¿Los padres que castigan son malos?

En nuestra sociedad hay una cultura arraigada y aceptada sobre el uso del castigo físico y humillante como forma de «corregir» las conductas no adecuadas en niños, niñas y adolescentes, a pesar de que vulnera sus derechos fundamentales a la integridad física, a la dignidad humana y a ser protegidos contra toda forma de violencia, tal como lo establece la Convención sobre los Derechos del Niño.

Para muchos padres es la única forma que conocen para modificar o controlar dichas conductas porque obtienen resultados inmediatos. Sin embargo, lo que desconocen los padres es que sus hijos responden al castigo por miedo desde la sumisión, no porque hayan internalizado la razón por la cual deben modificar o controlar su conducta. 

Es importante resaltar, que muchos padres fueron criados a su vez por padres o cuidadores que hacían uso del castigo físico y humillante. No por ello se puede catalogar de que sean malos, porque no lo hacen con la intención de causar daño físico y/o emocional a sus hijos. En la mayoría de los casos es el único medio que conocen y piensan que es efectivo. Es muy frecuente escuchar a los padres decir: «a mí me pagaban y no crecí con traumas». 

También, algunos padres consideran que el castigo es oportuno y válido “para disciplinar”. Otros creen que están educando “por el bien de sus hijos”. También hay quienes lo hacen porque se desbordan, porque pierden la paciencia y los propios límites, porque se quedan sin recursos adecuados para afrontar la situación y resolver el conflicto de una manera saludable y respetuosa. 

Muchos padres que hacen uso del castigo físico y humillante no tienen conciencia de lo perjudicial que resulta este tipo de prácticas en la salud mental de sus hijos, el cual a largo plazo puede generar en ellos estrés, ansiedad y baja autoestima. Basta como adulto reflexionar cómo se siente cualquier persona cuando le pegan o cuando es violentado de cualquier otra forma, cómo puede sentirse un niño, cómo puede sentirse cuando quien lo agrede es justamente uno de sus cuidadores primarios. 

En la campaña Educa, no pegues, impulsada por Save the Children, UNICEF, CEAPA y CONCAPA, se enumeran algunos de los efectos que el castigo físico tiene en los niños:

– Daña su autoestima, genera sensación de minusvalía y promueve expectativas negativas respecto a sí mismo.

– Les enseña a ser víctimas. Existe la creencia extendida de que la agresión hace más fuertes a las personas que la sufren, las “prepara para la vida”. Hoy sabemos que no sólo no les hace más fuertes, sino más proclives a convertirse repetidamente en víctimas. 

– Interfiere sus procesos de aprendizaje y el desarrollo de su inteligencia, sus sentidos y su emotividad.

– Se aprende a no razonar. Al excluir el diálogo y la reflexión, dificulta la capacidad para establecer relaciones causales entre su comportamiento y las consecuencias que de él se derivan. 

– Les hace sentir soledad, tristeza y abandono. 

– Incorporan a su forma de ver la vida una visión negativa de los demás y de la sociedad, como un lugar amenazante. 

– Crea un muro que impide la comunicación padres – hijos y daña los vínculos emocionales creados entre ambos. 

El llamado en Cecodap es a la apertura de los padres a buscar nuevas estrategias en la crianza de sus hijos desde otros enfoques diferente al castigo como es el de la Disciplina Positiva. Este modelo se basa en el entendimiento del niño y la niña tomando en cuenta las etapas del desarrollo.

Como dicen Óscar Misle y Fernando Pereira: «disciplina realmente significa educar». La disciplina es aprender a reconocer y respetar límites para convivir con otras personas. La disciplina es positiva cuando está basada en el respeto, cuando se internaliza porque se aprende a medir las consecuencias de los propios actos; no por los golpes o amenazas de otros que pueden lograr resultados en el momento, por temor más no por convicción.

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