Sin papá o mamá otro año más, el duelo por migración se reaviva durante las fiestas

María, José y el Niño Jesús son los personajes centrales y tradicionales del pesebre venezolano. En época decembrina este adorno, cargado de significado católico, aparece en la mayoría de las casas de los venezolanos. Es un símbolo de la Navidad y de la unión familiar. Pero, en un país  marcado por la emergencia humanitaria compleja y su consecuente flujo de migración forzada más elevado de Latinoamérica, las figuras de mamá o papá no aparecen en el cuadro. 

A Cristian y Fabiola, por ejemplo, les hace falta su María; a Elianni y Santiago, su José. Son niños, niñas y adolescentes venezolanos que no se conocen. Tres de ellos viven en Caracas, la capital de Venezuela, mientras que Santiago está en un estado oriental: Anzoátegui. Un día, los cuatro despertaron sin uno de sus padres en el país, lo que hoy los convierte en parte del fenómeno de la niñez dejada atrás

“Los niños con papás y mamás ausentes por migración pueden presentar tristeza, ansiedad, frustración, arrebatos de ira. En diciembre esto puede verse magnificado. Es un momento muy visual, además. Es como tener la ausencia materializada. Imagínate que estamos en una mesa con cinco puestos, pero el cuarto no se arregla. A ese no se le pone el mantel, no se le pone los cubiertos. Ahí el niño va a notar más que papá o mamá no está”, apunta María Victoria Coutsogiannis, psicóloga de Cecodap, una organización que defiende los derechos del niño en Venezuela desde hace 37 años.

Además de sobrellevar una escenografía incompleta, durante las fiestas los hijos de padres migrantes deben lidiar con la cultura festiva. “Mundialmente esta época es para pasarla en familia. Y ahí comienzan las comparaciones y se dispara la angustia: ‘¿Por qué mi amiguito sí tiene a su familia completa?’, ‘¿Otra vez una Navidad sin mamá/papá?’”, indica la especialista.

Elianni tiene 9 años de edad. En 2014 se enteró por un allegado que su papá se fue a Chile. Desde ese momento, la conversación por mensajes de texto y llamadas telefónicas han mantenido el vínculo entre ambos.

Cuando la migración de su papá ocurrió, la tradición navideña de Elianni se trastocó también. “Antes pasábamos el 24 en casa de su papá y el 31 en casa los tres; o al revés”, asegura Andrea, su madre. Esa dualidad de espacios para festejar ya no está. En ambas fechas, Elianni recibía una llamada de su papá para celebrar virtualmente, pero este año puede que esta nueva tradición se pierda. Hace tres meses, a Elianni se le dañó su teléfono y no ha podido comunicarse con él.

La separación como pareja no ha afectado la relación padre – hija, aunque entre mamá y papá no hay una comunicación fluida, menciona Andrea. “A veces siento que hablan más que cuando él estaba aquí”, dice, y asegura que procura que el vínculo entre ellos no se rompa, por lo que aplaude que el papá de Elianni haya mantenido el contacto pese a la distancia.

Andrea describe a su hija como una niña alegre. Poco hace mención de la falta que le hace su padre. Sin embargo, le llamó la atención que fue Elianni la que buscó participar en este reportaje. “Quiero expresar lo que siento, lo que paso día a día porque mi papá no está. No es que siempre me sienta triste. No. Sé que él se fue para mejorar”, indica la niña y agrega: “Me gustaría que mis navidades este año fueran en familia: mi mamá, mi papá y yo. Bueno, mi mamá ahora tiene un novio y él me cae muy bien. Me gustaría separarme en dos y pasar la Navidad con todos”.

Criar a un niño, otra vez

Desde 2015 la migración venezolana comenzó a crecer año a año, de acuerdo con datos que maneja Naciones Unidas. Al día de hoy, se calcula que son unos seis millones de venezolanos migrantes y refugiados en el mundo. Paralelamente al crecimiento del flujo migratorio también crece la niñez dejada atrás; es decir, los niños que quedan en el país sin uno o ambos padres.

Cecodap estimó para 2020 que 839.059 niños están separados de sus padres por la migración. No es la cifra más alta que ha estimado la organización. En 2018, el fenómeno alcanzó a casi un millón de niños. La pandemia y las medidas de confinamiento en algunos países receptores desaceleraron la migración y generaron un retorno forzoso de los migrantes a Venezuela.

