo en aquel momento a La Voz de América que “el uso de los niños como parte de la propaganda política es algo que debe ser evitado a toda costa” y reflexionó sobre si realmente estos niños y niñas eligieron de forma voluntaria y de acuerdo a sus intereses un disfraz con un contenido político tan marcado.

¿Puede ser contraproducente inducir al niño o niña a usar un disfraz de este tipo? Di Cristanziano responde: “No sé si la palabra sería contraproducente, diría que no es adecuado porque en el mundo de los niños eso no es relevante. Pienso también que hay disfraces que pueden ser más seguros, más neutrales. Un niño no tiene capacidad para votar y todavía tiene un mundo por comprender, no debería estar sectorizado hacia un lado u otro. Todavía está entendiendo lo que está bien y mal. Entonces ¿vamos a introducir ese tipo de conceptos tan abstractos como el tema político?”.

Este año, los fabricantes de disfraces en Venezuela llenaron las vitrinas de vestuarios de Barbie, Merlina, Mario, Naruto, las hermanas mágicas de la película Encanto, todas las princesas de Disney y los personajes de Marvel y de DC Cómics. Son el reflejo de un tiempo, de una serie de intereses que permean la niñez. “No lo describiría como reflejo social. Quizá como parte de un todo, una tradición que se mantiene a través de los años y se va modificando de acuerdo a la sociedad actual. Los disfraces de ahora no son los de antes, ahora puede haber mayor producción para crearlos así como mayor creatividad”.

“Yo no me quiero disfrazar”

Y si pudieran imaginar un disfraz, ¿cuál usarían hoy? Durante la conversación en Adolescentes toman la palabra, Sebastián y Manuel escogieron personajes masculinos de videojuegos y películas que pelean por el bien, con mucho músculo pero también con mucho corazón. Algunas niñas se inclinaron por personajes mágicos. ¿Por qué preferir brujas que princesas? Nay, Cisy, Keri, Camila y Chandi dijeron que disfrazarse de brujas no estaría nada mal: para ellas representan mujeres valientes, con poder, que son distintas a las demás.

Valentina Alejandra agrega que las villanas en general son personajes complejos, cuya maldad es una consecuencia de algún episodio que marcó sus vidas. “En una obra podría ser la villana. De pequeña me gustaban los héroes, pero ahora soy de villanas. Hacen sus acciones debido a la vergüenza o las insatisfacciones que sienten por algo que no debía pasarle a ellas”.

Otros se resistieron a la idea de usar un disfraz para participar del Carnaval y tampoco quisieron imaginar uno hipotético. Valentina, al escuchar la propuesta, arrugó el ceño y Andrés dijo que no quería disfrazarse porque, realmente, nunca le ha gustado hacerlo. La ocasión fue una oportunidad para recordar que es necesario respetar los límites de todo niño, niño o adolescente. También tienen derecho a decir que no y a establecer qué es lo que no les gusta.

Ahora bien, ¿es cierto que en la adolescencia dejamos a un lado estas expresiones? La pregunta surgió en las conversaciones con la psicóloga Sabrina Di Cristanziano. Respondió: “No hay una sola razón que explique por qué se pierden las ganas o el interés, pero culturalmente hablando se percibe como una actividad infantil y para niños. Al ya no sentirme parte de esa población, le doy prioridad a otras cosas y me distraigo o juego de otra forma. Quizá ya no me disfrazo de Hombre Araña, pero voy a un Comic-Con y hago cosplay o en los videojuegos interpreto otros roles. En general la costumbre se mantiene, pero cambia la forma en la que lo hago”.

“Ojalá pudiera hacer un cosplay”, dijo Chandi en el encuentro del viernes. Hay un deseo de rescatar a sus personajes favoritos del anime japonés, convirtiéndose por un momento en uno de ellos. Sin embargo, dice que es una actividad difícil de costear. El gasto en materiales y tiempo es algo que Chandi no puede cubrir en este momento.

Valentina Alejandra dijo que antes solía gustarle disfrazarse, pero esa perspectiva ha cambiado. “Ahora me parece infantil la idea. Ahorita no me disfrazaría en general. Depende de la situación. Si es algo que requiere un disfraz lo puedo hacer sin problema, como una obra de teatro”.

Recomendaciones para padres, madres y cuidadores

La psicóloga Sabrina Di Cristanziano recomienda:

1. Involucrarse en la celebración si el niño o niña tiene deseos de participar.
“Es la forma más fácil de que los niños, e incluso adolescentes, entiendan el por qué a nosotros como adultos nos parece que es una actividad atractiva o divertida para hacer”.
2. Los adultos podemos investigar sobre el Carnaval y proponer ideas para celebrar.
3. Estar dispuestos a disfrazarse con nuestros hijos o hijas. “El Carnaval es considerado como un momento de descanso y de disfrute. En la medida que los adultos nos involucremos con los niños y niñas, se garantiza o es más fácil que ellos tengan acceso al disfrute y a la posibilidad de disfrazarse”.
4. Recordar que nada es obligatorio ni impuesto. “Si se quieren disfrazar, buenísimo, y si no quieren también. El Carnaval puede ser simplemente un espacio para compartir en familia y disfrutar de la compañía del otro”.
5. Aprovechar el asueto para hacer actividades distintas a lo cotidiano. “Por ejemplo, ver una película. Puede incluso ser una actividad que quizá no esté relacionada con el Carnaval, pero que nos permite un momento para compartir”.