Para Neudith Morales, psicóloga de Cecodap, esta realidad trajo consigo otro problema: el choque de generaciones.  Ella forma parte del grupo inicial del Servicio de Atención Psicológica Crecer sin Violencia que entre 2017 y 2018 comenzó a recibir varios casos de niñez dejada atrás. Notaron que una gran parte de estos pacientes quedaban al cuidado de sus abuelos.

“Esos abuelos tenían unas expectativas diferentes para su vejez. Ellos te dicen que se imaginaban en su casa, descansando; pero ahora tienen que regresar a la crianza de un niño o un adolescente, que puede ser más complejo.  Por otro lado, tienes que son estilos de crianza muy rígidos, por lo general. Entre abuelo, padre y nieto hay una generación intermedia. Los padres pueden ser un poco más democráticos en las negociaciones de límites, por ejemplo; mientras que los abuelos están más acostumbrados a ser ellos los que pongan las reglas”, explica la psicóloga.

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Otra característica que impacta la vida de los niños, al igual que la de los cuidadores, es la falta de información y participación en la decisión de migrar. Morales resalta que la sensación de abandono es mucho mayor en los casos en los que los padres no explicaron abiertamente las razones para irse del país o aquellos que no tomaron un tiempo prudencial para conversar con los hijos. “Queda ese abuelo o ese cuidador con un niño que se siente profundamente abandonado. Hay en ellos una sensación de que deben llenar ese vacío que dejó papá o mamá”, indica.

Alana llegó en 2019 a Cecodap. En un programa en TV Familia (canal de televisión, producción venezolana) conoció que existían psicólogos que podían atender a las familias de forma gratuita: Psicólogos sin Fronteras. Cuando ella los contactó, le indicaron que existía una organización especializada en tratar con familias separadas por la migración. “Me sentía sobrepasada por esta responsabilidad. Por eso busqué ayuda. Porque si uno asume un reto tiene que hacerlo de la mejor manera. Mi última hija ya tiene 30 años”, asegura Alana, abuela de 63 años de edad, quien desde hace cuatro años es cuidadora de dos adolescentes.

En febrero de 2018, Cristian y Fabiola llegaron a casa de Alana en uniforme de escuela básica. Como saludo, le dijeron a que su mamá se había ido esa mañana a Colombia. De esta manera, Alana entendió que tenía una nueva responsabilidad, que solo había sido comentada en una conversación anterior como una idea que aún se estaba planificando. “Yo creo que para nosotros no fue tan difícil la convivencia, porque ellos siempre venían a mi casa. En vacaciones se la pasaban aquí. En Navidad también. Ellos como que ya sabían que si su mamá un día faltaba, ellos tenían una casa con sus abuelos”, comenta Alana.

Ese recibimiento de sus abuelos es lo que Cristian más valora de su adolescencia. Los considera sus padres, pues su papá es una figura intermitente en su vida. También valora la atención psicológica. Dice que es un espacio para expresar lo que siente, que a veces en casa no puede hacer.

Para él las fiestas de diciembre no han cambiado desde que su mamá se fue. La costumbre familiar era ir a la casa de la abuela paterna. Allí recibía a su Niño Jesús, comía sus hallacas o celebraba el Fin de Año. Su idea de festividad fraterna se configura en ese hogar. En casa de mamá, donde él vivía, la celebración era estar con sus amigos en la calle.

“Parece mentira, pero antes cada quien estaba por su lado. Solo nos veíamos para comer. Ahora, como la crisis aprieta, como que apreciamos más el poder estar juntos. Gracias a Dios no nos ha faltado la hallaca nunca, pero sí he notado que estos últimos años apreciamos más a la familia”, relata Alana.

Con ella coincide la psicóloga Coutsogiannis. Desde su análisis, la precariedad de las personas que viven en un país signado por la emergencia humanitaria compleja hace que en tiempos festivos se valore más la presencia del otro. “Es como Un cuento de Navidad. Vemos a un personaje que lo tiene todo económicamente y una familia que apenas tiene una rebanada de pan para compartir. Esa historia rescata el cómo la felicidad está en tus seres queridos y no en el dinero. Por eso, para los niños puede ser duro estas fechas, porque uno de sus seres queridos no está”, indica la psicóloga.

Mantenerse presente, sin promesas

En San Pablo, un pueblo del estado Anzoátegui a dos horas de su capital, la señal de teléfono móvil e internet es nula. Por eso, cada año desde 2018 Santiago debe adelantar su saludo navideño a su papá. Con una nota de voz, el niño de 10 años de edad, intenta acortar la distancia con su progenitor que se encuentra en Chile. 

“Nuestra tradición es pasar estas fechas en casa de mi mamá, en San Pablo. Por eso, antes de salir hacia allá el 24 de diciembre él le deja sus felicitaciones. Luego, cuando regresamos le cuenta todo lo que hizo y lo que le trajo el Niño Jesús”, cuenta Arabella, su madre. 

Para los padres migrantes hacerse presente en una fecha importante es clave. La psicóloga Coutsogiannis explica que de esta manera los niños, niñas o adolescentes comprenden que, aunque está lejos, su padre lo piensa, desea estar con ellos y los extraña. “Son los pequeños detalles, una videollamada o quizás una carta escrita por el papá migrante para que la mamá que está con el hijo pueda dejarla en el arbolito. Que sean un equipo y que se muestre el interés por saber cómo pasó el niño ese día”, explicó la especialista.

Por su parte Morales recuerda que es importante dejar de lado las promesas que no se puedan cumplir o que no estén en completo control de los padres. En una época como diciembre, el ambiente mágico puede llevar a pensar que todo se puede alcanzar y que un “milagro” puede llegar a casa. 

“Los padres a veces quieren quedar bien con los hijos, quieren darles esperanza sobre el reencuentro. Pero esto a veces no depende de ellos, sino de múltiples factores que no se pueden controlar. Por eso, es recomendable que para esta temporada o incluso en cualquier otro momento del año las promesas no estén presentes. El sentimiento de desengaño es muy fuerte para los niños y quiebra la confianza”, indicó.

Sobre este punto, Coutsogiannis menciona el concepto de la desesperanza aprendida. Detalla que se trata de un sentimiento ligado al creer que no hay nada que pueda hacer para cambiar su situación. Éste puede aparecer cuando los niños se desilusionan con frecuencia por promesas incumplidas de sus padres, pues son la figura en la que más confianza depositan. “¿Si papá o mamá me engañan, qué puedo esperar de otras personas en mi entorno?”, aclara la psicóloga.

Para Coutsogiannis, validar las emociones es otro asunto que los padres deben integrar en su cotidianidad, pero con más fuerza en tiempos festivos. “En Navidad es muy fácil olvidar que un hijo puede sentirse triste o molesto porque ‘le estoy dando comida, regalos, diversión’. Pareciera que se nos pide que nos pongamos una máscara para celebrar las fiestas, para complacer a la sociedad. Y es completamente válido que piensen en el papá que no está, que lo extrañen y que demuestren sus emociones”, apuntó.

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¿Una realidad naturalizada?

El fenómeno de la niñez dejada atrás es otro de los vacíos informativos del Estado venezolano. Sin embargo, Morales afirma que en Cecodap siguen registrándose casos de niños afectados por la migración. Explica que, cuando un nuevo paciente es entrevistado por una especialista, el motivo de consulta suele ser comportamiento disruptivo en el hogar o desánimo. Al ahondar más, la especialista suele descubrir que uno de los dos padres migró del país.

“No podemos naturalizar esta realidad. Sobre todo cuando las consecuencias en los niños son tan amplias. Cada caso es particular y solo se trata de aquellos que llegan a consulta”, manifesta Coutsogiannis.

Cristian, el adolescente de 16 años que ya sabe por experiencia lo que significa el término niñez dejada atrás, recomienda a los padres que quieran migrar involucrar a sus hijos en el proceso. 

“Yo creo que deberían planificar todos juntos. Que tomen la decisión de irse con un objetivo claro: migrar para conseguir dinero o para mudarse. Que los involucren a sus hijos en la preparación, porque debe sentirse bien lindo que te pregunten la opinión sobre ese plan”, dice Cristian y agrega: “Así el niño no se sentiría abandonado. No se sentiría solo”.

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Publicado en Open Democracy